Crítica

Blue Valentine – Derek Cianfrance

posted by Jose Luis Muñoz 19 marzo, 2013 0 comments

Blue Valentine

Una de las muchas virtudes que tiene Blue Valentine (cosecha del 2010 y estrenada tres años más tarde), crónica de amor o, más bien, de un desamor, es la forma en la que el joven realizador Derek Cianfrance, un documentalista  curtido en series televisivas antes de emprender la realización de este sólido melodrama en el que ha invertido diez años de su vida y recoge vivencias propias, ha abordado la historia mil veces contada de los desastres sentimentales y los melodramas emocionales: fragmentaria, con elipses y vertiginosos saltos adelante y atrás. No es una fórmula original (ya la utilizó el gran Stanley Donen en Dos en la carretera) pero se agradece.

Dean (un Ryan Gosling perfecto en su personaje de marido indolente y cariñoso padre) y Cindy (Michelle Williams, tan joven como su pareja, pero mucho más madura) se conocen y rápidamente empatizan cuando coinciden en una residencia de ancianos (ella visita a su abuela; él consuela a un solitario octogenario al que le hace la mudanza). Cindy espera un hijo de su preparador físico Bobby (Mike Vogel). Dean acepta esa paternidad impuesta después de que Cindy, en el último instante, decida no abortar y tener a su hija. Dean sentirá como propia a la pequeña Frankie (Faith Wladyka) y se esforzará por caer bien al colérico padre de Cindy, Jerry (John Doman) que lo tiene por un inútil. Pero la relación de la pareja, a pesar de que se sigan amando, no cuaja porque Cindy no ve en su marido ningún futuro y la convivencia se irá deteriorando hasta hacerse insostenible.

Huyendo de lo lacrimógeno y lo edulcorado, en lo que sería muy fácil caer, con un lenguaje visual muy indie, que resulta muy dinámico, y unas situaciones realistas expuestas con la máxima crudeza (la cita que Dean y Cindy tienen en esa habitación futurista del cutre meublé al que acuden para hacer sexo y se convierte en la espoleta definitiva de su ruptura es un buen ejemplo), Cianfrance disecciona un fracaso sentimental que puede extrapolarse a multitud de situaciones en parejas asimétricas (la madurez de ella choca con la inmadurez de él, y, por mucho amor que exista, ése es un abismo insalvable) y nos ofrece una película ejemplar y medida que recorre todos los estadios del amor (desde la exaltación inicial a la rutina sin futuro, para terminar en el odio como acelerador del proceso de descomposición) y produce un evidente desasosiego al espectador que fácilmente hace suyo el drama cinematográfico y se mete en él gracias a que la pareja Ryan Gosling y Michelle Williams está en estado de gracia en las más de dos horas del film.

El amor, como la vida, tiene fecha de caducidad.

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