Crítica

La conspiración – Robert Redford

posted by Jose Luis Muñoz 10 Enero, 2012 0 comments

 

La Conspiración

Seguramente Robert Redford será recordado más como galán cinematográfico por excelencia e impulsor del cine independiente que se hace en Estados Unidos a través del festival de Sundance que organiza cada año, que por sus méritos como director. En esta última faceta cinematográfica el protagonista de Dos hombres y un destino y actor fetiche del desaparecido Sydney Pollack tiene una filmografía muy irregular. Recibió el oscar por la, en mi opinión, su peor película, Gente corriente, y a esa misma altura estaba la soporífera y bien intencionada Leones por corderos, una crítica política demasiado suave hacia el stablishment de su país, o Un lugar llamado Milagro, un curioso remedo de realismo mágico a mayor gloria de Sonia Braga que fue pareja del actor director; muy superiores, en cuanto a calidad cinematográfica, son sus dos filmes que podríamos denominar “ecológicos”: El hombre que susurraba a los caballos, en el que asistimos al despertar como actriz de Scarlett Johansson,  y El río de la vida, dos bellos ejemplos de cantos a la naturaleza a la par que relatos iniciáticos, mientras que Quiz Show, el dilema, otra de sus cintas sociales, no acababa de cuajar, en mi opinión, por su marasmo narrativo que abocaba al espectador al aburrimiento.

La conspiración, su último trabajo tras la cámara, pertenece a uno de los subgéneros más genuinamente norteamericanos, el cine judicial, que ha dejado un sinfín de obras maestras a lo largo de su historia (Doce hombres sin piedad de Lumet, Matar un ruiseñor de Mulligan, Testigo de cargo de Hitchcoock, sin olvidarnos de El proceso Paradine, del mismo director, y un larguísimo etcétera) y se centra Redford en diseccionar el proceso que llevó a la horca a los asesinos del presidente Abraham Lincoln, a las puertas del fin de la guerra que enfrentó norte y sur del país, un grupo de insurgentes sudistas que aprovecharon una función de teatro para asesinarlo de un pistoletazo disparado por el actor de teatro John Wilkes Booth (Toby Kebbell) cuando el estadista estaba en su palco. El film de Redford se centra en la figura de Frederick Aiken (James McAvoy), un abogado militar y héroe de guerra, y en Mary Surrat (Robin Wright), cuya principal culpa parece ser la de haber permitido que los conspiradores se reunieran y planearan el magnicidio entre las paredes de su pensión y ser la madre de John Surrat (Johnny Simmons), el único miembro del grupo al que no consiguen capturar, y en el denodado esfuerzo del primero por salvar la vida de la segunda, convencido de su inocencia, enfrentado a una marea de venganza que quiere pasar por encima de la justicia y llevarla a la horca como castigo ejemplarizante.

Robert Redford no cuestiona el sistema judicial norteamericano (el film  no es un alegato contra la pena de muerte, que forma parte del acerbo cultural del pueblo estadounidense como la Coca-Cola o la revista Playboy) sino que denuncia una injusticia puntual y, en este caso concreto, la intrusión clara de la política en un proceso que más bien fue un linchamiento porque los procesados, y condenados, no gozaron de suficientes garantías judiciales para defenderse. La relación que se establece entre ese hombre justo, a pesar de estar en el bando contrario y de las presiones que recibe de círculos próximos para que deje un caso que no le va a beneficiar, que es el abogado Frederick Aiken, y la adusta Mary Surrat, que acaba agradeciendo sus esfuerzos, centran este film que el intérprete de Memorias de África conduce con tino y tiento, ilustrando el sólido guión de James D. Solomon y sin desviarse de los cánones del género. Un film de factura clásica, bien dirigido, bien ambientado y bien interpretado (entre sus secundarios de lujo destaca un Kevin Kline que compone un odioso Edwin Stanton, ministro de la guerra y principal impulsor del castigo ejemplar a los acusados, y Tom Wilkinson que está perfecto como el humano Reverly Jonson, el mentor del abogado Aiken) que no decae en sus algo más de dos horas y nos ilustra sobre un acontecimiento poco conocido que Redford tiene la habilidad de resucitar en la que es una de sus mejores películas además de lección de historia.

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