Crítica

La parte de los ángeles – Ken Loach

posted by Jose Luis Muñoz 21 Noviembre, 2012 0 comments

La parte de los angeles

Si en un futuro tiene que realizarse un estudio de la evolución de la sociedad británica, y sobre todo su clase obrera y su lumpen proletariado, durante finales del siglo pasado y principios de éste, el cine de Ken Loach será un referente obligado. Loach, como Woody Allen, es de esos directores que suelen regalar al espectador una película al año y cuyo cine, más o menos conseguido (más cuando habla de su país que tan bien conoce; menos cuando se traslada a otros territorios, por ejemplo a la España revolucionaria de Tierra y libertad, que no conoce tanto) tiene un público fiel que espera su próximo film como agua de mayo. 

La parte de los ángeles, título que hace referencia a ese porcentaje de buen whisky que se evapora misteriosamente de toda barrica, sigue la trayectoria vital de cuatro chicos marginales de Glasgow, a un paso de la delincuencia, a los que un juez ordena se rediman mediante trabajo social. Harry (John Henshaw), el bonachón educador social que se encargará de ellos, verá que en el interior de Robbie (Paul Brannigan), un muchacho desarraigado e hiperviolento que va a ser padre por primera vez, hay madera noble. Haciendo el papel de padre que esos chicos no tuvieron, Harry se lleva a Robbie, al descerebrado Albert (Gary Maitland), un tonto borrachín que a punto está de ser atropellado por un tren, al pelirrojo Rhino (William Ruane) y a la cleptómana Mo (Jasmin Riggins) a una destilería de whisky para instruirlos en algo que pueda interesarles. Robbie demuestra tener especiales actitudes para la cata de ese preciado destilado y esa habilidad, unida a su astucia, le lleva a organizar un hurto del mejor whisky del mundo para ponerlo, precisamente, en la mesa del bondadoso Harry como prueba de agradecimiento y afecto. 

La parte de los ángeles bien podría haberse convertido en un drama desolador, porque sus cuatro jóvenes protagonistas, carne de cañón, excedente humano en tiempo de crisis, jóvenes sin oficio ni beneficio, llevan en su ADN el fracaso social, la exclusión y seguramente la cárcel para la que nacieron, pero Loach, quizá porque los tiempos que corren son tan duros que no puede permitirse una película tan desoladora como Felices dieciséis o Riff-Raff, opta por la comedia desenfadada, por un canto optimista a lo Frank Capra, a la vida y a la esperanza, que les llega a esos muchachos de la mano de ese personaje beatífico y carismático que es Harry, aunque eso sí, sin renunciar a sus pullas contra la estupidez de la clase adinerada (el multimillonario norteamericano de paladar atrofiado que puja más de un millón de libras por una barrica de vulgar whisky creyendo que es un exclusivo y rarísimo destilado) o el desprecio a las fuerzas del orden presentadas como villanos ridículos. 

Ken Loach, como casi siempre sucede en sus películas, tiene la habilidad de servir su historia como si fuera un bocado de realidad y a ello contribuye el elenco de actores, perfectamente escogidos, que no parece interpretar sino vivir en la pantalla su propia vida, y unos diálogos chispeantes y realistas que, junto a su habitual tono documental, hacen que el cine de Loach siempre sea digno de ver, cuando nos golpea o cuando nos acaricia, como sucede en La parte de los ángeles, una película menor y simpática dentro de una filmografía dilatada, impecable y comprometida como pocas.

6

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