Crítica

El molino y la cruz – Lech Majewski

posted by Jose Luis Muñoz 20 Diciembre, 2012 0 comments

El molino y la cruz

Es un lugar común decir que en cine todo está dicho, que todas las historias están contadas y cada vez resulta más difícil ser original. Y, desgraciadamente, eso suele ser verdad. A veces esas ansias de originalidad suenan a impostadas y el pretendido producto vanguardista chirria de mala manera y el espectador añora  una sintaxis ortodoxa. Por suerte hay cineastas capaces de sorprendernos, más todavía, de subyugarnos, de llevarnos por un universo de imágenes hipnóticas a un mundo que ya no existe, una de las grandes virtudes del cine de recreación histórica, y con la virtud añadida de hacerlo con originalidad.

Quién no ha tenido la tentación, ante un cuadro, durante la visita a una pinacoteca, de viajar por su interior, de convertirse en figura del pincel de su pintor. Eso es lo que hace el cineasta polaco Lech Majewski, una especie de artista renacentista, que escribe los guiones de sus propias películas, compone sus bandas sonoras, pinta los escenarios, se encarga de la fotografía y filma y monta sus bellas imágenes. Un hombre orquesta responsable absoluto de todo el proceso creativo cuyas obras visuales se han visto en el MOMA, el Instituto de Arte de Chicago o en la UCLA Film Archive.

La idea de este original experimento cinematográfico parte del escritor Michael Francis Gibson que le ofreció llevar a la pantalla su libro El molino y la cruz, un análisis del cuadro de Bruegel Camino al Calvario. Utiliza Lech Majewski, para este film, más próximo al videoarte que al cine, el cuadro del pintor flamenco Pieter Bruegel, ambientado bajo la ocupación española de Flandes en 1564, e introduce su cámara en el interior del lienzo para animar a sus quinientos personajes e imaginar sus dramáticas historias. El molino, que corona una extraña roca, preside ese paisaje que se convierte en el retablo del mundo; el Calvario en el que es crucificado el Nazareno, ocupa otro lugar preminente; los soldados españoles del Tercio de Flandes, con sus rojas casacas, recorren el lienzo y aportan su dosis  de crueldad atando a las ruedas de tortura a los condenados, tras ser azotados, e izándolas en el extremo de enormes palos para que los cuervos saquen los ojos a los reos. Un microcosmos con múltiples lecturas el que hay en la obra de Bruegel, incluso políticas (el pueblo de los Países Bajos llevado al Calvario por los españoles invasores, podría ser el mensaje subterráneo del pintor flamenco), y que quizá nos pasara desapercibido en el abigarrado maremágnum de personajes de su cuadro si Lech Majewski no las subrayara e interpretara.  Y en medio de ese medio millar de personajes, el propio Bruegel, encarnado por Rutger Hauer, que bosqueja el cuadro; el coleccionista de arte Nicholas Jonghelinck (Michael York) para quien se pinta la obra y una virgen María interpretada por Charlotte Rampling que da una dimensión religiosa al conjunto.

Con muy pocos diálogos, casi silente, si exceptuamos alguna voz en off y el sonido ambiente del agua, el viento, el crujido del engranaje del molino o los graznidos de los cuervos, El molino y la cruz es una obra de arte radical y rabiosamente original en su planteamiento que transporta al espectador al interior de esa obra maestra de la pintura y a un pasado que se recrea con la misma precisión pictórica que el original, mediante tableaux vivants que no siguen, deliberadamente, ningún hilo narrativo. Podría referirnos el film de Lech Majewski  al Jacques Feyder de La kermesse heroica o al Peter Greenaway de El contrato del dibujante, pero la película es diferente a todo lo que se ha hecho relacionando cine y pintura hasta ahora, discurre, como un río remansado, por la retina del espectador que puede optar por huir de él o adentrarse en ese experimento hipnótico que le brinda el director polaco haciendo gala de un virtuosismo visual propio de la pintura en el que utiliza el chroma key para filmar a sus personajes y retazos de paisajes de Chequia, Austria y Nueva Zelanda que funde, en la compleja postproducción, con el 2D del fondo del cuadro Camino del Calvario original con un resultado visual sencillamente espectacular.

Un par de largas secuencias, la del viejo molino de madera moviendo sus aspas y moliendo el trigo bajo la mirada vigilante del obeso y barbado molinero, o la de esos niños alborotadores que se levantan de la enorme cama que comparten cuando la primera luz del día entra por la ventana de su modesta casa, son suficientemente cautivadoras para justificar todo el filme de este cineasta que compone cada una de sus imágenes como si fuera el más refinado orfebre.

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