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Crónica D’A 2017

posted by Mireia Iniesta 15 Mayo, 2017 0 comments
De la muerte a la muerte

Dentro del reducido número de películas que me permitía mi humilde pase de prensa del D’A, cinco más una, descubrí grandes y pequeñas joyas, cuyos destellos permanecen aún en mi retina. Empezando por Lady Macbeth. Una película que el espectador vive como un viaje hacia  la liberación de la joven protagonista, cuya posición social la coloca en una prisión de de cimientos patriarcales. William Oldroyd arrastra la psicopatía del personaje de Lady Macbeth hasta sus últimas consecuencias, a través de unos interiores y unos silencios, que resultan más elocuentes que los hechos en sí. La austeridad de la puesta en escena, las escaleras mil veces recorridas, que separan la vida pública de la privada, el sofá de la siesta y la muerte y el dormitorio, constituyen objetos que parecen estar ubicados en medio de la nada y que adquieren la misma importancia que los personajes. Y como sucede siempre, los planos frontales y la ausencia de banda sonora, configuran la cárcel doméstica de la joven. Lady Macbeth va más allá de Lady Macbeth. La versión shakesperiana en la que se se inspira el personaje, aquella Lady Macbeth que se decía capaz de apretar la cabeza de un bebé hasta ver como dejaba de respirar, queda muy lejos de la nuestra. La mujer del rey tirano se lavaba las manos de forma obsesiva, creía tenerlas manchadas de sangre por la culpa sentida por los asesinatos. Nuestra protagonista, nació privada de conciencia, y esa ausencia de límites y de castigo convierte la última película de Oldroyd en toda una obra maestra. Siguiendo con los encierros, me topé con The Woman Who Left de Lav Diaz una producción de cuatro horas rayana a lo sublime. Tras pasar treinta años recluida en una cárcel filipina, una mujer de mediana edad decide vengarse del hombre que la llevó a estar en prisión. La película de Diaz como ya ocurría en algunas de sus anteriores producciones, es una oda a la bondad. Un retrato fiel de Filipinas en el que se aborda la pobreza, el clasismo, la doble moral de la iglesia, la transfobia, la injusticia. Lacras sociales que se ven compensadas por la bondad de la protagonista. Con un blanco y negro que recrudece a la vez que estiliza el discurso, gran parte de la acción se desarrolla en las calles de una ciudad en la que casi siempre es de noche, y en las que las criaturas que retrata y ama Diaz, se mueven entre una mezcla de soltura y dolor.   

Personal shopper

Y una vez más, Assayas. Después de Viaje a Sils María, llega con Personal Shopper y vuelve a contar con Kristen Stewart en un papel muy similar al que interpretó en la película anterior. La asistente personal de Juliette Binoche, substituye a la actriz en decadencia por una modelo en auge que resulta ser la más pura esencia del capitalismo. Las similitudes entre los papeles interpretados por Stewart llegan al punto de que la segunda homenajea a la primera. Assayas replica una conversación de teléfono en el pasillo de un tren que se ve interrumpida por la ausencia de cobertura, y las frases de Kristen Stewart vuelven a ser las mismas. Más allá de eso, encontramos el leitmotiv de la muerte y el duelo, también trabajado en Las horas del verano, si bien en aquel caso, todo giraba en la herencia de la madre perdida y en una pugna por vender o conservar dos cuadros de Corot. En Personal Shopper esos cuadros son representados por la casa del hermano muerto y los supuestos fantasmas que aloja. Con una estructura difícil de conservar a ratos, debido a las apariciones y los efectos especiales, la película de Assayas se salva así misma gracias al tratamiento de la culpa. Otro duelo por la pérdida del hermano mal gestionado por la culpa, es el que narra la directora Hope Dickson Leach, en The Levelling. Ambientada en un pueblo en la campiña inglesa, los planos subjetivos en los que Clover, una estudiante de veterinaria, que decide volver tras la misteriosa muerte de su hermano, redescubre el lugar, están llenos de barro, mierda de animal y detritus varios. Esto nos da una idea exacta de cómo era la vida en la granja que conducía su difunto hermano, cuyo establo está poblado de vacas tuberculosas. El duro trabajo de ordeñar, cavar y alimentar animales se desarrolla bajo una lluvia pertinaz, que bien podría representar la tensión entre padre e hija, así como el esfuerzo de contención de las emociones, que no dan tregua a los personajes. Aunque coronada  con el más conservador de los finales posibles, Leach nos conduce con pulso firme  a través de un misterio de funesta resolución y soluciones estéticas absolutamente brillantes. La imposibilidad de superar la muerte de su hijo, en el último trabajo de Philippe Grandrieux, Malgré la nuit, lleva a una enfermera a someterse a sesiones pornográficas sadomasoquistas en las que una noche tras otra simulan llevarla al límite de la muerte, en una película de atmósfera lynchiana. La representación de los cuerpos que emergen de la oscuridad, y cuya omnipotencia ocupa toda la pantalla sin dejar lugar a nada más, se rebelan invasivos ante los ojos de espectadores y espectadoras. Los primerísimos planos de la carne noquean y seducen a quien observa, provocando un efecto hipnótico a la vez que perturbador. Solo Grandrieux puede convertir en eróticas las fauces de un perro.

Y, por supuesto, Bonello. Bonello eternamente brillante, después de Saint Laurent llega con Nocturama, importando en su nueva película el mismo exceso, la hipérbole estética que recreaba en su película anterior, cercana a la de la Casa de tolerancia. El capitalismo, la explotación, la moda y la violencia, ingredientes de sus anteriores trabajos, se aúnan como un gran crisol en Nocturama. Un grupo de jóvenes burgueses de origen francés perpetran varios ataques terroristas en edificios emblemáticos de París. Tras los atentados, se refugian en un centro comercial del centro de la ciudad, metáfora de la violencia del neoliberalismo y por extensión del consumismo. El ritmo frenético del montaje que va in crescendo, el volumen ensordecedor de la música del centro comercial, el sexo practicado en la sección de camas, la comida robada en el supermercado, los travellings, marca de la casa, que recogen las carreras histéricas de los personajes que recorren cada sección del centro comercial, nos indican que aunque inverosímil, Bonello sigue ahí. La fantasía de retozar en un centro comercial vacío, ya fue representada por Chaplin en 1936 en Modern Times, pocos años después del crack de 1929. Ahora que Europa se desintegra, que en el infierno de lo igual, del que nos habla  Byung-Chul Han, lo singular y lo auténtico es lo que trata de ser defendido por los terroristas de Al Qaeda, Bonello retrata el fracaso de Europa, mientras el resto de autores del D’A hacen lo propio con la muerte y el capitalismo.

 

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