Crítica

Madre! – Darren Aronofsky

posted by Marc Muñoz 27 septiembre, 2017 0 comments
De musas y musarañas

madre! Aronofsky

Darren Aronofsky ya tiene su Nymphomaniac; su obra más compleja, controvertida, incomprendida, desatada y alegórica de una carrera con altibajos. Un trabajo que el espectador valorará desde posicionamientos polarizados. Una dualidad que la propia película adopta en su génesis y esqueleto, e incluso, como temática en sus hilos narrativos.

Porque lo que empieza como una home invasion modélica de tensión latente, y creciente, estalla sin preaviso en un extrañamiento y ampuloso mundo caótico donde la realidad angustiante colindante con el subgénero de casa encantada cede su espacio a la alegoría enrevesada y al batiburrillo alucinado. Un punto de inflexión inconexo que separa la película en dos partes muy diferenciadas, exponiéndose así el salto de calidad respecto una y otra, factor estrechamente ligado a la carga pretenciosa volcada por Aronofsky en la segunda, en un intento descontrolado por salirse de los esquemas y manipular y jugar con las perspectivas del espectador.

Algo que ya consigue con la templada primera parte. Cuando pone el foco en el cogote o la cara de una omnipresente Jennifer Lawrence, esa callada y servicial esposa de un escritor en crisis creativa que anda aturdida, violentada y asombrada por su propio hogar cuando una pareja de extraños, admiradores de su marido, se instalan en este, rompiendo así el equilibrio y el confort, provocando una especie de pesadilla doméstica que va creciendo y adquiriendo cotas turbadoras. Todo ello aderezado por los misterios ocultos de una casa que actúan más como imágenes símbolo del malestar doméstico y de la fractura matrimonial provocada por esa inesperada visita que como un elemento de conflicto extra insertado en el plano personal de la protagonista.

En esa primera parte, Aronofsky contagia de angustia y opresión con esa cámara marcaje (prácticamente el inverso a la vista FPS de los videojuegos) al personaje central y desvalido de la historia, ofreciendo a la actriz ganadora del Oscar la oportunidad para reivindicar sus dotes actorales. Más allá del impecable trabajo de cámara, hay también una inteligente arquitectura del espacio, las paredes claustrofóbicas y la envergadura del espacio, así como la proliferación de acciones y situaciones en sus diferentes estancias, agudizan la sensación de pérdida absoluta de control por parte de esta mujer. Es cuando la película surca hábilmente, y bajo tensión creciente, los cauces del thriller psicológico y la invasion home que se reconoce en el Polanski de La semilla del diablo, El quimérico inquilino y Repulsión, El ángel exterminador de Luis Buñuel e incluso El sirviente de Joseph Losey.

Y cuando uno se había implicado empáticamente en este universo, Aronofsky decide romperlo en pedazos, implosionar su recorrido anterior para dar forma a una nueva matéria desconcertante, incómoda y extremadamente desacomplejada. Sin salir de esa casa, ni de sus recurridas estancias, el filme estalla en un circo ruidoso que borra, prácticamente, todo el rastro de la primera parte. Un cúmulo de aporte alegórico disperso y sin medida que empieza a derribar (literalmente) las paredes de ese hogar. Una estampida simbólica que sustituye el relato de la tensión y el malestar por el del delirio obtuso y el pasmo exagerado. Un atrevimiento formal y de fondo pasado de rosca, convirtiéndose en un batiburrillo de ideas y situaciones, en una acumulación cansina y extenuante de acciones y delirios fantasiosos.

La película muta entonces en un andar circular en su intento por dotar de entendimiento las impactantes, increíbles, pero disgregadas imágenes. ¿Está Aronofsky hablándonos del proceso creativo?, ¿es Jennifer Lawrence simplemente un objeto/musa para avivar la llama creativa del personaje interpretado por Javier Bardem), ¿indaga Madre! también en el precio de la fama y el acoso fan?, ¿está dibujando una crítica acerada sobre el colectivismo y el comunismo?, ¿es un relato bíblico?, ¿está recreando la deriva caótica del presente?, ¿La “Madre” del título se refiere a la madre naturaleza?, ¿sigue representando los recovecos emocionales de las etapas de crisis de un matrimonio?, o ¿simplemente nos está tomando el pelo abrazando a Tarkovski, Buñuel y los Monty Phyton sin ton ni son?  Otra severa incomprensión es la falta de conexión entre las dos partes diferenciadas de la película pese a compartir espacio y dúo protagonista, ¿por qué desaparece sin más la pareja compuesta por Ed Harris y Michelle Pfeiffer?, ¿cuál es el papel de esta pareja en el subtexto de la obra? Sin duda, el significado detrás de ese disparate visual entra en la parcela psicoanalítica, seguramente la que atañe la relación entre Darren Aronofsky y su ex-mujer y madre de su hijo, Rachel Weisz.

No hay signos para pensar en una arbitrariedad sin sentido, Aronofsky es siempre muy consciente de dónde quiere dirigir a su criatura y en manejar el comportamiento y expectativas del espectador, pero sin duda hay un desajuste importante en esa segunda parte donde acumula elementos histriónicos al bulto, hurgando en un comportamiento opulento, ruidoso e histérico, en las antípodas, por ejemplo, de la alegoría sútil de Jeff Nichols en Take Shelter.

Madre! es sin duda un filme complejo, de varias revisiones, de acalorados debates, atrevido, rompedor y desconcertante, pero deshilado por una intencionalidad poco compacta, excesiva, desproporcionada. Si la mayor exclamación de la temporada se la adjudicó David Lynch en su regreso televisivo, no solo por lo mostrado en pantalla, sino por certificar mediante un entramado de sinapsis fervorosas la solidez de su universo, Aronofsky anhela su ambición, pero al contrario que Twin Peaks, su criatura demuestra demasiadas flaquezas y decisiones erróneas, al menos, en su primer visionado.

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