
Barcelona y Madrid vivieron con intensidad las cinco jornadas que el Primavera Club deparó de música con claro tono independiente, y situadas en el extraradio de lo netamente comercial. Artistas, que en definitiva, resultan muy díficiles de ver y escuhar en nuestras catedrales de música moderna.
Las dos últimas jornadas del Primavera Club evidenciaron, una vez más, la estima de los organizadores hacía las propuestas sonoras más arriesgadas, y la concepción de ese sonido en el mejor marco posible: la sala de conciertos, o si se prefiere, ese animal en peligro de extinción. A pesar de que todo esto pueda sonar a alabanzas hacía el festival, también hay que puntualizar que para el osado buscador de nuevos grupos tener que organizar una gimcana para cada jornada, y con algunos disgustos en el camino en forma de aforos completos, no resulta una tarea demasiado agradable.
Pero vayamos realmente al meollo de la cuestión, a eso que provoca que deambulemos la ciudad de arriba abajo sin deparar en el dolor físico de nuestros mermados huesos. Si de las dos primeras jornadas destacamos los conciertos de HEALTh, y especialmente, el de The Soundtrack of our lives con ese demoledor rock añejo que a veces sonó a Love, a CCR, The Doors o incluso a Oasis, del sábado resultaría complicado quedarse con alguno, y no precisamente, por lo alto que apuntaron las diferentes propuestas que este servidor decidió discernir como las más interesantes de un cartel semi desconocido de antemano. Seguramente la mejor noticia me la diera ese portero de discoteca que me impidió entrar en el Jamboree para presenciar de Woods, con lo que me veía obligado a dirigirme al Sidecar para disfrutar, sin saberlo, del folk luminoso de Port O’brien. Los californianos se sienten cómodos en Barcelona y lo demostraron con desparpajo encima del pequeño escenario de esta mítica sala barcelonesa.












