Crítica

Verano 1993 – Carla Simón

posted by Alberto Varet Pascual 19 junio, 2017 0 comments
El otro cinéma de qualité

Verano 1993

El abaratamiento de la tecnología cinematográfica ha permitido que un cine de una calidad estética antes al alcance únicamente de la gran industria esté a tiro de cualquiera. A ello hay que sumarle la democratización de estas mismas estéticas digitales en la era Youtube. El resultado nos debe llevar a un análisis crítico que se cuestione el nacimiento de lo que podríamos denominar ‘un nuevo cinéma de qualité‘.  

Si bien es cierto que este término sigue empleándose para designar a todos esos productos que felices cumplen su supuesto contrato con el guión de turno, no lo es menos que, a estas alturas del partido, se podría usar igualmente sobre aquellos filmes de naturaleza inequívocamente contemporánea que, abrazados a ésta, eluden la vocación por el riesgo y la ruptura que se les presupone.

A estas nuevas (en realidad, no tanto) realizaciones, aquí, en España, se les colgó hace años la etiqueta, de todo punto insoportable (al menos para el que esto escribe), de ‘el otro cine español’. Como si la marca ya supusiera su inclusión en un cierto cine (sí) de qualité, los autores parecen conformarse con dar cuerpo con cierto vigor a unas historias mínimas montadas por acumulación y sin un relato sólido que las vertebre. El concepto, viejo desde los 50, condena a las películas al geriátrico audiovisual desde su nacimiento.  

Ojalá que este largo excursus no espante al lector, ni sirva para una supuesta denigración del buen debut de Carla Simón. Porque si bien el film adolece de algunos de los citados males, injusto sería obviar sus incuestionables virtudes, entre las que destaca un firme pulso narrativo, una sensibilidad nada impostada, una naturalidad fuera de duda y unas interpretaciones, muy especialmente las de las niñas pequeñas, históricas.

El problema, al menos para este crítico, es que todo aquello sirve casi únicamente para llevar bien dirigidas las andanzas de la sufrida protagonista. Hay demasiada conciencia narrativa, tanto en la distancia larga (a pesar de tener un metraje nacido sobre tranches de vie, no existe la emoción imperfecta de Boyhood o esa ilusión surgida en cualquier film de Tsai Ming-Liang de que cada escena podría extenderse hasta el fin de los días), como en la corta (las acciones de la cría siempre implican algo desde el punto de vista narrativo, de modo que si la directora filma, por ejemplo, un juego de niños, lo hará para dar información acerca del personaje y la trama, no por una cuestión de fe en el cine cual herramienta capaz de atrapar, sin ninguna otra obligación argumental, el placer, el amor y la belleza de un gesto naíf, a la manera del Malick de El Árbol de la Vida). Lo mismo se podría decir de alguna secuencia nocturna, donde el misterio que hubiera encontrado Apichatpong Weerasethakul se queda en el guion sin poder trascender la pantalla. O ciertos tour de force, como ese plano secuencia final, que parece un Ulrich Seidl luminoso, sí, pero también previsible.

Acaso lo más interesante sea leer este Verano 1993 como un particular reverso, enfermizo y algo oscuro, de la prodigiosa Yuki y Nina, de Nobuhiro Suwa. Pero, otra vez, la película española no resiste la comparación. Ni a nivel de lenguaje, donde los ‘enganches’ entre acciones eran invisibles en el trabajo del japonés; ni emocional, porque, quizás, Suwa nunca tuvo la intención de hablar de su vida, lo que le llevaba a vertebrar una sabia distancia entre objeto y objetivo; ni en lo tocante a la creación de espacios, con aquella salida al bosque desde un ámbito familiar destruido que nos colocaba, en la obra del autor de M/Other, en un territorio jamás pisado anteriormente por el cine.

Con todo, es ahí, en esa relación entre la infancia y la libertad animal en tensión con la necesidad de un ámbito familiar para crecer en el amor y el afecto, donde Verano 1993 entrega lo mejor de sí misma. Allí parece latir el poderoso discurso de un ejercicio condenado, en gran parte, por un dispositivo que a estas alturas ya huele.

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