CineCrítica

Nada personal – Urszula Antoniak

posted by Jose Luis Muñoz 18 Agosto, 2010 0 comments

¿Pueden dos desconocidos, que quieren seguir siéndolo, enamorarse? Ese es el discurso que quiere transmitir la realizadora holandesa Urszula Antoniak, responsable también del guión, de este film rodado en bellos parajes irlandeses y que tiene a dos únicos personajes que mantienen la atención del público.

La desconocida (Lotte Verbeek), una pelirroja de la que no sabemos nunca su nombre, porque ella nunca lo da y exige que se le llame simplemente , es una joven de Ámsterdam que vagabundea por las carreteras secundarias de Irlanda con su mochila a cuestas y haciendo autoestop, un personaje huraño que reacciona de forma siempre brusca a los intentos de acercamiento de cualquier persona con gritos, como cuando cree, injustificadamente, que quien la recoge en la carretera la va a violar. Su viaje sin rumbo le lleva hasta una solitaria casa en un acantilado en donde vive aisladamente Martin (Stephen Rea), el personaje masculino del que tampoco sabemos nada, ni su profesión, si la tuvo, ni su vida sentimental o familiar, salvo que padece una grave enfermedad de la que puede morir en cualquier momento. Martin la acoge en su casa a cambio de que le ayude en las tareas del campo. Ella acepta a cambio de comida, pero no su hospitalidad y duerme en una tienda de campaña en el monte hasta que él consigue convencerla de que lo haga en su casa. Poco a poco la tirantez inicial que existe entre ambos solitarios personajes se va relajando hasta que ambos acuden un día a la taberna del pueblo más próximo a bailar y emborracharse con pintas de cerveza y entonces la expresión huraña de la desconocida empieza a desaparecer.

Nada personal es una película de detalles, de miradas, de silencios más que de sonidos, con los que teje la realizadora holandesa una historia de amor platónico que toma cuerpo gracias a la solidez interpretativa de sus dos protagonistas Lotte Verbeek y Stephen Rea.

Urszula Antoniak filma su película en bellos paisajes, primero oscuros y lluviosos, con profusión de ocres otoñales en las laderas de los montes, que se iluminan a medida que la desconocida se va abriendo, y en cuidados interiores de la casa campesina que no está exenta de una cierta sofisticación.

 Sólo al final la realizadora  opta por romper con la austeridad de la puesta en escena minimalista y regala al espectador un desenlace poético y claramente esteticista en esa secuencia en la que la muchacha desnuda abraza por primera y última vez el cuerpo de Martin envuelto en la sábana.

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