Crítica

El maestro del agua – Rusell Crowe

posted by Jose Luis Muñoz 3 Mayo, 2015 0 comments

El maestro del agua

No es la primera película que realiza el australiano Russell Crowe, y eso se nota por el dominio impecable de la imagen de El maestro del agua, deslumbrante de principio a fin, sobre todo al principio; sí es la primera película de ficción en la que se pone delante y detrás de la cámara el proteico intérprete de Gladiator, un actor de físico potente, en la que ahonda en un desastre bélico, la batalla de Gallipoli—ya narrado de forma muy brillante por su compatriota Peter Weir en una de las primeras películas que protagonizara un casi desconocido Mel Gibson—, para pergeñar un drama familiar intimista y sentimental sobre ese desastre de la Primera Guerra Mundial que enfrentó australianos y turcos en un conflicto, como casi todos, absurdo.

Si Russell Crowe consigue deslumbrar con sus primeras imágenes en lo que es el mejor tramo del film, y el más breve, cuando narra la vida cotidiana de ese granjero australiano, Joshua Connor, que él mismo protagoniza, un zahorí que busca agua en las desérticas tierras de su propiedad—la grandeza de un bello paisaje árido ayuda—, en cuanto el protagonista emprende ese viaje a Turquía, acuciado por su esposa Natalia (Isabel Lucas)—Encuentras agua en el desierto, pero no eres capaz de dar con tus hijos—para buscar los restos de Arthur (Ryan Corr), Henry (Ben O’Toole) y Edward (James Fraser), desaparecidos en la batalla de Gallipoli, la película pierde fuelle. En su búsqueda desesperada ese padre tendrá que enfrentarse a las autoridades británicas comandadas por el coronel Hughes (Jai Courtney), que han acotado la zona del desastre para exhumar los cuerpos de los suyos y no dejan que participen extraños ajenos al ejército, y mantendrá una relación de amistad con unos oficiales turcos, el comandante Hassan (Yilmaz Erdogan) y el sargento Jemal (Cem Yilmaz), con los que establece una relación de camaradería a pesar de las dramáticas circunstancias y considerarlos directamente responsables de la desaparición de sus vástagos.

Resuelve con flash backs acertados Russell Crowe el enfrentamiento bélico entre australianos y turcos en esas devastadas tierras costeras; acierta en alguna secuencia terrible de esa lucha de trincheras que convierte a los hombres en bestias humanas que se sirven hasta de los dientes para matar al adversario, pero falla en lo principal, en reflejar la angustia de ese padre que busca a sus hijos, seguramente muertos, y luego hay una historia de amor, que no viene a cuento, entre el protagonista y una bellísima viuda, la hotelera turca Ayshe (Olga Kurylenko) que lo aloja en su establecimiento de Estambul. El tono de la película, en ese tramo largo y con pocos alicientes argumentales—los turcos son muy buenos; los griegos que atacan Turquía son malísimos, sucios, y tienen aspecto de bandoleros—el protagonista de Master and commander, precisamente de Peter Weir, se nos torna blandengue, apela al sentimentalismo fácil y previsible, mete también, a contrapelo, la historia de un niño turco, el hijo de la hotelera, cuyo padre desapareció en la misma batalla de Gallipolli y que establece con el australiano una relación hijo-padre, y con todo ello el resultado de la película, una vez el espectador ha disfrutado de su fotografía que se mantiene espléndida, baja muchísimos enteros y la melaza y la lluvia de topicazos hace estragos en el producto final.

Como espectador curioso me llama la atención lo bien que deja el director australiano a los turcos en su película, pese a que son los que, en primera instancia, han provocado la desaparición de los hijos del protagonista. Puede que todo se deba a que Turquía participa en la producción y ha cedido los escenarios naturales a Russell Crowe. Quizá hayan sido ellos los que le hayan impuesto al director esa frase que destila uno de los oficiales turcos, el comandante Hassan, con los que congenia el padre coraje australiano: Ustedes vinieron a invadirnos. Nosotros no hicimos otra cosa que defender nuestra tierra.

Pienso lo bien que hubiera ido a la historia si Peter Weir se hubiera puesto al otro lado de la cámara controlando los excesos interpretativos de Russell Crowe y endureciendo su expresión bonachona de perro pachón. Sería otra película y seguramente mucho mejor.

4

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