Crítica

Post Tenebras Lux – Carlos Reygadas

posted by Jose Luis Muñoz 23 Junio, 2014 0 comments

Post Tenebras Lux

La cinematografía mexicana está en un momento pujante; el país azteca ha tomado el relevo a la brasileña de la época dorada de los Glauber Rocha o Ruy Guerra, o a la Argentina, decantada hacia lo social y formalmente mucho más convencional. Parece como si la impronta imaginativa y rompedora de Luis Buñuel, que hizo sus mejores películas en el país azteca, hubiera perdurado a lo largo de los años y basculara en la mente de los nuevos realizadores. La lista de directores notables mexicanos es larga: Alejandro González Iñárritu, Guillermo Arriaga, Guillermo del Toro, Amat Escalante, Alfonso CuarónCarlos Reygadas.

Post tenebras lux se salta todos los convencionalismos narrativos del cine, los dinamita a conciencia. Es una película que desconcierta al espectador, o lo fascina o sencillamente lo irrita. Para empezar, y como están haciendo no pocos realizadores últimamente, el mexicano vuelve al encuadre casi cuadrado, al formato 3/4 que utiliza Wes Anderson en El Gran Hotel Budapest, Alexander Sokurov en Fausto o Pawell Pawlikowski en Ida, en una especie de regreso a la pureza del cine primitivo. Ese formato le permite al director mexicano centrar mucho más nuestra mirada y que ésta sea la suya, porque no hay escape posible en tan poco espacio visual. Y, lo que no es para nada un capricho, Carlos Reygadas utiliza en todo momento una lente que distorsiona el contorno, lo duplica literalmente, consiguiendo unas imágenes fantasmagóricas e irreales. Como sucede con el cine de Terrence Malick, con el de Carlos Reygadas el espectador se ha de dejar llevar sin razonar, y si así lo hace obtendrá altas cotas de placer visual, porque el esteticismo preside todos y cada uno de los planos de este film singular admirablemente fotografiado por Alexis Zabé.

La película se abre con un larguísimo plano secuencia en la que Reygadas sigue el andar titubeante de su propia hija pequeña Rut  por un campo encharcado de Tepozlán, entre vacas, toros y el ir y venir de enormes perros que pasan por su lado; el cielo se nubla y descarga una impresionante tormenta eléctrica mientras esa niña perdida chapotea entre los animales y se hace de noche. Nueva película con bebés y animales, pese a las recomendaciones de Alfred Hitchcock de huir de ellos. La naturaleza habla, y como música de fondo esa sinfonía propia de la selva, el batiburrillo de pájaros e insectos, cuyo mensaje resulta inquietante. Una naturaleza que de nuevo aterroriza en la secuencia marina, con esas olas gigantescas que estallan con fuerza contra una playa idílica de la costa mexicana y parecen amenazar a las dos niñas que juguetean cerca de donde rompen. Las escenas turbadoras se suceden con otras que simplemente parecen videos domésticos—la celebración de las Navidades con las abuelas dando regalos a los nietos y animándoles a que estudien para ser buenos y ricos empresarios en el futuro—. Los dos Méxicos, que coexisten desde la conquista de Hernán Cortés, están muy presentes en el film: el burgués, ilustrado, descendiente de los conquistadores españoles que no se han mezclado con los indígenas— Juan (Adolfo Jiménez Castro) joven, el protagonista, habla de Tolstoi en una cena entre amigos—, y el de la masa indígena, pobre e ignorante, sometida por ese racismo blando que impera en la sociedad mexicana y que Reygadas subraya. El realizador mexicano filma a una familia aparentemente feliz, la de Juan y su bella esposa Nathalia (Nathalia Acevedo), sus hijos pequeños Rut (Rut Reygadas) y Eliazar (Eliazar Reygadas), que son los del propio director, cuando estos se despiertan y van a jugar a la cama de sus padres en su  casa de diseño, también la del director, enclavada en medio de una exuberante selva, pero la forma en que Juan castiga a una perra díscola, minutos más tarde, con golpes brutales, evidencia una forma de disfuncionalidad emocional en el pater familias, algo oscuro. Una sesión de terapia de grupo de adictos a sustancias, casi todos al alcohol, en la que interviene Juan llevado allí por El Siete (Willevaldo Torres), e indígenas alcoholizados o drogadictos que cuentan a cámara sus experiencias traumáticas y su lucha por abandonarlas, precede a la confesión de adicto a la pornografía del protagonista que la necesita para coger a su vieja. Una secuencia hacia el pasado, turbia, en la que nos muestra a la pareja en un hotel sauna de París cuyos huéspedes practican sexo con desinhibición con desconocidos, en donde Nathalia es literalmente sacrificada a ser poseída por varios hombres mientras una mujer, maternal y de pechos gigantescos, la va consolando, casi una liturgia religiosa, y Juan mira la escena sin intervenir, explica quizás la inapetencia sexual de ésta en el presente. Fotografía en rabiosos tonos rojos para captar esa amalgama de cuerpos desnudos que esperan turno. El infierno. La orgía de los brujos en La semilla del diablo de Roman Polanski.

Aparentemente Post Tenebras Lux es un film desestructurado que funciona por compartimientos estancos, una sucesión de  cuadros colocados sin un orden cronológico, pero hay una conexión entre ellos, es un puzle con el que el director dibuja el retrato fragmentario de esa familia que huye de la ciudad al campo, nueva situación que genera tensiones entre ellos, y lo hace a base de sus recuerdos—la escena de caza en el pantano; el partido de rugby en Inglaterra; la orgia— y obsesiones. Carlos Reygadas utiliza como instrumentos quirúrgicos cinematográficos el fuera campo, el primer plano, el plano fijo, la cámara al hombro, en un retablo vital que es su película inclasificable, y consigue aterrorizarnos literalmente con esa visualización acertada del diablo, una silueta roja y luminosa con andares de Pantera Rosa, que se desliza por esa casa que invade en silencio tras abrir una puerta que chirria, y que sólo Juan niño ve: nosotros cuando lo éramos.

El director mexicano, en una apuesta de alto riesgo, conecta con lo telúrico que todo ser humano lleva en su interior—como las primeras películas de Julio Medem—, va hacia las entrañas más allá de los sentidos. Post Tenebras Lux es una película que se ama o se odia y tiene en sus imágenes suficientes motivos para una y otra cosa. Los periodistas, cuando ganó el premio a la mejor dirección en Cannes 2012, retaron a Carlos Reygadas que explicara la película: no pudo hacerlo.

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