
Hace pocas semanas, en su propia selección para este blog de las mejores películas producidas en la década que ahora termina, Marc Muñoz delimitaba con acierto el marco sociopolítico en que se habían gestado. Desde aquí creo que toca añadir algunas constantes cinematográficas.
En su post, Marc señalaba lo difícil que resulta encontrar grandes películas estrenadas entre 2000 y 2009, aunque hayamos disfrutado sin duda “de mucho cine mayúsculo”. Y es justo tal contradicción la que ha caracterizado la década y, parece, caracterizará el futuro: el concepto de película como obra de arte cerrada en sí misma, con una estructura formal y dramática mensurable, es agua pasada. Entre otros factores, Internet, la democratización de la imagen merced a la electrónica de consumo, la sinergia desprejuiciada entre géneros y medios expresivos (cine, televisión, videojuegos, cómic, clips musicales, publicidad), lo digital dentro y fuera de la pantalla, y un relativismo intelectual e ideológico sin parangón han sustituido la idea de la película como ente autónomo por la de la marea audiovisual.
Cada título en concreto ya no es sino parte de una corriente tumultuosa que va erosionando viejos paradigmas creativos, y reflejando caprichosamente las intuiciones y reflexiones de los cineastas. Es un tema fascinante, que necesitaría más espacio para ser tratado y debatido. Sin salir del cine comercial -que al fin y al cabo sigue dictando, le pese a quien le pese, el rumbo de este arte-, la insistencia en los remakes, los reboots y las secuelas ha de entenderse no solo como muestra de oportunismo mercantilista; también hay en ello un ansia más o menos consciente de reformular vetustos amaneramientos narrativos y dramáticos, en sintonía con un espectador descreído de la Historia y las historias, alienado por un presente continuo angustioso y a la vez estimulante que fluye como un torrente siempre igual y siempre distinto.
Ejemplos tan accesibles y extraordinarios como Memento (Christopher Nolan, 2000), Dogville (Lars von Trier, 2003), Los increíbles (Brad Bird, 2004), El nuevo mundo (Terrence Malick, 2005), El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008), Rebobine, por favor (Michel Gondry, 2008), El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher, 2008), Malditos bastardos (Quentin Tarantino, 2009) y Enemigos públicos (Michael Mann, 2009) dan cuenta de esta actitud renovada de los cineastas sobre el medio, que también se nos está exigiendo como espectadores. ¿Son perfectas las películas citadas? ¿Importa? Es decisión de cada uno vadear la corriente, o permanecer acobardado en la orilla con la compañía agonizante de Clint Eastwood…
Paso a reseñar diez títulos que, en mi opinión, hacen honor con excelencia a las características que he intentado resumir:








