Crítica

The Florida Project – Sean Baker

posted by Marc Muñoz 8 febrero, 2018 0 comments
Realismo escapista

The Florida Project poster

Sean Baker encaja en la definición de cineasta suigéneris dentro del amplio cosmos cinematográfico estadounidense: tras casi veinte años de carrera alistado al cine periférico, angustiado por cómo recaudar fondos para levantar su siguiente proyecto, sale de la oscuridad mediática precisamente con su obra de presupuesto más ínfimo; ese Tangerine con el que llamó la atención por dos cuestiones ajenas a lo puramente cinematográfico:  el uso de dos iPhones para llevar a cabo el rodaje y  la presencia de dos actrices transgénero como protagonistas. Su cuento (anti)navideño de modesto y genuino embalaje le repercute tantas odas y páginas que curiosamente le abre las puertas a esa financiación que como cineasta en los márgenes siempre le ha faltado. Y ahí saltamos a la siguiente estación, una que responde al nombre The Florida Project.

De entrada lo más luminoso de su nueva película es que pese a la intervención de A24 (la productora que tiene la varita mágica para acercar la producción indie a los Oscar), y de contar con su primera estrella de cine, un inconmensurable Willem Dafoe a las vísperas del Oscar, Baker no cede a las tentaciones y se mantiene como un cineasta comprometido, con una paleta muy colorista ya utilizada en su anterior esfuerzo y reacio a adoptar los mecanismos y discursos de la industria.  Falta por ver si se mantendrá tan sagaz y blindado en un siguiente proyecto que ya se intuye dentro del engranaje hollywoodiense, o quizá, quién sabe, terminé renegando de ese paso.

Por el momento procede celebrar su último acercamiento a los vertederos del sueño americano. Una preocupación por los desheredados de la sociedad estadounidense que ha arrastrado por el grueso de su carrera y que vuelve a poner en valor con su nuevo largometraje.  The Florida Project se levanta como la fantasía rota de una niña de seis años viviendo bajo el cuidado desatendido de una madre desempleada incapaz de salir adelante y que ha convertido  la habitación de un motel de carretera de Florida, en las inmediaciones de Disneyworld,  en la última barrera que evite la calle. Ese edificio, elegido como el escenario soñado para ubicar el relato (una buena cena le caería al localizador),  simboliza el mecanismo con el que funciona este artefacto capaz de transmitir un amplio abanico de emociones: un exterior colorista y alegre que esconde un interior que se destapa mugriento y descorazonador cuando la cámara lo explora. Esa es la principal, y acertadísima, apuesta estilística del cineasta para acercarse al realismo amargo en el que transitan unos personajes que comparten vestuarios, angustias y quehaceres con los personajes de la notable American Honey de Andrea Arnold más que de la caricaturización demencial propuesta por Harmony Korine en su Spring Breakers. Situándose en las antípodas de la asfixiante y demoledora paleta gris del cine social inglés y del cine social en general, Baker decide dotar de vida y color (tonos pastel)  su criatura, y su principal cable es narrar la dura realidad de madre e hija a través de la mirada inocente de la pequeña. Una inocencia con la que Baker esquiva mostrar en plano los episodios más turbios y morbosos  (esas escenas de la niña en la bañera mientras la madre anda en otros asuntos), pero a su vez, deja suficientes orificios y puertas abiertas como para que el espectador complete el hiriente significado de todo lo que sucede fuera de campo, o entre  líneas de cada diálogo. Brillante decisión con la que eleva todo el conjunto  y a la que corresponde también con un envoltorio que procura alimentar este mundo irreal, fantasioso, salido de un decorado Disney, en el que una niña de seis años y sus juegos con otros niños resultan no solo incapaces para descifrar el lado desolador que conlleva estar atado a esa realidad, sino oxigeno para poder sobrevivir entre sus dramas. Un realismo social que sin desechar sus penas, consigue acomodarlas, hacerlas más digeribles para el espectador, mediante la ternura y el humor de esa mirada de inocencia ininterrumpida… hasta ese clímax final que escuece en la retina como una de las imágenes más crudas y bellas que dejará la temporada.

Y precisamente por esa lustrosa escena, enfría y decepciona que Baker lapide ese llanto demoledor con un epílogo de las dos niñas amigas adentrándose en el territorio de la obviedad que, con mucho detalle y preocupación, intenta evitar en todo el metraje. La acertada composición, la paleta estilística, las localizaciones (esa arquitectura que emula la fantasía de los parques temáticos) y las evidentes asimetrías de una realidad amarga que se puede esconder en los sitios más insospechados, los tocados por una climatología dorada, e incluso los que se encuentran en las inmediaciones de uno de los epicentro mundiales del ocio familiar , pierde fuelle y mucho efecto cuando recurre precisamente a ese plano explícito que el espectador ya se había dibujado previamente con las pertinentes asociaciones que Baker traza anteriormente con ingenio. Es además una secuencia, la última, que rompe  con el tono y la forma del resto del filme. Pequeña tara a la que hay que sumar ese entusiasmo del director por sus personajes y el incalculable hallazgo de dos actrices como Bria Vinaite y Brooklynn Prince (especialmente la carismática niña), así como ese universo  en que habitan, que provocan que, por momentos, descuide el ritmo.

Detalles de poca importancia ante la gran virtud de esta obra, que no es otra que reimaginar el cine social, abrir sus ventanas para insuflarle aire fresco, una corriente refrescante donde el fondo y la forma no tengan que recrudecer la injusticia y la amargura al unísono, o recrearse en la mugre. En la que la moralina y el panfletismo no tengan habitación reservada.  Y donde la ternura o la diversión no estén reñidas con la tristeza y la pena. Porque The Florida Project es todo eso, es una celebración vitalista de los instantes agridulces de la vida cuando todo está encaminado para que prevalezcan los de signo amargo.  Es en definitiva un delicado y sentido cuento  sobre los sueños rotos esparcidos sobre cunetas y habitaciones de moteles de esa América profunda y olvidada a la que se puede retratar con respeto y cierto cariño. Bajo un nuevo enfoque luminoso.

marco 75

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