Sin frenos – David Koepp

Un retrato impostado del siglo XXI

Sin Frenos

David Koepp, uno de los guionistas más solicitados por los grandes estudios de Hollywood, regresa a la dirección para realizar una nueva película comercial. Esta vez el territorio escogido es la acción pero los tópicos y los trucos fáciles en la escritura se suceden constantemente como en el resto de sus trabajos.

Koepp, responsable de, entre otros, los libretos de Misión imposible o Jurassic Park ha dado claros síntomas de fatiga en los últimos años. En su nuevo proyecto, titulado Sin frenos (en España, ya que el original es Premium Rush), demuestra que, si bien estamos ante un escritor hábil, sus giros y sus tramas están demasiado vistos (por no decir que pertenecen al manual del guionista primerizo).

Hablamos, pues, de una cinta pendiente en exceso de atrapar al espectador a través del texto obviando (como suele pasar con los libretistas reconvertidos) que la verdadera esencia del cine (y del entretenimiento) reside en la emoción que puedan desprender sus imágenes y que, para lograr esto, se necesita mucho más que ser un virtuoso de las letras e, incluso, de la narración audiovisual.

Y es que, el cineasta de Wisconsin ha presentado un ejercicio académicamente redactado, sí, y, además, de un acabado formal brillante, pero esto no ha servido para que en el metraje resida ni un atisbo de eso que se llama alma. ¿En qué se ha equivocado el autor?

Pues, para empezar, en la más notable de sus decisiones estilísticas: el salto temporal. Koepp nos hace viajar por las calles de Nueva York de la mano de sus protagonistas (unos mensajeros ciclistas) y utiliza este recurso como vehículo para desplazarse a través de la historia. Una idea que nada tiene de descabellado si tenemos en cuenta el oficio de los personajes, pero que resulta insuficiente para justificar el vaivén de secuencias debido a la falta de imaginación en la construcción de cada una de éstas. Esto es, la simpleza del guión lastra toda la puesta en escena. Qué ironía.

Una mettre en scène también condicionada por un evidente contraste entre la sencillez de la bicicleta y la complejidad de las nuevas tecnologías con el que el director intenta dibujar un mundo globalizado en el que un medio no tiene por qué evitar o corromper al otro. El problema es que la turbación ante esas rutas presentadas a través de una posproducción gratuita y desmedida es nula y, estéticamente, el film se queda a medio camino entre un capítulo de Icarly y uno de Pacific Blue sin pechugonas que amenicen el convite.

Tampoco destaca la recreación de un universo a dos ruedas excesivamente personal. Todo en él resulta distante. Los que no lo conocemos, no nos sentimos ni atraídos ni conmovidos por lo que se nos enseña como sí lo estábamos ante el de los skaters de Paranoid Park, por poner un ejemplo. El microcosmos urbano retratado por Gus Van Sant con amor, afecto y conocimiento de causa ha sido aquí sustituido por el ruido y el guiño cool. La verdadera mirada adolescente presente en el trabajo del creador de Mi Idaho privado ha sido reemplazada por la charlatanería de un puñado de panolis (encabezados por el cara de haba mayor del nuevo Hollywood, Joseph Gordon-Levitt) que resultan ser jipis, ‘guarros’ (parafraseando una frase de la película) y, por supuesto, muy guays.

Y es que el estereotipo (casi se podría decir que racista) machaca a los protagonistas hasta el punto de ver a Michael Shannon hacer el ridículo como un policía desquiciado dentro de Chinatown o a una mujer asiática obligada a hacer unos negocios turbios para llevar a cabo un sueño que tiene la forma de (¡atención al topicazo!) un puerto chino, lluvioso y pobretón desde el cual se quiere fugar la gente hacia una América llena de posibilidades.

Una mezquina, trillada e impertinente (a estas alturas) trama racial introducida con el único propósito de epatar pues el autor en ningún momento se pregunta acerca del impacto de la inmigración en la sociedad o la lacra que suponen para ésta las mafias. Es más, el uso de una música puntual y sensiblera parece justificar, en un momento determinado de la obra, el acceso a un objetivo a través de otras vías existentes más allá de la legalidad.

Una falta de sensibilidad y de ética muy presente en el interior de una cinta que, si no es por sus alardes tecnológicos, podría parecer del siglo pasado. No hay en ella ni una sola mención a la crisis ni se divisan daños colaterales de la misma en las imágenes de un film, en teoría, comprometido. De hecho, el personaje principal prefiere trabajar por cuatro duros en lugar de terminar su carrera por temor al compromiso inherente a la vida laboral en lo que se pretende una reflexión acerca de la tensión entre el estado salvaje de la juventud y el adocenamiento de la madurez.

Una cavilación de todo punto confusa que no desentona en esta producción disfrazada de contemporánea pero situada a años luz de nuestra realidad por culpa de sus triviales críticas sociales, su perplejidad intelectual y su cobardía ideológica.

 3,5

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