Crítica

Blade Runner 2049 – Denis Villeneuve

posted by Marc Muñoz 12 octubre, 2017 0 comments
El replicante respetuoso

Blade Runner 2049

La misión hercúlea depositada en Denis Villeneuve para dirigir la secuela de Blade Runner era un caramelo envenenado desde el primer segundo. Para el canadiense no tiene que haber sido nada fácil  abordar el desafío más colosal de su carrera sabiendo que por mucho esfuerzo y genialidad nunca lograría alcanzar la luz más allá de Orión sostenida por Ridley Scott. Más en estos tiempos que corren, donde el estudio parece sujetar la autoría con más control y firmeza que en los dorados 70 y 80; pocos autores gozan de la libertad necesaria. Ante este escenario monolítico, Villeneuve se presentaba ante una empresa complicada. A su contra, imágenes icónicas alojadas con pegamento en la memoria colectiva, a su favor, una nueva generación no familiarizada con estas.

Probablemente lo más justo sería desvincular Blade Runner 2049 de su embrión, pero ese intento resulta completamente fallido desde el momento que el enfoque que propone la segunda parte es el que es. Y es que Villeneuve, ante la tesitura, opta por la fórmula basada en el revival respetuoso, un buceo por la iconografía y el universo levantado pero Scott pero adaptado a los nuevos tiempos y erniqueciéndolo con cierta capa de postmodernidad, confirmando así, la enorme deuda y la imposibilidad de la desconexión con el fruto antecesor. En resumidas, un esclavo del propio encargo (el caramelo envenenado aludido la línea que abría esta crítica).

Ese marco tan contemporáneo de apelar a la nostalgia como gancho comercial se puede encarar desde dos perspectivas. Por un lado la dinamitadora (y minoritaria): la aproximación radical que David Lynch desplegó en la nueva Twin Peaks -sin duda la obra visual más compleja, aturdidora y sublime de la temporada, y probablemente de la década) – por otro lado la mayoritaria, la vía maniatada, la de rendir honores y respeto a la original a base del continuismo, los guiños y la escalada emocional basada en los mecanismo y preceptos originales y el “qué fue de…”. J. J. Abrams dio buena muestra de ello, incluso notable, aunque poco revolucionaria, Star Wars: El despertar de la fuerza, y el de Prisioneros también opta por esa senda en su tentativa.

Y lo hace desde el primer instante, con la abertura de ese ojo, como en la recreación de este futuro urbanístico hipersaturado de luces de neón y contaminado, como en los perfiles de los secundarios, situaciones y escenas, y hasta en la propia banda sonora, la fotografía y la dirección artística. Villeneuve temeroso por romper puentes, intenta reproducir la esencia de la original con los nuevos elementos a disposición, pero el resultado no es el mismo. La atmósfera hipnótica de la original, su fondo de marcado filosófico, sus diálogos en formato de citas históricas del celuloide, su partitura estremecedora y todas esas secuencias majestuosas grabadas a fuego en retinas de varias generaciones se quedan aquí en un intento de anhelar esa magia cinematográfica. Se asume la voluntad, pero, de nuevo, en la comparación, lícita desde el instante que el canadiense opta por desplegar un esquema clon, se aprecia la devaluación respecto al origen.

Especialmente en unos diálogos de pátina grandilocuente que se quedan en pura voluntad, en escenas mastodónticas que aspiran a trascender pero que caen en el vacío, en giros dramáticos que buscan prevalecer y que en realidad deshilan un guion mejorable. Paradigmático resulta la banda sonora de Hans Zimmer (quien suplió a Johan Johansson), quien recrea, casi emulando, los sintetizadores de la inolvidable banda sonora de Vangelis pero sin llegar a los tramos fascinantes de estos, también porque las imágenes carecen de la misma potencia resonante. 

Pese a todo Blade Runner 2049 no es producto de consumo masivo; el ritmo, el tono, la parsimonia y el recreo en las secuencias denotan el cariño autoral del canadiense, quien no se pliega a la inercia del blockbuster. Y en esas circunstancias también regala instantes embellecidas por el decoro, el respeto por la original y el detalle: Las Vegas hundidas por el polvo o ese memorable enfrentamiento entre K y Rick Deckard (Harrison Ford) con el holograma de Elvis presenciándolo. Aunque también hay decisiones declinables, la historia de amor entre K (Ryan Gosling) y el holograma (Ana de Armas) tufa a obligatoriedad contraída con los estudios, y desenmascara una ejecución técnica un tanto horrenda- choca ver esta tecnología compartiendo espacio con fogones de gas, de hecho se aprecia en toda la peli cierta pereza en hallar inventos revolucionarios en ese futuro no tan lejano, más allá del holograma, el gadget de moda en Blade Runner 2049 – así como el titiritero y poco carismático villano que interpreta Jared Leto

Como tampoco hay que escatimar elogios en el trabajo de Roger Deakins, quien respeta la paleta cromática de la original e incluso la amplía en escenarios que cobran una luz propia y no explorada: el invernadero de la brutal secuencia inicial, o el refugio en Las vegas apocalíptico. También los actores corresponden a apuntalar las sensaciones positivas del film. Pero en definitiva se asoma un film hollywoodense excesivamente respetuoso con el precedente. Una deuda contraída que lastra la película, que en lugar de dejarla avanzar hacia más allá de las puertas de Tannhäuser la deja en un entretenimiento sin encaje posible en lo culto o lo icónico. Una película sin mayor reparo que el enfoque inmovilista y poco valiente. Pero en el Hollywood de hoy en día, un filme que mantiene la elegancia, la sofisticación, y revive, por instantes, el espíritu de la original sin mancharlo, ya se puede considerar un triunfo.

7

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