Crítica

The act of killing – Joshua Oppenheimer

posted by Jose Luis Muñoz 4 septiembre, 2013 0 comments

The Act of Killing

No puede ser más explícito el título de este incómodo documental de 115 minutos dirigido por un cineasta judío, hijo de víctimas del Holocausto, codirigido por Christine Cynn y un director indonesio que prefiere mantenerse en el anonimato por miedo a represalias, y producido, en parte, por Werner Herzog, porque de eso va la película, de la reconstrucción pavorosa de asesinatos en masa interpretados por antiguos verdugos que creen estar rodando una película que hará de ellos estrellas famosas.

Hay muchos planos narrativos en esta compleja y original película de denuncia producida por Noruega, Gran Bretaña y Dinamarca en 2012 y que se suma a la eclosión del cine documental que se está viviendo en el mundo. Teóricamente The act of killing es un documental sobre el rodaje de una película de ficción con actores no profesionales que se interpretan a sí mismos ficcionando hechos espantosos del pasado que protagonizaron. Un docudrama que ruedan sin intenciones expiatorias, pero que se vuelve contra ellos, les remueve mínimamente, cuando lo visionan (Anwar Congo, el protagonista del film, vomitando después de verse).

Hay crímenes de la humanidad que han pasado casi desapercibidos, porque lo que no sale en los medios de comunicación sencillamente no existe: el cometido por el general Suharto, tras su golpe de estado militar en Indonesia, uno de ellos. El australiano Peter Weir lo trató tangencialmente en El año que vivimos peligrosamente, la película interpretada por Sigourney Weaver y Mel Gibson. El genocidio ordenado por el dictador indonesio, con el visto bueno norteamericano, de aproximadamente un millón de compatriotas en un solo año se produjo en 1967, en plena guerra fría (lo de fría es un eufemismo a juzgar por las muchas guerras calientes que hubo en ese interregno) con el comunismo. La orden de acabar con el poderoso partido comunista del mayor país islámico del mundo fue ejecutada de forma literal: se borró de la faz de la tierra y se sepultó a todos sus miembros. Los responsables y los ejecutores de esa masacre, grupos paramilitares con licencia para todo, no fueron nunca castigados. Y es esa ausencia de castigo, el que no hayan rendido cuentas  ante la justicia, lo que hace que los verdugos que se interpretan a sí mismos en el film de Oppenheimer y detallan ante cámara las atrocidades que cometieron (torturas, estrangulamientos con alambre, decapitaciones…) no tengan conciencia de la maldad de sus actos y alardeen públicamente de ellos entre bromas y risas. Incluso en programas de televisión pública.

Asiste el espectador horrorizado a ese especie de ridículo sainete tragicómico que organizan los detestables actores a cuenta del horror pasado y que transforman en espantosa película kitsch de colores apastelados. Son los verdugos/actores tipos de una vulgaridad suprema como Anwar Congo, llamado así por sus rasgos africanos; Herman Koto, al que le gusta travestirse y tiene un enorme parecido con Divine, la musa de las películas de John Waters; otro tipo primario que alardea de las mujeres que violó en ese periodo; y un jefe paramilitar, de rasgos blancos, de una milicia espantosamente uniformada, la Pemuda Pancasilla, que arenga a sus huestes subido en un jeep y acompañado por algún ministro del gobierno indonesio.

Esta combinación de realidad y ficción, ese ficcionar la realidad llevada a cabo por los propios actores de la masacre, esos golpes de humor cruel que de cuando en cuando tienen esos burdos actores mientras cuentan a cámara todo lo que hicieron, hace más digerible el rosario de atrocidades, porque impone un cierto distanciamiento con la realidad que escenifican, pero sume al espectador en una situación incómoda ante esta pantomima que le hiela la risa.

El tema fundamental de la película es la banalización del mal y la necesidad de castigar el crimen. Crimen sin castigo, podría ser el leit motiv del documental. Y como no ha habido castigo, no ha habido conciencia de crimen. Oportuna la cita de Voltaire que abre el film: Está prohibido matar. Por tanto todos los asesinatos serán castigados. Salvo aquellos que se practiquen en gran número y con el sonido de las trompetas. Los matones envejecidos y grasientos que dan cuenta de sus canalladas se inspiraron, para cometerlas, en las películas de gánsters que vieron, y aplicaron sobre sus víctimas sus formas de matar. Son tipos primarios, brutos, burdos, feos, detestables, con encefalograma plano, meras piezas de ese horror que se mancharon las manos con la sangre de un millón de víctimas, lo peor de la fauna humana, con caras y expresiones que son el espejo de su alma, si la tienen, pero quizá falten en el film de Oppenheimer los rostros de todos aquellos que desde despachos, no sólo de Indonesia sino también de capitales occidentales, autorizaron u orquestaron la silenciosa matanza sin que ninguna salpicadura de sangre alcanzara sus corbatas. Esos tampoco se arrepintieron ni fueron juzgados.

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