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Entrevista a Andrew Haigh (Lean on Pete)

posted by Alberto Varet Pascual 18 mayo, 2018 0 comments

Andrew Haigh

El director británico presenta Lean on Pete, una extraño western adolescente atravesado por el dolor silente tan propio de su cine

Su estilo es pausado. Apagado. Pero ahí, justo cuando el espectador anda más distraído en su universo de quietud, se suceden los elaborados tour de force de un cineasta inglés permeable al cambio de ambientes y formato. No en vano, Andrew Haigh ha rulado del cortometraje al largometraje pasando por la televisión; del drama íntimo juvenil al de madurez; de las calles británicas a las yanquis; del retrato de una clase media alta al de otras más desfavorecidas. Porque es de esos creadores capaces de llevarse cualquier material a su terreno en unos filmes que él define como ‘la búsqueda de una humanidad’. Razón por la que ‘no importa el tipo de película, pues se trata en verdad de encontrar detalles y que estos sean auténticos’.

El reto en Lean on Pete para este autor adherido a la temática gay y alérgico al cine de hombres duros no era pequeño al adentrarse en un western, género que, según confiesa, ‘no es de su interés’. ‘El macho es un arquetipo que no me gusta’, comenta entre risas. ‘Tampoco en general el típico chico americano, normalmente corpulento. Me apetece más retratar personajes que no encajen en un ambiente concreto. Yo veo a Charlie (el protagonista) como un chaval muy sensible, en absoluto el adolescente habitual. Es alguien que busca a quien le acepte y le quiera, quizás porque nunca tuvo una madre. Busca una conexión femenina en un ambiente masculino donde las mujeres tampoco encajan fácilmente. Eso me llamaba mucho la atención’, señala.

Esta forma de trabajar con los elementos de la puesta en escena es matizada a través de una realización donde priman los pequeños movimientos de cámara, los planos sostenidos y un elaborado sonido diegético que hacen de Lean on Pete una rareza alejada felizmente de la mirada de turista. Centrada en la figura de un sacrificado Charlie Plummer, el film vertebra un extraño encuentro con ‘el miedo en vez de con la libertad, que es lo propio del género’, en palabras de un director que no escatima elogios hacia su actor principal: ‘Fue un viaje muy intenso para Charlie, que tuvo que hacerlo todo. Al final del rodaje (que fue lineal, algo durísimo) el estaba muerto y se derrumbó literalmente. Lloraba. Habían sido ocho semanas de trabajo cada día. Él nunca se quejó, aunque creo que estaba muy contento el día que dije que se había acabado’, asegura con una sonrisa.

Ciertamente, pocas miradas en el cine contemporáneo contienen el misterio de la de este joven norteamericano. ‘Su cara y su cuerpo son fascinantes’, relata Haigh en este sentido. ‘Por sus ojos pasan tantas cosas… Y son cosas sutiles. Es bastante alto, pero no es grande. Es andrógino. Un personaje alejadísimo del estereotipo yanqui. A medio camino entre el niño y el hombre. Como en la edad perfecta para interpretar el papel’, afirma emocionado.

Un papel que surgió de otro, el escrito por Willy Vlautin, quien brindó una creación perfecta para el cine triste del británico. ‘Me interesa la soledad. La he sentido, la he vivido. Y me interesan las diferentes versiones de la soledad. Ya sea física, en un desierto o en una relación. Cuando leí el libro me dije: ‘Quiero ayudar a este muchacho’. Porque es una tragedia que recae en un buen chico que quiere simplemente sentirse bien y saber quién es. Eso es lo que más me atrajo’.

Resulta emotivo que alguien tan afable lleve dentro todo un torrente de tristeza. Acaso de ahí surjan las sensaciones de una obra alejada de sentimentalismos, de digestión lenta y dramaturgia verdadera cuyos latidos se escuchan en el silencio. Porque en ella el dolor ‘vive impreso, dentro del espectador’. Nuestros cuerpos, entonces, como el espacio perfecto para que ‘estallen unas emociones en lo que no resulta tanto un alivio como un asunto conmovedor y preocupante’. Pues ése y no otro era el objetivo del director: el de hacer una película ‘que reposara en nuestro interior, que nos la lleváramos al salir de la sala’. Nosotros damos fe de que aquel que entre en el juego de este peculiarísmo western necesitará varios días para recuperarse.  

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