
Hay autores, en la historia de la literatura, que con una obra conquistan la eternidad como hay otros que con cien novelas no merecerán siquiera una línea en el futuro. Hay autores a los que el éxito de una primera novela los sume en la parálisis creativa. ¿Para qué escribir más si no alcanzaremos la cota de esa novela de éxito? Juan Rulfo y Pedro Páramo. Malcom Lowry y Bajo el volcán. J. D. Salinger y El guardián entre el centeno.
Salinger, ese viejo gruñón, huidizo y huraño se fue de este mundo cuando le tocaba, a los 90 años. La leyenda literaria norteamericana bajó el telón de su vida. Digirió tan mal su éxito narrativo, las millonarias ventas de su libro, su entrada en el parnaso de los escritores de culto, la fama y el dinero, que cogió los bártulos y emigró de Manhattan, la feria de las vanidades, a un pueblo de New Hampshire para dedicarse a la horticultura. De un Salinger sonriente, jovial, elegante, que fumaba cigarrillos con boquilla de forma seductora a lo Gran Gatsby y cortejaba a Oona O’Neil, que acabaría en brazos de Charles Chaplin, a un Salinger ermitaño y huraño, con aspecto de granjero de Las uvas de la ira, que ceñía el entrecejo y cerraba los puños cuando un fotógrafo intentaba obtener una instantánea de él.












