Crítica

La mirada del silencio – Joshua Oppenheimer

posted by Jose Luis Muñoz 25 mayo, 2015 0 comments

La mirada del silencio

Segunda andanada del realizador norteamericano Joshua Oppenheimer (Austin, 1974) para que no se olvide el genocidio indonesio y, como la anterior The act of killing, estremecedora. La mirada del silencio, que se alzó con el premio especial del jurado en el Festival de Venecia y con el premio del público en Documenta Madrid, ha sido producida por Werner Herzog y llega en un momento de revitalización de un género que estamos viendo puede ser muy cinematográfico con recursos más limitados que la ficción.

Si en The Act of killing Joshua Oppenheimer se centraba en los abominables verdugos de la masacre indonesia, que se jactaban de sus actos, en La mirada del silencio traslada el eje de la película sobre las víctimas, sobre una en particular, el hermano de uno de los atrozmente asesinados en esa orgía de sangre que sacudió Indonesia y dejó un millón de cadáveres, genocidio que nadie ha juzgado. Así es que el realizador, a su manera, intenta hacer justicia poética mediante imágenes que estremecen, largos silencios y miradas perdidas.

En la década de los sesenta el militar Suharto dio un golpe de estado contra Sukarno y se hizo con el poder. Su primera medida fue acabar físicamente con el potente Partido Comunista Indonesio. Durante menos de un año, escuadrones de la muerte, apoyados por el ejército, masacraron sin piedad a un millón de personas con el visto bueno de Estados Unidos para los que el asesino Suharto era un muro de contención contra la expansión del comunismo por el Sudeste asiático en el tablero de ajedrez de la guerra fría, que lo fue en Occidente pero no en Oriente. Por esos crímenes de lesa humanidad, apenas conocidos porque fueron tapados de forma interesada, nadie fue juzgado y los asesinos continúan controlando los destinos de su país y vanagloriándose de su infamia. El realizador australiano Peter Weir realizó un film de ficción con ese trasfondo, El año que vivimos peligrosamente, con Mel Gibson y Sigourney Weaver, pero pasaba por alto las matanzas para centrarse en los periodistas protagonistas. Otros crímenes tuvieron más suerte cinematográfica: Hotel Ruanda, sobre el genocidio de los tutsis, y Los gritos del silencio, sobre la barbarie de los jemer rojos en Camboya. Quizá detrás de esa levedad cinematográfica sobre las masacres en Indonesia esté que la CIA bendijo ese genocidio.

En su segundo y estremecedor acto de esta denuncia de un asesinato en masa impune, Joshua Oppenheimer se centra en la figura de un joven óptico que va por las aldeas graduando la vista de sus vecinos. El joven cuida de sus ancianos padres. Su padre, que debe de tener más de cien años, perdió la memoria el día que los escuadrones de la muerte se llevaron a su hijo mayor y literalmente lo descuartizaron; ha perdido la vista y la razón, canta y cree que tiene dieciséis años. Su madre lo baña y cuida de él como si fuera un niño pequeño. El joven óptico visita, para graduarles la vista, a los verdugos públicos de su hermano, al que no llegó a conocer porque fue concebido precisamente para suplir su ausencia, que se han jactado numerosas veces de la matanza y cuyos testimonios recogió el director norteamericano en la primera entrega de este díptico. No busca venganza sino arrepentimiento que no encuentra nunca. Ninguno de los asesinos se disculpa sino todo lo contrario y se reafirman en que volverían a asesinar, torturar y violar como hicieron antaño. Justifican sus masacres con que Estados Unidos les enseñó a odiar al comunismo, con que los comunistas no eran piadosos musulmanes o con que limpiaron de comunistas Indonesia. Los verdugos no se cortan ante la cámara y desvelan algunas de sus atrocidades, como que amputaban los pechos de las mujeres o bebían la sangre de sus víctimas, después de degollarlos para ahorrarse las balas, y esa bebida les salvaba de enloquecer. Sólo la hija de uno de ellos se estremece, mira a su anciano padre asesino y le reprende con la palabra sádico. Los hijos de quien lideraba ese escuadrón de la muerte, que durante meses sembró el terror por la zona, ya fallecido, se muestran incluso beligerantes con el hermano del asesinado y le echan en cara que remueva el pasado. Sin castigo no hay justicia ni arrepentimiento. Los miserables alardean con impunidad de sus hazañas mientras las víctimas se esconden por temor a las represalias en ese mundo al revés que es Indonesia.

Este documental extraordinario hiela la sangre con su violencia contada que rememoran los protagonistas. La cámara hurga con primeros planos los rostros de los verdugos impasibles que detallan sus atrocidades y el espectador huele el hedor a muerte que exhalan sus alientos. No hay odio en la mirada limpia de ese muchacho que le sirve de guía al realizador para que entreviste a todos los que tuvieron que ver con el asesinato de su hermano, sólo estupor y horror conradiano. El horror, el horror.

Joshua Oppenheimer nos muestra esa Indonesia que no conocen los turistas que visitan el país, admiran sus paisajes y templos, gozan de la hospitalidad de sus gentes: un oscuro secreto que remueve el realizador con la vana esperanza de que se haga alguna vez justicia, y lo hace utilizando imágenes certeras, una fotografía extraordinaria y nítida, el ruido de la selva como telón de fondo, la naturaleza exuberante que ha crecido en esos campos de exterminio en donde reposan millones de seres humanos asesinados de forma encarnizada. A veces la cámara se detiene con cariño en los rostros devastados por el dolor y la vejez de los padres del muchacho asesinado, o lo hace sobre las crisálidas que se agitan a punto de dar a luz a mariposas. La cámara se mueve suavemente por un paisaje verde y luminoso en el que reina el silencio más absoluto y se desliza al interior de las aldeas en las que sobreviven esos monstruos ya ancianos que siguen infundiendo terror.

La mirada del silencio es tan buena como necesaria, un documento extraordinario que nos recuerda los genocidios impunes y olvidados y nuestra responsabilidad en ellos, por acción u omisión, y que todavía existe terror a las represalias en Indonesia porque los herederos de los que asesinaron siguen gobernando. Cuando la película termina aparecen los larguísimos títulos de crédito y casi ningún nombre en ellos sustituido por la palabra Anonymus. Desolador.

Los asesinos andan sueltos en Indonesia y todavía no se ha apagado su sed de sangre.

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