Casa de tolerancia – Bertrand Bonello

Casa de tolerancia

El mundo de la prostitución siempre ha seducido a los creadores que lo han envuelto de un halo de misterio. ¿Qué pasa por la cabeza de una mujer venal cuando satisface a un cliente? Pocos fueron los pintores impresionistas que no frecuentaron los burdeles y plasmaron en sus oleos imágenes de ese universo de intercambios sexuales en atmósferas decadentes. Las casas de lenocinio forman parte de la escenografía pictórica de la Roma clásica como atestiguan pinturas y mosaicos. El Satiricón de Petronio, la que es considerada la primera novela de la historia de la literatura, es un continuo deambular por esos reductos del placer carnal. Y también la literatura moderna se ha hecho eco de las prostitutas de la mano de autores como Marcel Proust, Henry Miller, Bukowski, André Pyere de Mandiargues o los surrealistas franceses. El cine tampoco ha sido ajeno a sus encantos: Bubú de Montparnasse de Mauro Bolognini, Irma La Dulce de Billy Wilder, La gata negra de Edward Dymitrick, Belle de jour de Luis Buñuel, Leaving Las Vegas de Mike Figgis, Princesas de Fernando León de Aranoa, daban una visión de ese mundo retratándolo con su sordidez o con un halo de ternura. Pero pocos cineastas se han aproximado a ese mundo de ficciones eróticas (la prostituta como  actriz que interpreta con su cuerpo para saciar las fantasías de sus clientes) con tanta certera intensidad y rigor como el francés Bertrand Bonello (Algo orgánico, El pornógrafo, Tiresias, De la guerra) en Casa de tolerancia, una película notable y, desde ahora, referente sobre cine y prostitución.

A principios del siglo XX el burdel L’Apollonide vive sus últimos estertores en una sociedad cambiante que hace presagiar, con la liberalización de las costumbres, la decadencia de este tipo de negocios. Una docena de prostitutas comparten las modestas camas del piso superior, se acicalan con sus mejores galas y perfumes para recibir a sus clientes en el piso inferior, el escaparate del negocio, y suben con ellos a las habitaciones de la zona intermedia para escenificar sus fantasías, algunas de ellas brutales. L’Apollonide es un mundo cerrado en si mismo, claustrofóbico, del que ninguna de sus pupilas, salvo una, la más joven de ellas, la recién llegada, podrá salir.

El principal mérito de Bertrand Bonello en Casa de tolerancia es su mirada femenina sobre una actividad que casi siempre ha sido observada con ojos masculinos. Son ellas, las prostitutas, jóvenes, bellas, sensibles y tiernas, maravillosamente interpretadas por un elenco de actrices tan desconocidas como eficientes, las absolutas protagonistas de la película, quienes guían al espectador voyeur por sus salones y hacen sentir al género masculino culpable de esa esclavitud que ellas tratan de vender con sonrisas y placer entre burbujeante champán. La vida cotidiana del burdel, porque Casa de tolerancia es, entre otras cosas, una película costumbrista con sus rituales detallados (la madame examina rigurosamente a la recién llegada para comprobar que no tenga una sola tara física y, ante su voluptuosidad manifiesta de modelo de Renoir, le ordena no adelgazar; el aseo personal de las mujeres con jabones espermicidas y colonias diferenciadas, porque cada una tiene que tener su olor; los comentarios sobre sus clientes y manías que llenan las conversaciones de mesa cuando se reúnen las pupilas para comer; las denigrantes inspecciones sanitarias que padecen en las que le médico las trata como ganado; la madame anotando en su libro contable las ganancias cuando termina la jornada) y las vidas de esas mujeres, con sus ilusiones y lazos afectivos hacia sus amantes venales, nunca correspondidos (el cliente las quiere en ese reducto; fuera de él pierden su atractivo) forman parte de ese microcosmos cerrado y asfixiante que el director francés narra sin salirse, salvo en una escapada campestre y en un baño colectivo en un río (de nuevo Renoir planea en sus imágenes), de los muros de ese burdel/prisión cuya luz roja luce perenne para anunciar su actividad.

Huye Betrand Bonello del erotismo, a pesar de que los desnudos femeninos y el placer unidireccional (la prostituta no siente nunca, salvo en esa poética escena final en que La Judía llora esperma tras disfrutar por primera vez con un cliente al que no ve el rostro) formen parte del decorado obligado. Hay una clara intención de Bonello de cosificar el cuerpo femenino en las numerosas escenas de desnudos corales en las que las pupilas se visten con sus mejores galas para deslumbrar a sus clientes en el salón. El hombre, elemento accesorio en la función, como ese pintor obsesionado por observar la interioridad del sexo de las mujeres, actúa como un entomólogo con las pupilas, las hace suyas en el tiempo en que las compra, pero ahí acaba toda su influencia. Subraya la película que el burdel es un teatro con cuyas actrices los hombres pueden interactuar en la cama, que todo es una puesta en escena para que el cliente se autoengaño y regrese a su casa dando por bien empleado el dinero que se ha gastado. Hay, en muchas escenas de este fresco realista y decadente que es Casa de tolerancia, ecos viscontianos, entre otras cosas porque los clientes del burdel son miembros de la alta burguesía y la aristocracia y la decadencia que se respira en ese lugar no está muy lejos de la de Muerte en Venecia. Es el burdel, no sólo un lugar en donde explayarse sexualmente, sino un lugar de cita y conversaciones entre sus clientes que se conocen entre sí y comentan sus lances amorosos con las pupilas y saben éstas, exactamente, de qué hablar con ellos, qué vino beber, cómo hacerles olvidar entre sus piernas la abulia conyugal que les guía a ese lugar.

Bertrand Bronello arma con sencillez aparente una película redonda, cuidada en sus mínimos detalles, a veces dura, insoportable en alguno de sus planos (cuando La Judía es convertida en La mujer que ríe, por ejemplo), mima a sus personajes dotándoles de una encarnadura sensible y arroja una mirada limpia, con evidentes referencias pictóricas de Manet, Courbet, Renoir o Toulouse Lautrec,  sobre ese mundo turbio que es una prolongación de la explotación del hombre por el hombre en el que los plutócratas, dueños de fábricas y empresas, compran por unas horas jóvenes cuerpos de proletarias que no están en sus fábricas porque su función, por su belleza, es otra.

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