Crítica

Calvary – John Michael McDonagh

posted by Jose Luis Muñoz 13 marzo, 2015 0 comments

Calvary

Calvary se presentó en el último festival de cine de Gijón y tuvo una acogida excelente. Tiene este film del inglés John Michael McDonagh, responsable de El irlandés,  aires fordianos más que evidentes—a veces el espectador puede ver a John Wayne con sotana en el personaje que interpreta Brendan Gleeson— y de western, de Sólo ante el peligro, y no sólo por los colts que salen a lo largo del film que pueden ser un homenaje al género. El título, Calvary, calvario, le va que ni pintado a la historia, porque el cura protagonista, un personaje muy singular que abrazó los hábitos después de enviudar y tener una hermosa hija, que se destroza las venas con harta frecuencia en una carrera de intentos de suicidio, y haber abandonado la botella, sufre un verdadero calvario y, como Jesucristo, será crucificado por el pecado que cometieron otros. El inicio de la película es impactante: alguien que ha sufrido abusos sexuales por parte de un cura amenaza en confesión al cachazudo padre James (Brendan Gleeson) con liquidarlo en el plazo de una semana por los pecados que cometieron con él sus colegas de sotana. En esos siete días el humano sacerdote convivirá con su extraviada hija; dará consuelo a un multimillonario excéntrico que se mea en sus cuadros pero ha sido abandonado por su mujer y su hija; consultará al policía del pueblo, un gay adicto a experiencias fuertes con un macarra de todo y lomo, sobre los visos de verisimilitud de la amenaza que recibe; hablará con la distante jerarquía eclesiástica que siempre fue tibia con los casos de pederastia dentro de la iglesia; bregará con un médico cocainómano que suele apagar sus cigarrillos en hígados ajenos previamente extirpados; reprochará a un afroamericano mecánico de coches cometer adulterio, y, finalmente caerá en el alcohol y se liará a mamporros con el dueño del pub local que es budista pero maneja hábilmente el bate cuando el páter se ensaña, revolver en mano, con sus botellas. Y entre tanto, críticas a la conducta desalmada de los bancos durante la crisis—el dueño del pub se lamenta del embargo de su local— y presencia de la pederastia que sacude a la iglesia católica, especialmente en Irlanda, en donde ha habido numerosos casos.

Se le puede achacar a Calvary un exceso de religiosidad—la redención y la culpa está detrás de todas las conductas de los habitantes de ese aislado pueblo irlandés convertido en microcosmos, y se subraya convenientemente—y lo hiperbólico de sus personajes que llegan a la caricatura—el policía y su macarra; el carnicero cornudo y su esposa infiel—, y hasta su final, pero es una película que se ve bien—John Michael McDonagh saca partido del paisaje salvaje y algo tenebroso de la isla irlandesa en donde está rodado el film—y que funciona, sobre todo, gracias a ese gran actor que es Brendan Gleeson, el malvado templario de El reino de los cielos, que devora todos los planos y para el que parece haber sido realizada la película.

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