Crítica

Fausto – Alexander Sokurov

posted by Jose Luis Muñoz 9 Abril, 2012 0 comments

Fausto Alexander Sokurov

Poco y mal se conoce el cine que se hace en Rusia, dejando aparte los clásicos de la época soviética (Serguei Mijalovich Eisenstein, Vsevolod Pudovkin, Dziga Vertov). Con la excepción de Andrei Tarkovsky, cuya obra fue llegando de forma puntual, la cinematografía rusa, y salvo éxitos rotundos como esa pequeña maravilla que fue El ladrón (1997) de Pavel Chukhrai, o esa durísima película de padre versus hijos que es El regreso (2003) de Andrey Zvyagintsev, que le valió el León de Oro en Venecia, nos llega de forma discontinúa y al ritmo de las modas. Los filmes corales y amables del oscarizado Nikita Mijalkov sean quizá los más conocidos por el gran público. Otros, como Andrei Konchalovski, hermano del anterior y director de ese díptico extraordinario que fue Siberiada, sencillamente fueron abducidos por la industria USA y despedazados.

Fausto, una versión libre de la novela homónima de Goethe rodada en alemán, pertenece a ese cine ruso que podríamos denominar  denso, como el de Tarkovsky, en el que el discurso prima sobre la forma. Es su realizador, Alexander Sokurov, un creador inclasificable y riguroso, poseedor de un mundo propio, y forma este film, que llega puntualmente gracias a su León de Oro recientemente conseguido,  parte de su tetralogía que gira en torno al poder integrada por Molock (1999), sobre Adolf Hitler, Telets (2000), sobre Vladimir Lenin, y Solntse (2005) sobre el emperador Hiro Hito.

Sokurov no nos lleva a engaños desde el minuto cero de su Fausto, empezando por el formato mismo de la película, completamente cuadrado, como las primitivas películas de los albores del cine: un primer plano de un pene tumefacto desde el que la cámara realiza un lento traveling hacia arriba para mostrarnos un vientre abierto del que salen, como gusanos, los blanduzcos intestinos. Una autopsia. Porque de eso va la película, una especie de autopsia del hombre, de su razón de ser, de su vanidad, de la fugacidad de la vida, los deseos y el aliento siempre cercano de la muerte, de la miseria de la carne próxima a la putrefacción. Es Fausto una película decididamente feísta (la fotografía es verdosa, no verde; el cincuenta por ciento de su planos están deliberadamente desenfocados o distorsionados, lo que produce al espectador una sensación de ahogo y pesadilla), una cascada de fotogramas lisérgicos, hablada de principio a fin, sin parar, con diálogos repletos de pensamientos filosóficos que entrecruzan durante dos horas y cuarto ese doctor Fausto (Johannes Zeiler) y el prestamista/demonio  (Anton Adasinski), especie de monstruo repulsivo que lleva un micropene en la espalda y cuyo cuerpo deforme es lo más parecido a un lagarto. No hay más atisbo de belleza en toda la película que el rostro virginal de una chica rubia, luz fugaz que establece un violento contraste con la atmosfera de podredumbre y deformidad que impregna la película.

Fausto es uno de los experimentos cinematográficos más fascinantes y radicales que me ha tocado ver en los últimos cuarenta años; habría que remontarse a las películas de Carmelo Bene, un visionario que reinó en la década de los 70, o algunos filmes de la escuela de Barcelona (los de Gonzalo Suárez, por ejemplo: Ditirambo, Aooom) para encontrar una propuesta tan rompedora como la que plantea la película de Sokurov, una obra que, pese a su densidad, o quizá gracias a ella, termina fascinando, removiendo al espectador en su butaca, de incomodidad, porque el cine, como muchas veces ocurre con la pintura (Bacon, Freud, Schiele), no tiene porqué ser forzosamente gratificante ni buscar la belleza. Ver Fausto se convierte así en una experiencia tan perturbadora como enfrentarte a los films de David Lynch, porque Cronemberg ya se adocenó, pero sin su belleza formal, desnudo de todo artificio.

7

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