Chronicle – Josh Trank

La edad de la crisis

Chronicle

Hace unos años (trece, concretamente) Daniel Myrick y Eduardo Sánchez dieron la campanada con una película de exiguo presupuesto y taquillazo sonado. Ayudados por el aún incipiente márqueting viral, la propuesta de los dos jóvenes realizadores consistía en disfrazar de material documental, sin tratamiento previo ni ficción, lo que era una puesta en escena guionizada y con actores. A través de una realización bien pensada, montaje aparentemente torpe y unas interpretaciones más o menos naturalistas, la idea era que los espectadores creyeran que lo que aparecía en sus pantallas era, efectivamente, real como la realidad realista. La propuesta no era nueva. Sin embargo, en El proyecto de la bruja de Blair (1999) el resultado a medio término fue sacar de los márgenes de la industria al llamado found footage, hasta el extremo de convertirlo casi en un género propio, a menudo hermanado con el terror.

Trece años más tarde, hemos visto de todo. Demasiado incluso. Saturado el formato, entre fantasmas, monstruos, zombis, brujas, exorcismos y un considerable etcétera, todo nuevo film que se valga de esta etiqueta amenaza con ser una reiteración de recursos ya vistos. Con estos antecedentes, el estreno de Chronicle podía ser otro movimiento en círculo, el enésimo clavo en el ataúd de lo que nació como una buena idea. Pero a juzgar por lo visto, puede que no esté todo perdido.

El film de Josh Trank se aleja del terror y gira su mirada hacia un género profundamente enraizado en la cultura popular norteamericana, a saber: Tres estudiantes de instituto reciben el impacto de algún tipo de entidad y se despiertan con habilidades insólitas, ventajas físicas y mentales, superpoderes, vamos. Vuelan, mueven objetos, controlan los elementos… ¿A alguien le suena? Sí, Hollywood lleva años supliendo su falta de ideas con la galería de personajes que Marvel y DC ha levantado desde la década de los 30, siempre girando sobre el mismo argumento en sus múltiples variantes.

El problema es que nuestros tres protagonistas no parecen haber oído aquello de que Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y ante el mundo de nuevas posibilidades que se les abre delante su reacción es la de tres adolescentes experimentando con su cuerpo cambiante. Antes que un blockbuster de superhéroes, Chronicle se revela como una película de instituto, donde el principal de sus protagonistas en un marginado con un entorno familiar dramático. En una época de descubrimiento, especialmente sensible para todos, Trank introduce el elemento sobrenatural como respuesta a las necesidades de éxito (y de supervivencia social) que empezamos a experimentar en esas edades, ya sea aquí, en Lima, o en el agobiante entorno de un instituto norteamericano.

Cuando los códigos del cine adolescente quedan fijados, el director tiene suficiente habilidad para girar la trama a los resortes de la narrativa de superhéroes, y la fusión resultante no queda tan lejos de los cánones de un X-men o un Spiderman. Así pues, sin traicionar (ni romper) el molde, la trama avanza entre el realismo formal e impostado del found footage y la narrativa clásica que señala al héroe prototípico, al villano enloquecido y casi darwinista, a la chica en apuros… El resultado es más que notable, y si aceptamos seguir su juego es endiabladamente divertido acompañar a los tres personajes principales, tres vértices de un triángulo generacional, en su búsqueda de los propios límites. Sus inquietudes, sus anhelos y sus miedos están condicionados por sus habilidades y su entorno, pero el fondo son bastante identificables y se reproducen en todo Occidente, y más allá. La universalidad de los caracteres, bien establecida, es una de las mayores virtudes que se puede pedir a una película, y un nuevo triunfo para Chronicle.

El único “pero” remarcable en sus 84 minutos escasos y felizmente ajustados es precisamente el uso del found footage. Desvirtuado desde el minuto uno, el juego de planos que estructura muchas escenas es más propio de la narrativa convencional, de la cámara externa. A medida que la historia nos envuelve, nos olvidamos de que en principio todo lo que vemos va cámara en mano, y solo caemos en la cuenta en los risibles momentos en los que la historia tiene que justificar la multiplicidad de puntos de vista con excusas enrevesadas.

Más allá de esta objeción en la forma, quizá justificada por su gancho comercial, la película de Josh Trank es una excelente carta de presentación. Siempre respetuosa con el tono y con la mezcla de géneros, Chronicle es un notable ejemplo del peso de la cultura popular más allá de los modelos que la prefiguraron. Puede que no sea fácil entrar en su propuesta, malentendida como simple cine de tipos con poderes, pero la ambición y la sensibilidad que supura en casi todos sus (falsamente) improvisados planos la convierten en uno de los títulos más estimulantes de la cartelera post-Oscar. Vienen vacas flacas, pero ésta aún está bien alimentada, huele bien y no es en 3D.

Otra cosa será que la taquilla quiera ver el salto mortal bien ejecutado, la alegoría sobre el despertar adolescente y sus traumas. Aquí hay algo más que tipos volando

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