Crítica

Suite francesa – Saul Dibb

posted by Jose Luis Muñoz 14 mayo, 2015 0 comments

Suite Francesa

Habría que separar de una vez por todas el romanticismo de lo cursi o rosa, que es como la pornografía con respecto al erotismo. Quizá el espectador que vea Suite francesa entienda de forma muy clara que son cosas muy diferentes. Un director no muy prestigioso, Saul Dibb (Londres, 1968)—La duquesa (2008), su anterior trabajo, era bastante mediocre— convierte en imágenes una soberbia novela romántica y sale airoso del envite. Suite francesa es una película que hace una cierta apología del amor desinteresado en tiempos de violencia y locura colectiva: la Segunda Guerra Mundial.

Podíamos definir Suite francesa como una película en la que nada es lo que parece. Bussy, la pequeña y encantadora población francesa próxima a París en donde transcurre la historia, es un reducto de paz hasta que deja de serlo. La angelical Lucille Angellier (Michelle Williams, a quien hemos visto en Brokeback Mountain, Shutter Island, Blue Valentine o haciendo de Marilyn Monroe en Mi semana con Marilyn) deja de soñar en cuanto se compromete y empuña una pistola. La adusta Madame Angellier (Kristin Scott Thomas) demuestra tener más sentimientos de los que aparenta al proteger al partisano Benoit Labarie (Sam Riley) y dar refugio en su casa a una niña judía. El apuesto oficial alemán Bruno von Falk (el actor belga Matthias Schoenaerts, protagonista de De óxido y hueso y villano de tres al cuarto en La entrega) no es un duro como aparenta o su uniforme le obliga. El tosco y resentido campesino Benoit Labarie, que roba gallinas a sus señores, se convierte en un luchador antifascista. El vizconde de Montmort (Lambert Wilson), y alcalde de Bussy, colaboracionista del ocupante, demuestra tener una enorme dignidad en su último momento.

Francia 1940. El ejército alemán toma París y las colas de los refugiados que huyen con todo lo que pueden a cuestas colapsan—impactante la secuencia del bombardeo aéreo de la carretera—ese pequeño enclave francés de vida apacible llamado Bussy. Un regimiento alemán se instala en el pueblo—los feligreses reunidos en la iglesia mientras sus muros tiemblan por los tanques que ocupan la plaza es otra de sus buenas secuencias— y sus oficiales se alojan en sus mejores casas. Entre la joven y atractiva Lucille Angellier, que espera el regreso de su marido del frente y vive agobiada en la casa familiar vigilada por su severa suegra Madame Angellier, y el teniente Bruno von Falk, que les toca en suerte alojarlo, surge el chispazo a pesar de ser él el enemigo ocupante y ella su víctima ocupada. La sensibilidad musical traza un puente entre ellos: la Suite francesa que compone el militar—algo del oficial alemán de El pianista de Roman Polanski hay en él— mientras está hospedado a la fuerza entre las cuatro paredes del lujoso castillo. Y el amor, como un estallido irracional que no entiende de bandos, zarandea a ambos hasta el punto de no verlo ella como enemigo o cuestionarse él su rígida disciplina prusiana. Montescos y Capuletos de Romeo y Julieta; Sharks y Jets de West Side Story; el oficial nazi interpretado por Ralph Fiennes enamorado de su sirvienta judía en La lista de Schindler.

Suite francesa pasa levemente por lo insoportable que es para una población sentir el ruido de las botas de los invasores (aunque con Francia la Alemania hitleriana actuara con guante de seda si comparamos lo que hizo en el frente del Este) para centrarse, sobre todo, en personas cuyos sentimientos están por encima de banderas, uniformes e ideologías y ofrece una visión en clave femenina de la resistencia ante el invasor. Hay en la película todo un importante plantel de mujeres decididas, aparte de las citadas, como Madeleine Labarie (Ruth Wilson), o la judía Leah (Alexandra María Lara) que nos hablan del coraje femenino. Y hay también una crítica a la mezquindad del género humano representada en esa montaña de denuncias anónimas de colaboracionistas que reciben los invasores, y que acaba quemando un Bruno von Falk asqueado, con las que se dirimen viejas rencillas.

La historia de Suite francesa parece una cruel paradoja y tiene su origen en Irène Némirowsky, novelista judía ucraniana refugiada en Francia, cuyo manuscrito olvidado fue encontrado por su hija Denise Epstein en un almacén de Auschwitz y fue publicado con enorme éxito en 2004. Quien escribiera esta bellísima e inacabada—la novela debía tener cinco partes y se quedó con dos y el esbozo de la tercera por la muerte a causa de tifus de su autora—historia de amor romántico entre un ocupante y una ocupada, escrita durante la invasión nazi de su país, fue víctima de la iniquidad del ser humano, en el que ingenuamente confiaba, mientras redactaba las páginas de esta Suite francesa, y murió en el templo de todos los horrores: Auschwitz. Así es que es una obra de esperanza escrita por una víctima de la desesperanza.

Saul Dibb, sin obviar ciertos convencionalismos—los amantes frustrados son extraordinariamente bellos y glamurosos—, conduce con acierto esta película intimista en tiempos de guerra retratando un amor romántico que cobra inusitada fuerza en un final redondo. Suite francesa, cuyo diseño de producción es impecable, va creciendo a medida que avanza y adquiere toda su extraordinaria tensión dramática en su último tercio, cuando la armonía entre ocupantes y ocupados se trunca por un incidente estúpido. Hay un buen trabajo actoral—Kristian Scott Thomas secándose esa lágrima que suaviza su rostro hierático cuando abraza a Benoit Labarie que le recuerda a su hijo—y que buena parte de que la película funcione hay que achacarlo a la interpretación impecable de Michelle Williams, y, sobre todo, al de Matthias Schoenaerst que da todo un recital de lo que es su personaje en la escena del tiro de gracia, una de las mejores de Suite francesa, pura gestualidad de quien detesta la violencia y sin embargo ha de aplicarla.

Es una sensación extraordinaria haber resucitado la obra de mi madre. Demuestra que los nazis no lograron realmente acabar con ella. No sirve de venganza, pero no deja de ser una victoria, dijo Denise Epstein, la hija de Irène Némirowsky, a quien va dedicada esta notable producción británica que no pudo ver porque murió antes de que se empezara a rodar.

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