Crítica

Safari – Ulrich Seidl

posted by Alberto Varet Pascual 15 Marzo, 2017 0 comments
Gacela coja

Safari

Frente a la mayoría de los documentalistas, encantados de conocerse en la narración de un suceso o los milagros de una estrella, Ulrich Seidl se alza como un verdadero conocedor del potencial del género, lo que le lleva a introducir su curiosa cámara allá donde pueda interrogarse por lo más oscuro que habita en el corazón de un hombre. En Safari le toca el turno a la obsesión por la caza de unos adinerados centroeuropeos en plena sabana africana. El resultado, interesante como siempre, adolece por primera vez de esa tendencia del austriaco a no tomar partido.

Vale que el cine no está para maltratar a la figura filmada (todo lo contrario), pero debe luchar por obtener la verdad. Aquí, en las respuestas a cámara de los protagonistas, se detecta la falta de unas preguntas que cuestionen con fuerza su gusto o su sensibilidad. Sobre todo en las del dueño del cotarro, al que da la impresión de que se le deja fácilmente escapar vivo.

Tampoco ayuda cambiar el tono de la película en los últimos minutos, una decisión que tiene más de argucia ideológica que de gesto de clarividencia. Si bien es un aporte inteligente a un film que hubiera quedado descompensado sin lo que se muestra, no podemos afirmar que puedan competir en una balanza veinte minutos de quehaceres de los nativos en la oscuridad frente a más de una hora de matanza a plena luz de los europeos. Aunque los planos secuencia nocturnos son bastante poderosos, no duran lo suficiente como para significar, y la abrupta intervención final del director se antoja entonces tramposa (podría haber montado la cinta de otra manera), por más que halle una relativa fuerza a través de su estética.

La sensación última es que todo el proyecto se ha quedado a medias: ni parece que se haya filmado lo suficiente como para componer un rico fresco (la obra parece haber sido hecha desde una determinada pereza), ni las razones de los protagonistas son demasiado interesantes como para poder trazar una línea útil entre la caza y el colonialismo, ni la citada conclusión acaba por generar con consistencia la metáfora deseada que ilumine el animal que llevamos dentro.

Un Seidl menor, pues. Pero un Seidl menor es algo mucho mejor que la grandísima mayoría de lo que veremos este año. Porque Safari, con todo, es una película tremendamente sugestiva, capaz de colocarnos allá donde tantos nos hemos imaginado preguntas y lo suficientemente hábil como para cuestionarse con originalidad la relación que puede existir entre el colonialismo y la caza. Dicho esto, lamentamos que un autor tan controvertido no haya disparado en esta ocasión a matar. Que su trabajo sea demasiado tímido. Que haya repartido tan mal la información en un montaje descompensado y algo incontrolado. En otras palabras: que haya dejado escapar a la gacela coja.

6

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