Crítica

The Master – Paul Thomas Anderson

posted by Jose Luis Muñoz 2 Enero, 2013 8 Comments

The Master

Es Paul Thomas Anderson un realizador en imparable progresión ascendente y, sin duda, uno de los más brillantes de su generación. Si impactó en Boogie nights, esa crónica ácida del estallido del porno en EE.UU; fascinó en Magnolia, un Vidas cruzadas emotivo, doloroso y vital; y conturbó en Pozos de ambición con  ese retrato del modelo americano (solitario, luchador, insolidario, obsesionado por el triunfo) que tan bien encarnaba el personaje petrolero interpretado por Daniel Day-Lewis, en The master, premiada en Venecia en el apartado de dirección e interpretación, roza la maestría absoluta.

En 1960 Richard Brooks filmaba El fuego y la palabra, protagonizada por Burt Lancaster, sobre uno de esos embaucadores profesionales que se sirven de la religiosidad del pueblo norteamericano para conseguir sus fines, casi siempre crematísticos. Cincuenta y dos años después poco ha cambiado el país en ese aspecto y Paul Thomas Anderson da un nuevo salto hacia adelante y consigue que The master, una película sobre los inicios de una de las sectas más poderosas de EE.UU, la Cienciología (aunque en ningún momento se explicita en el film para esquivar posibles demandas), sea su film más redondo e inspirado hasta el momento.

The master pivota sobre la relación adictiva entre dos personajes contrapuestos que se complementan y necesitan: El maestro de la secta La Causa, el embaucador y seductor Lancaster Dodd (Phillip Seymour Hoffman), y Freddie Quell (Joaquim Phoenix), un perdedor nato, un tipo con un oscuro pasado que trata de ocultar (un acto de violencia durante su servicio militar; un trauma infantil por la relación sexual con un familiar cercano: ¿tía o madre?) y vida retorcida (sexoadicto y alcohólico compulsivo de los que beben elixires bucales), que encuentra en La Causa una familia y ve en su pastor al padre que necesita para que le marque la vida futura y le redima de su pasado.

Dibuja Paul Thomas Anderson esta particular relación entre esos dos seres con secuencias de una intensidad apabullante y belleza turbadora. Describe de forma certera el mecanismo sectario basado en  la infalibilidad de su maestro, su poder de la manipulación y la fe ciega de sus acólitos. Logra el director de Magnolia trasladar al espectador la locura de esos dos personajes centrales, que copan los fotogramas de la película, con la intensidad de sus interpretaciones magistrales. Porque The master, siendo una narración cinematográfica muy potente, acaba siendo  un festival de actuaciones memorables. Que Phillip Seymour Hoffman deslumbre en su papel empieza a ser algo habitual en la carrera de este actor obeso y rubicundo que cada vez se parece más a Orson Welles y copia algunos de sus tics. Pero la sorpresa se la lleva el espectador con Joaquin Phoenix y la rigurosa composición, tan obsesiva como el propio personaje que interpreta, que hace de  Freddie Quell desde el minuto uno de The master, en esa escena filmada en alguna playa del Pacífico, al final de la segunda guerra mundial (la radio del barco la anuncia) y esa mirada bajo el casco con el cigarrillo encendido, o follándose a esa figura femenina de arena ante las risotadas de sus compañeros de armas. Phoenix, sencillamente extraordinario y camaleónico, no se limita a interpretar con el rostro sino que lo hace con todo el cuerpo con su característica forma de andar (ese hombro desnivelado que provoca que todos los trajes que se ponga le caigan mal y parezcan impostados), o esa mirada enloquecida que denota una violencia contenida que puede estallar en cualquier momento. Freddie Quell es la quintaesencia del dolor, la soledad y el desarraigo, tan típicamente americanos y que Joaquin Phoenix consigue somatizar en cada gesto de su atormentado rostro y cada paso de un cuerpo que deforma para la función.

Paul Thomas Anderson nos regala, de nuevo, intensidad emocional a raudales frente a tanta frivolidad imperante en la cinematografía de su país, traslada en imágenes un guión que él mismo ha escrito con rigor y dirige a un elenco de buenos actores (además de la pareja protagonista encontramos a una estupenda Amy Adams como Peggy Dott, o Laura Dern como Helen). Dos secuencias, Lancaster Dodd y Freddie Quell enfrentados en un largo diálogo psicoanalítico a base de planos y contraplanos, o la tremenda violencia que irradia este último cuando es encerrado en un calabozo y lo destroza todo a patadas, incluido su propio pantalón, a pesar de ir esposado, son de lo más intenso que uno recuerda haber visto en una pantalla en los últimos años.

Paul Thomas Anderson se supera a sí mismo en esta radiografía del dolor y la locura y mete el dedo en la llaga de una de las muchas lacras que laceran la sociedad de su país: las sectas y su poder destructor, tan americanas como la NRA, la Coca-Cola o el Playboy.

8,5

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8 Comments

Marc Muñoz 2 Enero, 2013 at 11:09

100% de acuerdo con esta crítica. Paul Thomas Anderson, a pasos agigantados, se ha convertido en uno de los mejores directores de su generación y del cine contemporáneo. La forma elegante, precisa y majestuosa con la que firma aquí resultan dignas del mejor de los elogios. Él debería ser considerado el último exponente del cine clásico norteamericano y no el irregular Clint Eastwood. Anderson consigue que todo encaje en este enfrentamiento de titanes, que, si los Oscar fueran justos, debieran premiar a Phoenix con el premio a mejor actor, y a Seymour Hoffman y Amy Adams como secundarios, por no hablar de la fotografía. Por momentos me recordó a dramas clásicos como Los mejores años de nuestras vidas o ¿Quien teme a Virgina Woolf? por lo autodestructivo de su relación. Es sin duda, una de las mejores noticias cinematográficas para empezar el nuevo año

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Alberto Varet Pascual 2 Enero, 2013 at 13:51

Phoenix es el mejor actor cinematográfico del mundo. Lo que hace con la cara en esta peli no se lo he visto a nadie más.
El film es muy complejo e interesante pero creo que divaga demasiado. Hay muchas escenas que, pienso, no llevan a ningún lado. Que podrían ser quitadas.
A mí me costó en varias ocasiones entrar en la peli. Hacía todo lo posible por conectar y no podía. Creo que el gran público se va a aburrir porque, además de densa, es un film en el que, más allá de la estupenda creación de formas, Anderson no puede abrazar el misterio en sus imágenes. De hecho, cuando encuentra ese misterio, la peli se dispara de repente, lo que me parece significativo.
No obstante, me gustaría verla otra vez porque puede que me pillara en un mal día pero me dio la sensación de que Anderson es muy fiel a su forma (magistral) de filmar pero una peli con tanto camino cortado y tanta divagación narrativa le exigía otro tipo de ejercicio. Algo como lo que hace Rebollo en su cine donde narración, divagación, contemplación… forman parte, del mismo modo, de la experiencia cinematográfica.
Pienso que, en ese sentido, la peli es incoherente, y que tiene escenas que, realmente, no llevan a ningún lado.
Compleja y fascinante, un gran estudio de personajes pero, también, da la sensación de que Anderson, como el último Nolan (por cierto, ayer vi ‘El Caballero Oscuro’ por tercera vez y, viéndole sus defectos, me gustó bastante) o el último Haneke (éste con resultados catastróficos en su admirada ‘Amour’) en ocasiones se termina convirtiendo en una especie de simulacro de sí mismo y de su cine. Simulacro, eso sí, de gran cine.
Aunque, ya digo, quiero darle otra oportunidad porque pensando así me siento un poco estúpido (todo el mundo piensa que es magistral…).
Y, una cosa más, Eastwood no es el último clásico sino el único autor que hace que no echemos de menos a los clásicos. No hay nadie que haga un cine en el que reverbere el clasicismo de la manera en la que lo hace en las pelis de Eastwood.

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Marc Muñoz 2 Enero, 2013 at 21:28

Alberto creo que nos hemos intercambiado los papeles, por lo que describes es un poco la sensación que me dejó Holy Motors…

Coincido contigo que hay momentos que el filme divaga en exceso para terminar aflorando las mismas ideas, algo que a mí no me importó porque seguía hipnotizado con lo magistral de su forma. Pero sí que es verdad, que en algunos tramos, por ejemplo, cuando el personaje de Phoenix practica esos ejercicios de autocontrol pegándose contra la pared, se les podía haber pasado algo de tijera. Y en ese sentido absolutamente sí… buena parte de los espectadores se van a aburrir.

Sobre la titánica interpretación de Phoenix más lo que hace con la cara, me sorprendió lo físico, pocas veces se ha visto a alguien capaz de transmitir tanto con elementos corporales, expresar ese dolor interno con gestos, andares, movimientos y retorciéndose en sí mismo. Y sí…The Master es densa, compleja, ambiciosa, críptica, pero si hay algún director actual que parece tener claro en todo el momento lo que cuenta y cómo lograrlo de la manera más adecuada ese es PT Anderson. Al menos transmite la sensación, especialmente en el primer acto, de tener bajo estricto control todos los elementos de su fascinante puesta en escena, hasta el menor de los detalles parece puesto ahí por alguna razón, como si no hubiera nada en plano o fuera de él que escape de su control creativo, elaborando con ello una coherencia entre contenido y continente asombrosa.

Y sobre Eastwood supongo que estaremos de acuerdo que varias de sus películas son menores, no solo dentro de su filmografía sino en un contexto global. No es comparable Invictus o Gran Torino con Sin Perdón o Bird por mucho respeto y gloria que se le guarde. Con la comparación solo quería reivindicar la que creo, hasta la fecha (sin ser nada fan de Punch Drunk Love), es una carrera (la de PT Anderson), con un estilo formal adscrito al clasicismo, más consistente y regular que la del veterano Eastwood

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Alberto Varet Pascual 3 Enero, 2013 at 12:01

Um… me gusta lo que dices aunque siempre haya cosas ahí discutibles. Yo creo que The Master remite claramente a unas formas narrativas clásicas pero es moderna por dentro aunque no creo que abrace un espíritu clásico (por decirlo de algún modo) como lo hace Eastwood al que siempre, hasta en sus peores filmes, voy a defender.
Evidentemente las tiene mejores y peores pero a mí me han interesado todas. Y no pienso que Gran Torino sea menor aunque sí más descuidada que otras. Yo aprecio a un gran cineasta ahí, aunque va para gustos.
Por otro lado, Punch Drunk Love me gustó mucho. A mí Anderson me fascina pero, como tú dices, sus pelis, sobre todo esta última, es demasiado hermética. Creo que se está poniendo el candado a sí mismo. Y, en ese sentido, pienso que Holy Motors es una película que en su heterogeneidad encuentra su razón de ser. Aquí no lo tengo tan claro aunque, como digo, quiero darle otra oportunidad.

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Marc Muñoz 3 Enero, 2013 at 20:59

Precisamente creo que das en la clave del cine de PTA, y principal motivo por el que me siento fuertemente atraído hacía el mismo: carcasa clásica para cubrir un interior que se desvela contemporáneo, atrevido y ambicioso.

Y yo también le voy a dar un segundo visionado…y si puedo lo hago mañana a la primera sesión, porque tengo la sensación de que es una película que va ganando con los detalles y el paso del tiempo. De hecho leí por alguna parte que Anderson sufría “Kubrickitis”, también conocido como incomprensión en su tiempo presente para luego ser alabado en el futuro. Veremos…

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José Luis Muñoz 4 Enero, 2013 at 12:15

La narrativa cinematográfica de Paul Thomas Anderson se mueve dentro del clasicismo, ciertamente. Lo que me gusta de The master es la potencia de muchas de sus imágenes y sus interpretaciones dolorosas. El espectador sufre con sus personajes, especialmente con Phoenix, porque PTA consigue meternos en su retorcido cerebro. Todas y cada una de sus secuencias están pensadas al milímetro. Phoenix caminando por el muelle y saltando como polizón a ese barco en donde The master imparte sus teorías: el azar cruza el camino de esos dos seres. Phoenix preparando esos cócteles tan personales en la bodega del barco. La última conversación que tienen. Es una película tan rica en matices que requiere más de una visión, como todas las grandes obras del cine. Sólo espero que la industria no acabe con él como hizo con Cimino. En cuanto a Holly Motors me fascinó en alguno de sus tramos, me hastió en otros. Es una película irregular.

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Alberto Varet Pascual 5 Enero, 2013 at 11:31

Yo no creo que Holy Motors sea irregular. Es heterogénea porque ésa es su naturaleza pero no me parece ni irregular ni incoherente. En este sentido os aconsejo que busquéis en Google ‘Hail to Holy Motors’, una retahíla interesantísima de textos de grandes críticos. Es un film esencial. De los 5 mejores de los últimos 15 años.
En cuanto a PTA, yo creo que hace una realización demasiado encorsetada para un film que demanda otra cosa, aunque quiero darle otra oportunidad.
Kubrick también era de encorsetar pero, por ejemplo, Eyes Wide Shut (machacada o infravalorada por muchos) es una peli muy sugestiva que es capaz, desde dentro, de liberarse de ese encarcelamiento porque no sabes si es un sueño o no, por el uso del color… en The Master no veo esa capacidad para volar más allá de la carcasa excepto en diversas ocasiones.

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José Luis Muñoz 5 Enero, 2013 at 20:27

Sí, ya sé que “Holy Motors” ha sido muy bien valorada por la crítica. De lo que no hay duda es de que es un film rupturista, como también lo era “Fausto” de Alexander Sokurov con el que comparte una fascinación hacia lo grotesco. Para mí “Holy Motors” es una serie de cortos ensamblados con mejor o peor fortuna con un hilo conductor actoral que habla de los muchos que somos. Carax hace de la hipérbole una de sus señas de identidad. Ahí estaba también en “Los amantes del Pont Neuf”. Esa desmesura puede cargar. A mí me cargó en las dos películas.
“The Master” me parece un film redondo en todos sus tramos, aunque transpire clasicismo, o quizá por eso. Hasta las divagaciones son fascinantes porque está el poder hipnótico de Joaquin Phoenix que nos tiene atados a la butaca con sus gestos o su mirada. Por no hablar de una fotografía extraordinaria y una banda sonora ejemplar.
Totalmente de acuerdo con “Eyes Wide Shut”, uno de los filmes más fascinantes de Kubrick, elegante, inquietante y envolvente. Y muy fiel al extraordinario texto original de Arthur Schnitzler. Kubrick, como Ford, Welles o Wilder, está en el Olimpo.

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