Festivales

62 Festival de San Sebastián: Crónica VIII (Viernes 26 de septiembre)

posted by Jose Luis Muñoz 27 Septiembre, 2014 0 comments
Pablo Escobar, una vida salvaje francesa, una vida insufrible chilena y cine de animación nipón

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A punto de bajar el telón de este festival una nueva película eleva el nivel medio del certamen y lo sitúa de nuevo alto: Escobar: paraíso perdido, una coproducción entre Francia, España y Bélgica dirigida por Andrea Di Stefano (Roma, 1972). Cuando dos canadienses aficionados al surf descubren una playa virgen de Colombia creen descubrir su paraíso particular; cuando uno de ellos, Nick (Josh Hutcherson), se enamora de la sobrina (Claudia Traisac) de Pablo Escobar, empieza el infierno. No es Escobar el protagonista de la película, eso hay que dejarlo muy claro y es algo que no han comprendido muchos de los espectadores que asistieron al pase y la silbaron al finalizar, sino ese canadiense Nick  que se mete en la guarida del lobo y entra en un lugar del que no se puede salir. Andrea Di Stefano no profundiza en la personalidad de uno de los criminales más mitificados del mundo, y de los más desalmados y crueles, al que Benicio del Toro presta su impresionante presencia, y muestra, una vez más, el dualismo de esos grandes criminales mafiosos que actúan como verdaderos señores feudales: encantador con los suyos, benefactor de los pobres a los que dicen proteger; despiadado con cualquiera que le suponga el más mínimo problema. Quizá le falte a la película hablar del trasfondo político del personaje, el entramado de corruptelas y sobornos que lo convirtieron en uno de los hombres más influyentes de su país, pero eso sería otra película, un biopic sobre Pablo Escobar que esta película no es. Para quien quiera saber algo que no conozca de ese criminal que compró el coche en el que acribillaron a Bonnie y Clyde y tenía un zoológico privado en su hacienda, la película no le sirve, pero es buen ejemplo de cine negro de altísimo voltaje con más de una secuencia magistral: cuando Nick, el novio de la sobrina de Pablo Escobar, debe cumplir un encargo muy especial en Huitango, esconder un cargamento de diamantes en una mina, y todo se le viene encima; o cuando un entrañable Pablo Escobar habla con Nick, Nico como familiarmente lo llama, por una línea privada y hace una analogía entre su vida y el final de El libro de la selva que está leyendo el narco a sus hijos en esos momentos: Cuando Mowgli decide volver con los hombres deja a todos sus amigos de la selva, una forma gráfica de decirle que ya no lo protege y es, por tanto, un objetivo más. Y de nuevo un secundario de lujo, Carlos Bardem, un tipo que ya me da tanto miedo cuando sale en pantalla como Joe Pesci, en el papel de sanguinario sicario a las órdenes de su patrón, limpiándose, en una de las secuencias, la sangre del brazo después de una de sus faenas. Pablo Escobar, el hombre que se creyó Dios en Colombia, que actuó por encima del bien y del mal, que rezaba todos los días con su madre por teléfono, causante directo de cientos, quizá miles, de muertes atroces, vivió como murió.

Benicio del Toro está en el festival porque además de promocionar la película sobre el narco colombiano recibirá uno de los premios Donosti del festival; Josh Hutcherson, que es el protagonista de Escobar: paraíso perdido, también, junto a Carlos Bardem. Un colega de la prensa ha coincidido con el actor portorriqueño y el norteamericano en los urinarios y se ha hecho un selfie con ellos, espero que con la bragueta cerrada. Ricardo Darín, que tantas pasiones desata entre las mujeres, casi como Marilyn Monroe entre los hombres de mi generación, también anda suelto por el festival; lo vi anoche tomando una copa en un local de moda de Donostia en buena compañía mientras yo regresaba a mi hotel pedaleando en mi gigantesca bicicleta de alquiler.

Vida salvaje

El nivel del cine francés en el certamen, salvo la decepcionante película de François Ozon, es alto y prueba de ello es Vida salvaje, film sobre conflictos familiares y la posibilidad de vivir al margen de la sociedad y en contacto permanente con la naturaleza. La película de Cédric Kahn aborda el espinoso asunto de la custodia de los hijos cuando la pareja se rompe. Celine (Celline Salette) se cansa de los años de vida nómada y al margen del sistema al lado de Philippe Fournier (Mathieu Kassovitz), y se lleva a sus tres hijos; el padre se rebela contra unas leyes que, en esos casos, siempre fallan a favor de la madre y huye con dos de sus hijos que vivirán con él durante diez años a salto de mata, a veces durmiendo al raso, otras en antiguas casas perdidas en la montaña que rehabilitan o en comunas hippies. Basada en hechos reales, Cédric Khan reconstruye ese emotiva odisea de ese padre utópico que cree posible vivir fuera del sistema y se rebela contra unas decisiones judiciales que considera injustas, y unos hijos que cierran filas en torno a él y arrostran una vida nada cómoda en contacto directo, eso sí, con la naturaleza, la vida salvaje a la que alude el título del film. La película está muy bien interpretada y sus 106 minutos pasan ante el espectador a la velocidad de un soplo. Más que correcta.

San Sebastián es una ciudad copada por los chicos de la prensa todos estos días. Y por los que no son tan chicos. Ninguno espera a que finalicen los títulos de crédito en las salas de cine. Se van a la carrera en cuanto una salva de aplausos suele saludar el nombre del director para llegar a la próxima proyección. La zona comprendida entre el teatro Victoria Eugenia, la desembocadura del Urumea y el Kursaal es un ir y venir enloquecido de hombres y mujeres que corren con sus acreditaciones colgadas del cuello. Ante el hotel María Cristina siempre hay un grupo de fans de las estrellas, atentos a quien sube o desciende de los coches, a asaltarlos, cuando lo permiten los guardaespaldas, a pedirles a Antonio Banderas, Pedro Almodóvar, Ricardo Darín, Benicio del Toro o Denzel Washington que estampen su autógrafo en una hoja blanca, o intentar hacerse un selfie con ellos.

La madre del cordero

La madre del cordero de Rosario Espinosa y Roberto Farias, que opta al premio Nuevos Directores, es una película chilena pero parece nórdica. Una mujer que cumple 50 años, Cristina (María Olga Mate) vive su vida abocada al cuidado exclusivo de su madre Carmen (Shenda Román). Una antigua amiga lesbiana (Patricia Velasco) intenta convencerla de que enderece su vida al margen de su madre. El dilema sobre qué debe hacer con su vida el personaje de Cristina centra esta película chilena especialmente morosa, tan poco atractiva como las grises existencias de sus personajes cuyos hobbies son los bailes de salón, las máquinas tragaperras y las carreras de galgos.

Nadie, o casi nadie, toma una taza de café o té por el asa, ni en el cine ni en la vida real. Parecemos reacios a meter los dedos allí donde el sentido común y la configuración del objeto nos invita a hacerlo. ¿Signo de rebeldía? Ningún actor o actriz lo ha hecho en las casi cincuenta películas visionadas a lo largo de todos estos días.

Este mediodía cometo un sacrilegio: como una pizza en Donostia. Busco rapidez, simplemente, pues no dispongo de más de 45 minutos hasta la próxima proyección en el cine Principal, en el casco viejo, que es el que más frecuento. Mientras engullo a desgana esa pizza y bebo una cerveza, conecto el ordenador al wifi del restaurante. Mientras se enciende el ordenador caigo en la cuenta de que no hay gaviotas en San Sebastián; no las he visto ni oído todos estos días. ¿Una ciudad marina sin gaviotas? En cambio Vic, una ciudad del interior de Cataluña, está atestada de ellas. Las gaviotas han mutado a ratas aladas de los vertederos.

También hay películas de animación japonesas. El cuento de la princesa Kaguya se exhibe en la sección Perlas. La película de Isao Takahata desborda ampliamente el metraje de este tipo de films: más de dos horas. La historia es bonita, pero sobra una hora o más, la que me paso durmiendo. El ritmo es demasiado pausado. La técnica de animación nipona nunca me ha convencido. Curioso que occidentalicen los rasgos de muchos personajes hasta el punto de dibujarlos sin los ojos rasgados. Siempre que veo dibujos made in Japan me recuerdan a Heidi o Marco. No sé a qué tipo de público puede ir dirigido el cuento de Isao Takahata. El adulto se hastía de su candidez y su escaso sentido del humor que siempre está presente, por contra, en los productos Disney o Pixar. El niño se aburrirá de inmediato ante una historia que progresa con tantísima lentitud. En cuanto al trazo naif del dibujo y el color, típico de la acuarela y expresamente inacabado, tampoco me convencen. A mí que me traigan Los tres caballeros y Fantasía.

Hoy, ante las puertas del Kursaal, un grupo de damas y caballeros reclamaban el acercamiento de los presos vascos a casa. Damas y caballeros que deberían tener mi edad. Y un grupo de damas, de clase media, diez años mayores que yo, que estaban en la cola, charlaban entre ellas y comprendían la reivindicación de los de la pancarta. Son, decían, sus presos, sus chicos, aunque muchos de ellos tengan las manos tan manchadas de sangre como los sicarios de Escobar que quizá les hayan aterrorizado si han visto la película de Andrea Di Stefano.

San Sebastián es una hermosa ciudad. Por fin la he visitado en un estado de normalidad, sin miradas de desconfianza u odio por las calles, sin gente que se gira con disimulo por si la siguen, o sin ese silencio de estado de excepción impuesto por los matones. Para ellos estoy en el lado equivocado. Para mí siempre lo estuvieron los que negaron uno de los derechos más fundamentales del hombre: la vida.

Los miembros del jurado, a estas horas, ya deben de estar deliberando los premios. Ardua tarea. Fernando Bovaira, Vlad Ivanov, Eric Khoo, Nastassja Kinski, a quien sigo sin ver, Mariana Rondón, Marjane Satrapi, Reinhold Vorschneider, al que he visto en algunas proyecciones, decidirán en la sección oficial. Seguramente la Concha de Oro irá a parar a El silencio del corazón, de Bille August, aunque mis preferencias personales sigan yendo por La isla mínima de Alberto Rodríguez o La entrega de Michael R. Roskan.

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