Cine

Bigas Luna, de la oscuridad a la luz

posted by Jose Luis Muñoz 8 abril, 2013 0 comments

jamon jamon

La noticia del fallecimiento de Bigas Luna me noquea en pleno viaje por Estados Unidos y la leo con una cierta incredulidad, sin asumirla, una y otra vez. Hace unos meses estuve tomando una copa con él y aparentaba ser un hombre lleno de ilusiones y proyectos (el último, el inacabado Mecanoscrit del segon origen, sobre la novela de Pedrolo) y parecía lleno de vida física. No me comentó nada de sus problemas de salud. Habló como si fuera inmortal. Ignoraba yo que la muerte estaba haciendo su trabajo de zapa por dentro de ese hombre elegante y culto que era una de las leyendas vivas de nuestro cine.

Bigas Luna era una persona afable, cercana, que parecía hablarte con una voz engolada que, sin embargo, era la suya. Parecía declamar, pero es que hablaba de todo con pasión. Estuvimos hablando en la recepción de un hotel del paseo de Gracia de Barcelona, mientras él esperaba que un  coche le fuera a recoger para llevarle a su masía de Tarragona a la que se había retirado hacía años; hablamos, como siempre de cine, le recomendaba yo películas notables que él se comprometía a ver después de anotarlas en su cuadernito que  llevaba encima; de la situación asfixiante del país que ambos coincidíamos que llevaría a una revolución tarde o temprano; de cómo afectaba la mal llamada crisis a todos los estratos sociales; de cómo, también, sajaba proyectos literarios y cinematográficos, y ambos coincidíamos que, en nuestros tiempos (él era unos años mayor que yo), la población ya habría dado cuenta de los corruptos y echábamos en falta una mayor virulencia en la sociedad contra los que la estaban ahogando.

Bigas Luna fue, para mí, un amigo muy especial. Me acerqué a él por admiración, porque quería conocer en persona a un director español que me parecía tan grande y extraordinario como sus contemporáneos europeos de la época. Bilbao, película clave de su etapa que el denominaba oscura, a la que siguió Caniche, me impactaron, correspondían exactamente a lo que yo creía que debía ser cine negro con una patina de morbo que sólo el Bigas Luna de aquella época, un joven lleno de talento cinematográfico y con un ojo extraordinario para descubrir actores, podía hacer. Su cine era imaginativo, atmosférico y de una dureza visual a la que no estábamos acostumbrados en España. Con La Trilogía Ibérica, de la que me gustaron mucho Jamón, jamón y Huevos de oro, y bastante menos La teta y la Luna, retrató una parte de la sociedad, la de los arribistas de la burbuja inmobiliaria en la segunda, muchos años antes de que estallara la crisis que nos golpea, y  nos habló de la vigencia de Goya en esa extraordinaria secuencia en que Javier Bardem y Jordi Mollá la emprenden a jamonazos. Bigas Luna tenía un ojo extraordinario para los actores. Bardem, Mollá, Penélope Cruz, Leonord Watling, Victoria Echegui…hasta Benicio del Toro, al que le dio un papel pequeñito en Huevos de oro, cuando la acción de la película se traslada a EE.UU.

Lo conocí personalmente con la excusa de entrevistarlo. Le hice unas cuantas entrevistas para Playboy y otras publicaciones cada vez que estrenaba película. Solía citarme en el hotel Balmoral que, desde entonces, ha tenido un significado muy especial para mí. Las entrevistas se alargaban una vez que cerraba la grabadora y derivaban hacia lo personal. Bigas Luna tenía un espíritu renacentista, le interesaba todo, era un artista multidisciplinar. Repasábamos entonces la historia del cine, y también del erotismo. La escena más erótica, según él, estaba en Lolita de Kubrick, cuando James Mason pinta los dedos de los pies de Sue Lyon separados por algodones.

Como a Fellini, parte del universo cinematográfico de Bigas Luna, giraba en torno a las mujeres. Las actrices de sus películas, desde la voluptuosa Isabel Pisano, que permanecía desnuda durante todo el rodaje de Bilbao, pasando por Penélope Cruz, cuyos pechos sabían a tortilla de patatas según el macho ibérico Javier Bardem, y acabando en la musa berlusconiana Valeria Marini, con la que rodó Bambola, una de sus películas más vitales e incomprendidas a la vez, solían ser de una carnalidad absoluta. En eso también coincidíamos.

Bigas Luna tuvo, en su vida cinematográfica, una espina clavada y hablábamos, siempre que nos encontrábamos, de ella: Volaverunt. Precisamente cuando su filmografía empezaba a llenarse de luz y abandonar la oscuridad de sus primera época. La virulencia de algunas críticas cinematográficas que se cebaron en la película y, de paso, en su persona, absolutamente injustas, le pasaron factura. Volaverunt era una excelente película de época que fue literalmente linchada por un grupo mediático muy conocido que actúa, en muchas ocasiones, como una auténtica mafia, y no me refiero a un diario de derechas sino a un pretendido periódico “progresista” que a todas luces no lo es. Con esa película, en la que Bigas Luna se volcó, y que tiene imágenes bellísimas, Bigas Luna sufrió una lapidación cainita, deporte muy común en nuestra España. Volaverunt fue una inflexión en su carrera, quizá la detuvo en cuanto a más altas expectativas. Sus siguientes trabajos, salvo Son de mar, que tampoco gozó de alta estima por parte de la crítica, tuvieron un tono menor, hasta llegar a la adaptación de la novela de Pedrolo que su muerte deja inacabada aunque él ha dado instrucciones para que se acabe y dedica a su nieta.

Hablamos de nietos, también, en esa informal charla en el vestíbulo de un hotel de Barcelona que yo no sabía que iba a ser la última vez que iba a verlo. De la ilusión que le hacía tener una nieta norteamericana. Me dijo, antes de despedirse, de que estaba interesado, cuando acabara el rodaje de Mecanoscrit del segon origen, en llevar al cine alguna de mis novelas. Ya no es posible.

Me queda esa última imagen de ambos, arrastrando nuestras respectivas maletas, él de regreso a su Tarragona, y yo al Valle. Él vestido de oscuro, como siempre, con el pelo y la barba muy recortada, y yo con la mía algo asilvestrada.

Me hace falta un árbol para Mecanoscrit, un gran árbol con un gran tronco, me dijo.

Prometí buscárselo en Arán.

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