Crítica

En realidad, nunca estuviste aquí – Lynne Ramsay

posted by Marc Muñoz 22 noviembre, 2017 0 comments
El tormento del samurai

En realidad nunca estuviste aquí

Resulta prácticamente inconcebible separar la última película de Lynne Ramsay de una de las obras magnas del cine moderno, así como filme crucial en la carrera de Martin Scorsese. Y es que el rango de parentesco con Taxi Driver va más allá de compartir la figura de un anti(héroe) ex militar (Travis Bickle soldado en Vietnam y Joe un ex-marine y veterano de la guerra del Golfo) como motor de inducción de un relato que repite los mismos esquemas dramáticos, así como parte de sus conflictos, e incluso,  el mismo escenario, pero con cuarenta años de diferencia. Aunque también es justo reconocer de entrada la distancia insalvable que separa la propuesta de la escocesa de la del italoamericano.

Y es que donde en Taxi Driver era ambigüedad moral, incomprensión, elipsis, un portentoso y fidedigno retrato del Nueva York salvaje de la época y un reflejo demoledor del estado de enajenación mental de la sociedad estadounidenses post-Vietnam, en En realidad, nunca estuviste aquí se torna en un planteamiento esquemático, adulterado, manierista y sintomático, no de una era concreta en la ciudad de ciudades- hay un solo apunte al respecto con Joe paseando en coche por las seguras y turísticas calles de Manhattan donde Ramsay saca su mirada aguda pero ahí termina su aproximación a la Nueva York gentrificada -, sino del signo de los tiempos del cine de los últimos años.

En lugar de acomodar la película sobre las vicisitudes sociopolíticas de nuestros días, Ramsay prefiere amontonar toda la carne en el malestar mental de un sicario sin encaje en una Nueva York pulcra – ahora la suciedad se esconde en la periferia o en lujosas viviendas -, viviendo en casa de su madre, y que en lugar de combatir el insomnio con el taxímetro sacando humo, lidia su odio con pastillas y golpes de martillo. No es sino a través de un encargo en el que se ve envuelto en una trama de prostitución infantil (¿os suena?) y políticos (¿os suena también?)en el que halla cierto equilibrio en su terrible desafecto emocional con su mundo y esa desorientación vital que lo aflige y lo tortura. Demonios insistentes a lo que solo logra dar salida, aunque solo sea momentáneamente, a través de la subtrama de venganza.

Sin embargo, la de Tenemos que hablar de Kevin erra en su acercamiento a la conflictividad del personaje. Primero por aludir a esos innecesarios flashbacks con el fin de potenciar el complejo edípico y la figura del padre maltratador como desencadenante del carácter psicópata del protagonista (Scorsese dejó en evidencia que no hacía falta conocer todos los pormenores del personaje para convertirlo en un icono del medio). Luego con una serie de subrayados en los personajes secundarios que desdibujan la seriedad del perfil diseñado. Estrambóticas conexiones políticas, y perversas parafilias sexuales extremas con lo que busca sin disimulo un mapa manierista donde los malos acaban siendo caricaturas y los buenos, pese a sus métodos, demasiado buenos. Para más inri, y seguramente,  afectada por la imposibilidad de encontrar un final complaciente, se saca un amago de final alternativo de nulo recorrido emocional que se suma a otras secuencias de fallido encaje.

Decisiones injustificables de guion – el que escribe la propia directora en base a la novela corta homónima de Jonathan Ames– que merman acusadamente las acertadas apuestas en la realización y el conjunto de la película. Ramsay confía en exceso en la, por un lado, impecable actuación de Joaquin Phoenix, para orientar dramáticamente y salir airosa de la encrucijada, sin embargo, el propio Phoenix se encuentra, en algunos instantes, descubierto ante estratagemas y vacíos de la escritura.

Sin duda, la realización y la incesante y perturbadora banda sonora de Jonny Greenwood, el verdadero termómetro de ese justiciero despiadado con brújula moral, son las mejores bazas. También resulta loable que Ramsay opte por una cámara, a veces, distanciada que elude las salpicaduras y los estallidos de violencia, pero incluso en ese aspecto, la película presenta una falta de coherencia cuando Ramsay se recrea, en un par de escenas, en la violencia que hasta entonces había mantenido al margen. En ese sentido, resulta más pertinente potenciar la brutalidad y la visceralidad desde el fuera de plano sonoro – esas cámaras de seguridad que captan la escabechina del personaje en el burdel de lujo y que recuerda a algunas escenas cumbre del cine coreano – o a través de la mencionada banda sonora, los efectos de sonido y el gran trabajo físico de Joaquin Phoenix.

Un thriller ampuloso y barroco, en algunos aspectos efectivo y brutal, pero que al que le afecta en exceso los desaciertos de su guion y ese agravio comparativo buscado por sí mismo con un planteamiento dramático similar al de Taxi Driver.

6

 

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