Crítica

Aguas tranquilas – Naomi Kawase

posted by Jose Luis Muñoz 12 Abril, 2015 0 comments

Aguas tranquilas cartel

Tras su paso exitoso por los festivales de Cannes, adonde fue a concurso, San Sebastián y Gijón, llega a las pantallas una joya de ese cine nipón que vira hacia la lírica visual, porque bellísima poesía encierran todas y cada una de las imágenes de  Aguas tranquilas. Rodada en una pequeña isla japonesa de Amami-Oshima—en la que pasó su infancia la directora—, una diminuta superficie barrida por los tifones, la japonesa Naomi Kawase (Nara, 1969), con doce largometrajes en su haber, fundamentalmente documentales—uno sobre la búsqueda del padre que no conoció y otro sobre la abuela que la acogió—construye un film bellísimo que gira en torno a dos adolescentes enamorados, Kaito (Nijiro Murakami) y Kyoko (Jun Yoshinaga), que recorren las carreteras del lugar a lomos de bici, y de los avatares de la vida, y la muerte—el cuerpo de un hombre tatuado que encuentran varado en la playa, un  pequeño apunte negro en una trama que se decanta hacia lo espiritual—que encuentran en su camino. Kaito vive mal las relaciones promiscuas que tiene su madre Isa (Miyuki Matsuda) con otros hombres —el tatuado ahogado es uno de sus amantes—y echa en falta a su padre, que vive en Tokio haciendo tatuajes; Kyoko tiene que asimilar la muerte anunciada de su joven madre Misaki (Makiko Watanabe) con resignación, como un tránsito a otra dimensión.

Naomi Kawase saca partido del paisaje y de sus fuerzas telúricas,  conmueve en alguna que otra secuencia. Construye un relato apacible impregnado de filosofía zen y panteísmo—todo en la isla, piedras, árboles, arena, mar, tiene un carácter sacro—y consigue conmovernos con esos dos adolescentes que se aman con naturalidad ante la cámara y bucean en hermosos ballets subacuáticos bajo el revuelto mar, como una parte más de la naturaleza que retrata.

Más que sobresaliente este film iniciático, bellamente retratado por Yutaka Yamazaki, que sabe sacar provecho de la belleza del paisaje tropical de la isla y de todos sus fenómenos atmosféricos—agua, viento, lluvia, oleaje—, y producido, en parte, por un español: Lluis Miñarro. Naomi Kawase retrata los ciclos de una naturaleza en armonía con el hombre aplicando al relato un tono documentalista y filmando con detalle los rituales de vida y muerte de ese microcosmos que es la isla, un personaje más de su narración cinematográfica: una arcadia feliz que se mantiene ajena al bullicio de los tiempos presentes.

Un film a paladear sin prisas, exquisito y sensible, para disfrutar con los cinco sentidos. Poesía visual que nos llega del lejano Oriente.

marco 75

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