Crítica

La dama de hierro – Phyllida Lloyd

posted by Jose Luis Muñoz 22 febrero, 2012 0 comments

La dama de hierro

¿Puede una película, claramente de textura televisiva y sobre un personaje poco glamuroso como es Margaret Thatcher, enganchar al espectador? La respuesta es sí siempre que la interprete Meryl Streep. Porque, sin duda, lo que el espectador se va a encontrar en este hábil telefilme que, una vez visto, no lo es tanto (telefilme), es una portentosa interpretación, quizá de las mejores, de esa mujer camaleónica a la que los años no solo le sientan bien sino que la hacen más madura, versátil y más inmensamente actriz. La Margaret Thatcher que nos ofrece Meryl Streep en La Dama de Hierro, como la reina Isabel que nos brindó años atrás otra actriz de calado como es Hellen Miren en The Queen de Stephen Frears, es exactamente la viva imagen de la primera ministra británica a la que la interprete inolvidable de Memorias de África clona hasta en su más leve gesto, en sus andares torpes y titubeantes, vestimenta, mirada, característica dicción y personalidad autoritaria.

Después de ver la película de Phyllida Lloyd, que ya dirigió a Meryl Streep en Mamma mía, el espectador no apreciará más a la política conservadora y feminista a su manera (a parecerse, en sus hábitos como gobernante, a los hombres que la precedieron en el cargo y a hacerse un lugar preeminente en un partido que miraba a las de su sexo por encima del hombro), que condujo a su país a una de sus peores crisis de empleo, privatizó todo lo público que encontró en su camino, mostró una intolerancia radical hacia el IRA (que la intentó asesinar y perdió a un buen puñado de los suyos en una huelga de hambre que no consiguió doblegarla), y montó la última guerra imperial que se recuerda (con la Thatcher toparon los milicos argentinos y esa fue su ruina), pero a cambio no podrá más que rendirse ante la interpretación que de ella hace esa actriz extraordinaria que, con esta película de pequeño presupuesto, que en algunos de sus momentos no parece otra cosa que un video doméstico cuya textura la hace plenamente compatible con las imágenes documentales y de noticiero que se insertan cómodamente en su metraje sin que la vista lo aprecie, está sencillamente sublime, ofrece uno de los mejores recitales de su carrera y lo hace con un personaje que seguramente no concita la simpatía de muchos espectadores británicos, ni de otra parte del mundo. Pero el filme, o el telefilme, hay que reconocerlo, es más que hábil, y su directora articula con cierta maestría la historia de esa primera dama británica desde un presente, de ancianita devorada por el alzheimer y obsesionada por el precio de las cosas cuando va al supermercado, hacia su juventud (encarnada por otra actriz de enorme parecido, Alexandra Roach), como hija de tendero, rol al que nunca renunció, a sus primeros pasos por la política, su matrimonio con el apacible, paciente y encantador esposo Denis Thatcher (Jim Broadbent) y la escalada meteórica hacia el poder sin renunciar a sus señas de identidad acusadas: un anticuado peinado y un no menos anticuado bolso que se convirtieron en icónicos de su persona. Y la gota hábil de ternura la pone ese marido muerto, que habita como fantasma en su apartamento londinense y baila, de cuando en cuando, con ella su canción preferida, la de la película El rey y yo, el musical interpretado por Yul Brynner y Deborah Kerr, y se convierte en su sparring para que ella vaya desgranando su vida a retazos. Y eso sí, como biopic hagiográfico que es, La Dama de Hierro pasa de puntillas sobre la demoledora faceta de Mrs. Thatcher como gobernanta, que no gobernante, apisonadora, reduce su bagaje ideológico a la de un ama de casa con escasos recursos intelectuales y obvia su amistad peligrosa, entre otros, con el dictador Pinochet, pero quizá tampoco el espectador se lo exija a la película, rendido por la interpretación de la gran Meryl Streep cuyo oscar se asegura en cuanto aparece en pantalla y ya no la deja.

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