Lebanon (Líbano) – Samuel Maoz

La guerra desfigurada por el periscopio

A las 6.15 del 6 de junio de 1982 Samuel Maoz mataba a un hombre por primera vez en su vida. Tenía apenas 20 años cuando se vio obligado a cometer tal fatal acto para sobrevivir, al igual que tantos otros soldados en la guerra del Líbano. Veinticinco años después, ese joven soldado israelí se convierte en un cineasta buscando su personal catarsis de la tragedia a través del arte. Al igual que muchos hicieron en su día con desigual resultado: no del todo satisfactorio para Primo Levi, supuestamente positivas para Polansky con El Pianista, Semprún con Viviré con su nombre, morirá con el mío ( y otros relatos de su experiencia en Buchenwald) e incluso coetáneos al caso que nos atañe, como el director israelí Ari Folman y su Vals con Bashir.

Tampoco le resulto fácil a Maoz transcribir las crudas experiencias vividas en la guerra sobre las páginas de un guión cinematográfico. Cuenta que tan solo fue capaz de adentrarse en la escritura cuando el olor a carne chamuscada le dejaba de venir a la mente. Fue a principios de 2007 cuando pudo separarse de su “Yo” de los días de la contienda, y afrontarlo como un personaje más por el que sentía verdadera lástima. Finalmente completó Lebanon en el 2009, y con ella obtuvo el León de oro en el festival de Venecia. Parece que un logro insuficiente para atraer el interés de alguna distribuidora española, ya que a día de hoy sigue inédita en nuestro país.

Samuel Maoz levanta su obra con la intención de acercar al espectador al horror de la guerra sin héroes ni explosiones. El seguimiento de un batallón de soldados encerrados en los compartimientos de un tanque en plena guerra del Líbano le sirve para adentrarse en la exploración psicológica que atormenta a los soldados en el desempeño de sus obligaciones.

De entrada sorprende el novedoso punto de vista narrativo elegido por su director. Por un lado la historia se ubica en un solo escenario (el interior del tanque), y por otra parte, se observa la acción del exterior mediante la mirada subjetiva del artillero. Todos los planos externos están encuadrados a partir de una máscara que reproduce la forma de una mirilla de cañón de tanque: la visión del exterior que se obtiene con el periscopio. En lugar de una mirada limpia, neutral, a cierta distancia de lo que ocurre, la fotografía se vuelca en este recurso para describir el río de emociones al que se ve abocado su protagonista desde su incómoda posición de artillero.

Este interior del tanque como espacio claustrofóbico se postula deudor de otra película bélica como el Submarino (Das Boot, Wolfgang Petersen), pero en otro vehículo y diferente conflicto.

Partiendo del material autobiográfico y el particular punto de vista narrativo, la cinta tenía puntos de sobra para convertirse en un filme valioso del género antibélico, sin embargo hay ciertos aspectos que no encajan en ella. Bien por la inexperiencia de su autor, por ese guiarse más por el olfato que por el cerebro (como subraya en algunas entrevistas), o simplemente por ensimismarse en buscar una catarsis catalizadora que lo subsane de lo que tuvo que cometer.

Pero el hecho es que la representación que el filme elabora sobre la guerra está bastante desajustada de lo que sería la realidad. Maoz se ve incapaz de reproducir de forma realista los hechos que sacudieron su juventud, y en lugar de sumergir al espectador en el infierno de ese interior del tanque lo substrae con una puesta en escena teatral, alejada del verismo, y con ciertos subrayados, tanto a nivel de realización como musical e interpretativo, que terminan por fracturar el potencial del relato. Maoz inunda el metraje de representaciones poco creíbles, de situaciones que chirrían, de personajes sin profundidad, y de cierto tono sensacionalista en sus imágenes (por ejemplo la secuencia de la madre y la hija en un piso en ruinas) que no fraguan con las intenciones loables del filme.

Ese periscopio tan inestablemente irreal, tan guiado a buscar el retorcimiento del espectador ante las injusticias de la guerra, y apoyado por unos personajes de un solo filo, todos bondadosos y horrorizados por la guerra, terminan por contaminar el potente tejido con el que se alza el filme.

Maoz no acierta en la descripción de unos personajes planos, que paradójicamente muestran conductas antibélicas, que cambian drásticamente sin una evolución que haya prevenido o advertido de ese cambio, y lo que empieza siendo un consciente intento de no caer en clichés acaba originando arquetipos.

Tampoco ayuda a ese distanciamiento, una realización empecinada en relatar solo la cara más amarga de la guerra, sin dejar libertad al espectador para que dirige su mirada en los acontecimientos, ya que el ojo del tanque, que es a la vez representa la mirada del artillero protagonista, ergo del joven Maoz, encamina siempre nuestra atención a unos efectos emocionales prefabricados.

Líbano es un intento digno de su director para sumergir al espectador en la crudeza, el sin sentido, la angustia, el terror y todos los sentimientos que suscita adéntrate en el territorio hostil de la guerra, sin embargo su tratamiento formal teatral y alejado de la representación natural de los hechos, unido a ciertas grietas en su guión, acaban por desfigurar la potencia con la que circula este tanque que conquistó al jurado del Festival de Berlín hace un par de años.

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