Crítica

Ciutat Morta – Xavier Artigas y Xapo Ortega

posted by Jose Luis Muñoz 21 enero, 2015 0 comments

ciutat morta

Hay películas que trascienden lo estrictamente cinematográfico. Ésta. Tras haber pasado por una serie de festivales cinematográficos, el último el de San Sebastián, y haber ganado el premio al mejor documental en el Festival de Málaga, la denuncia cinematográfica de Xavier Artigas y Xapo Ortega sigue sin encontrar distribuidor. Los que han visto la película, fuera del circuito de los festivales, la han visto en Internet o estuvieron atentos al pase que hizo el Canal 33 de Cataluña días atrás. Es comprensible; a esta Barcelona del diseño y que parece vendida a guirilandia un asunto como el que denuncian Xavier Artigas y Xapo Ortega le incomoda.

En junio de 2006 la guardia urbana de Barcelona estableció controles ante una casa ocupada en la que se celebraba una fiesta. Durante la operación, un miembro de ese cuerpo resultó gravemente herido en la cabeza al ser alcanzado por una maceta arrojada desde una azotea. Los urbanos, conmocionados por la gravedad de la herida de su compañero, detuvieron aleatoriamente a una serie de jóvenes en los aledaños guiándose únicamente por su aspecto, por su estética okupa. Los detenidos, sobre todo los sudamericanos, fueron vejados y golpeados repetidas veces antes de ser llevados al Hospital del Mar en donde el destino los cruzó con Patricia Heras, otra joven de estética okupa que estaba allí por haberse caído de su bicicleta cuando paseaba con un amigo. Y ahí empieza la concatenación de hechos fatídicos que llevan a esta joven y sensible muchacha, que escribía hermosos poemas llenos de fuerza y ternura, a la cárcel por unos hechos en los que no había participado, y a su suicidio posterior cuando, incapaz de asumir lo que le estaba pasando, se tiró al vacío.

El caso de Patricia Heras y el de los compañeros torturados, procesados y condenados a penas de más de tres años de cárcel es un asunto turbio de corrupción policial, falsos testimonios, procedimientos torpes e injusticia judicial que las autoridades municipales, bajo el mandato del alcalde socialista Joan Clos, intentaron tapar a toda costa. En vez de depurarse responsabilidades entre la guardia urbana por imprudencia, al ir a una casa ocupada sin los preceptivos cascos protectores, y por torturas continuadas, la de los detenidos que presentaron parte de lesiones, se optó por dar carpetazo al asunto. El drama tiene dos víctimas irreparables: el guardia urbano que quedó tetrapléjico y Patricia Heras que se suicidó al no poder asumir lo absurdo de su injusta y kafkiana situación. Las fuerzas de seguridad la inculparon simple y llanamente por su aspecto exterior; asociaron vestimenta, rastas, rasurados en forma de ajedrez en su cráneo, piercings y tatuajes con delincuencia.

El documental habla con testigos de los acontecimientos, con algunos de los detenidos sudamericanos que compartieron el furgón policial con Patricia Heras (otros, conmocionados, no quisieron intervenir), como Rodrigo Lanza, un chileno que fue condenado a cinco años de cárcel, y con amigas de la chica, con el escritor y columnista de La Vanguardia Gregorio Morán, el abogado Gonzalo Boyé, el periodista Manuel Delgado que investigó el caso y el político de la CUP David Fernández; incluye una entrevista que le hizo la periodista Mónica Terribas al alcalde Joan Clos y su pregunta sorpresa sobre el caso (el político socialista reconoció que el urbano recibió el impacto de un tiesto, por lo que los que fueron detenidos a pie de calle no podían haberlo lanzado); la repercusión que tuvo el caso en los medios de comunicación latinoamericanos que tildaron como claramente xenófobo el montaje policial; y, quizá lo más grave, lo que más revuelve el estómago, el papel acusador de la prensa escrita que, unánimemente, culpó al colectivo okupa de esa desgracia y lo condenó de antemano.

Deberían instruir a las policías que el peor delincuente es el que va trajeado, dice el escritor y periodista Gregorio Morán en un momento de la película. A Patricia Heras la detuvieron, condenaron y privaron de su libertad por su estética okupa, y ella se privó de su vida ante una serie de hechos que la sobrepasaron.

Es el deseo de los directores del documental, de los amigos de Patricia Heras, de los injustamente condenados en este vergonzoso proceso, que reluzca la verdad y que los que actuaron dolosamente reparen el mal causado. A la poeta muerta, por desgracia, nadie la devolverá a la vida.

6

 

Le he cortado el cuello a mi ilusión,

La colgué de un semáforo ciego

Y vi cómo se desangraba incrédula,

Borboteando nerviosa,

Vi el dolor brillar muy cerca,

Se fue apagando velado tras su mísero destino,

Abro la caja y está vacía.

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