Crítica

El capital – Constantin Costa-Gavras

posted by Jose Luis Muñoz 1 Enero, 2013 0 comments

El capital cartel

Lleva un buen puñado de tiempo el irreductible Costa-Gavras metido en eso del cine comprometido, que está volviendo con la estafa global y ha generado un subgénero con películas de ficción y documentales. El realizador grecofrancés nacido en 1933 en Arcadia, Grecia, sigue fiel a sus principios ideológicos de izquierda mientras otros compañeros de viaje, los pocos que quedan de su generación, como Alain Resnais, se limitan a filmar naderías. Con mejor, o peor fortuna, Costa Gavras nos ha ido ofreciendo, a lo largo de su filmografía, desde Los raíles del crimen, un policial de sus inicios interpretado por la pareja Simone Signoret e Ives Montand, hasta esta rabiosamente actual que es El Capital, (adaptación de una novela homónima de Stéphane Osmont, a su vez homónima de la obra capital, valga la redundancia, del cada vez más vigente Karl Marx), un muestrario de películas comprometidas: Z, La confesión, Estado de sitio, Desaparecido, El camino de la traición, La caja de música. Mad City…Ruede en Francia, o en EE.UU, el sello Costa-Gavras, su visión crítica de la sociedad, sus ansias de justicia social y su pensamiento utópico revolucionario ha de estar presente.

Puede pecar El Capital de cierto esquematismo a la hora de describirnos, desde el interior de la cabeza de uno de esos jóvenes lobos que se sube al carro de los depredadores, el mundo oscuro de las finanzas globales, y me sobran, particularmente, todos esos pretendidos gags cómicos en los que el director visualiza lo que el protagonista querría hacer y no hace reprimiendo sus instintos: aporrear la cabeza del especulador norteamericano Dittmar Riguele, interpretado por Gabriel Byrne, por ejemplo; y no sé también qué pinta exactamente en la trama esa nota de erotismo a cargo de la modelo de alta costura negra Nassim (Liya Kabede) que, tras calentar al protagonista, acaba siendo violada en una limusina (de nuevo la presencia de ese coche fantasma en una película, como en Cosmópolis de Cronenberg y Holy Motors de Leos Carax), pero si prescindimos de esos, en mi opinión, errores de bulto que podrían haber sido suprimidos del montaje final, El Capital es una película lúcida, un thriller en donde trileros que viajan en aviones privados y se mueven a la velocidad de la luz, como sus fraudulentas transacciones financieras (bueno, éstas van infinitamente más rápidas en un desquiciado compra/venta) engañan a sus accionistas, se quedan con el dinero de sus impositores y conducen a sus bancos a la quiebra para que otros los compren a precio de saldo.

A través de la peripecia de Marc Tourneuil (Gad Elmaleh), un arribista directivo bancario que toma las riendas del Phoenix Bank,  tras la grave enfermedad de su anterior presidente Jack Marmande (Daniel Mesguich), que se rebela contra su destino de hombre de paja de Raphael Sieg (Hippolyte Girardot) y Antoine de Suze (Bernard Le Coq), buitres con muchas horas de vuelo, El Capital habla de esa gran familia mafiosa, de esa hidra que no tiene fronteras ni una sola cabeza, el monstruo que nos sangra a diario, nos conduce al paro, se queda con nuestros dinero, nuestra casa y arrincona en una esquina de un ring de boxeo a nuestros gobiernos con golpes bajo el calzón de economía especulativa.

Ésta es una película en la que todos estamos implicados. Todos vivimos esta situación cotidianamente. Nos levantamos y pensamos: ¿qué podemos hacer para que los mercados estén contentos, para que sean positivos y estables?, reflexiona el cineasta grecofrancés ante su película.

El Capital es una película maniquea, y Costa-Gavras la quiere así y no se arrepiente de ello. Quizá en donde queda más patente ese maniqueísmo es en la reunión que tiene Marc Tourneil con su familia y la conversación que mantiene con su tío, un viejo luchador que le afea, como el coro de las tragedias griegas, la conducta inmoral a su sobrino; o en los diálogos que el joven arribista tiene con su esposa Diane (Natacha Régnier) que, en uno de sus estrambóticos consejos, le aconseja utilizar técnicas de la revolución cultural maoísta para defenestrar a parte del staff directivo del banco.

Con ironía, y enorme lucidez, el joven banquero arribista, después de hacer una jugada genial que deja fuera del juego del banco francés al grupo especulativo de Miami dirigido por Dittmar Riguele (Gabriel Byrne), exclama, mientras preside un consejo directivo de la entidad: Soy el nuevo Robín Hood, que roba a los pobres para dárselo a los ricos. Pues en esas estamos hasta que colguemos de los árboles de Sherwood a todos esos Robín Hood que andan sueltos y sacudamos sus bolsillos.

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