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Katyn – Andrzej Wajda

posted by Jose Luis Muñoz 25 noviembre, 2009 1 Comment

Puede que sea Andrzej Wajda ? no muy conocido en nuestro país y del que se han estrenado un reducido número de sus más de cuarenta películas: Cenizas y diamantes, Danton, El hombre de hierro, Kanal, El bosque de los abedules, La tierra de la gran promesa ?  uno de los últimos clásicos de esa generación europea de grandes directores en la que estaban Michelangelo Antonioni, Ingmar Bergman, Luis Buñuel y Federico Fellini, entre otros. Y esperemos que Katyn, nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa en el 2007, no sea el testamento cinematográfico de este longevo realizador de 82 años, porque la última película de este director, referente de una cinematografía tan brillante como es la polaca, de la que han salido directores de valía extraordinaria, y cito, de memoria, un buen puñado de ellos ? Roman Polanski, Jerzy Skolimowski,  Krzysztof Kieslowski, Krzysztof  Zanussi? , que llega a nuestras pantallas con dos años de retraso, es una lección magistral de hacer cine, en su forma y en su fondo.

Ilustra Wajda un hecho terrible y oscuro acaecido en la atormentada Polonia durante la Segunda Guerra Mundial y poco conocido, o tapado, porque la Unión Soviética, como parte de los vencedores, escribió la historia y lo ocultó. Rusos, por un lado, y alemanes, por otro, se reparten el país que sucumbe militarmente al empuje de esos dos regímenes totalitarios y expansionistas ? la secuencia que abre el film, con desplazados por unos y otros invasores que chocan, en su huída, en la mitad de un puente, es suficientemente esclarecedora de la dramática situación del país desgarrado ?  y 22.000 oficiales polacos son capturados por el Ejército Rojo de Stalin. Una orden del dictador ruso acaba con la vida de esos veinte mil prisioneros en el bosque ucraniano de Katyn, un gélido día de invierno. El execrable hecho criminal, durante años, no sólo fue negado por el régimen soviético sino también por el gobierno polaco, bajo su égida, que achacó la matanza de sus oficiales a la Alemania nazi. Pero la verdad, al final, aflora gracias al tesón de los familiares de las víctimas que se rebelan contra lo intentos de ocultar esa terrible masacre y que Rusia sólo reconoció en 1990, tras la caída del comunismo.

Se sirve Wajda de un guión perfecto, escrito por él mismo y Andrzej Mularczyk, y con el que se debe de haber sentido muy implicado ? su padre fue uno de los veintidós mil oficiales asesinados, con lo que la película es un ajuste de cuentas con su pasado, una forma de hacer justicia poética a su progenitor ?, por  el que este drama bélico intimista, sin secuencias de guerra ni concesiones al cine espectáculo, avanza en un crescendo absoluto. Centrándose en la anécdota de uno de los oficiales apresados, el capitán Andrzej (Artur Zmijewski) , quizá su propio padre,  el realizador dibuja en su entorno familiar la tragedia de la nación polaca que unos y otros quisieron borrar de la faz de la tierra;  su suegro, un destacado profesor de la universidad de Cracovia, personaje interpretado por el veterano Wladyslaw Kowalsky, deportado por los nazis que invaden su país y cierran la universidad, muere en un campo de concentración; la esposa del capitán, Anna (personaje interpretado por la espiritual y delicada Maja Ostaszewska), desesperada, mortificada por la muerte de su progenitor, intentará  a toda costa liberar a su marido preso que, por lealtad a su ejército, se niega a escapar, cuando puede,  y abandonar a su suerte a sus compañeros de infortunio.  Tras meses de silencio y de una opacidad informativa absoluta Anna, Agnieszka (Magdalena Cielecka), hermana de un aviador también capturado, y otros familiares de los oficiales prisioneros, intentan averiguar, sin descanso, lo que sucedió a sus seres queridos y se enfrentarán, en sus denuncias, a las autoridades cómplices de su país. Finalmente, cuando los cuerpos de los 22.000 oficiales  son exhumados de esa gigantesca fosa ucraniana de Katyn, llega a manos de la viuda, gracias al empeño de uno de los sobrevivientes de la masacre, la agenda en la que el capitán Andrzej ha ido escribiendo, hasta el último momento, los pormenores de su cautiverio, en páginas manchadas en sangre.

La película de Wajda aparece compartimentada en partes definidas, como capítulos que complementan este sórdido drama en todas sus vertientes, con multitud de personajes bien definidos que conforman el cuadro histórico de la Polonia pasada y presente, una lección de historia que, de lo general va a lo particular, para sensibilizar al espectador y meterlo en la película, pero sin ánimo de revanchismo y sin caer tampoco en los excesos del melodrama.  En los capítulos de Katyn, que, deliberadamente, no guardan un orden cronológico, y en los que se intercalan escenas documentales muy esclarecedoras, se describen la captura de los militares, su cautiverio, las gestiones por saber adónde fueron a parar, los intentos miserables del propio ejército polaco, una vez integrado el país en el Pacto de Varsovia, en desviar la atención y ocultar el crimen, la rebelión de los familiares que no siempre es unánime ni cerrada por el miedo a la represión, la dignidad de un militar amigo personal de Andrzej, Jerzy (Andrzej Chyra), que no acepta la versión oficial y se vuela la cabeza por no vivir en la mentira, y finalmente, la masacre, conocida desde el principio de la película pero cuya visualización queda postergada hasta el final, al hilo del encuentro de la agenda y la lectura de sus páginas por parte de Anna, la viuda del capitán.

Con la secuencia terrible  y pormenorizada de la matanza, cierra Wajda su película denuncia y los fotogramas, sencillamente, estallan con el ruido de los pistoletazos de los asesinos y se impregnan con la sangre que brota de las cabezas de los ejecutados antes de caer a la fosa, uno a uno. El director polaco, que ha sabido mantener en toda la narración cinematográfica un deliberado tono frío y distante, subrayada por el tono verdoso de la excelente fotografía de Pawel Edelman, que no ha cargado los tintes dramáticos más que con los acordes tenebrosos de Krzysztof Penderecki, utiliza la violencia extrema y explícita de esa larga secuencia del epílogo como revulsivo y deja al espectador sencillamente petrificado en su butaca. Wajda es lo opuesto a Tarantino y lo más próximo al Kubrick de Senderos de gloria o al Elem Klimov de Masacre. Sencillamente impresionante.

8,5

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