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T2: Trainspotting – Danny Boyle

posted by Marc Muñoz 23 Febrero, 2017 0 comments
Nostalgia traicionera

T2 Trainspotting

En 1996 toda una generación de jóvenes imberbes y de cuantioso acné  fuimos arrojados con virulencia a una realidad que se escapaba de la confortable adolescencia fortificada bajo la moral protectora de nuestros progenitores. El catalizador de esa primera emancipación hacia un universo invisible crudo, nihilista, salvaje, y tremendamente excitante llegó en forma de película. Trainspotting amplió el radio de las vasos sanguíneos de toda una generación de indefensos espectadores golpeados por una osadía formal y temática pocas veces vista en una sala de cine.

Los motivos que erigieron el film seminal de Danny Boyle en película generacional son múltiples. Solo por mencionar algunos – aquí la lista larga que escribí para Tentaciones -, Trainspotting capturó el angst existencial de los desheredados del pueblo británico – ese latir social descorazonador-, el saliente de las cenizas del Thatcherismo cuyas víctimas colaterales eran todo un grupo de jóvenes abocados a la heroína y al hedonismo fútil. Más allá de su capa social y representativa de la sociedad británica de un periodo, el largometraje exploró temáticas con un atrevimiento pocas veces percibido, y además, lo hizo con un continente explosivo, una capa formal frenética y rabiosa que apuntaló la propuesta hasta su rol faro para multitud de imitaciones y reverencias que le seguirían dentro y fuera del cine – un claro ejemplo fuera de la órbita cinematográfica son algunas obras de teatro de Àlex Rigola.

En el actual contexto de ideas anquilosadas, precariedad creativa, y ausencia de obras rompedoras y dinamizadoras que se erigen por su propio pie en reveladoras para toda una generación, era cuestión de tiempo que la secuela de Trainspotting saliera del cajón para ponerse sobre la mesa de ejecución. Pese al temor inicial obvio, el contar con el reparto original y la implicación de Danny Boyle y el guionista John Hodge aligeró el sentimiento de culpa en caso de profanación. Si bien ésta no se produce, Trainspotting 2 (T2) no está llamada a figurar en la memoria colectiva de ninguna generación.

Con la idea de reactualizar las andanzas de la cuadrilla formada por Mark Renton, Spud, Begbie y Sick Boy, la premisa de la secuela arranca con la vuelta del primero al Edimburgo donde pegó la patada a sus compañeros de fechorías. Casado, con dos hijos, con trabajo estable, enganchado al fitness y viviendo en Amsterdam, el hijo prodigo regresa la hogar para sanar heridas y tender la mano a los fantasmas del pasado. Sin embargo, una vez allí, lo atrapa una nube nostálgica algo más excitante que esa estabilidad, encima, inventada. Bajo este vago argumento se articula un trayecto por las vidas de los icónicos personajes 20 años después de los acontecimientos originales. Y ahí entra ya la primera tara del filme, sin un arnés argumental de peso, Boyle y Hodge optan por zambullirse en la nostalgia. No solo la de los propios personajes rememorando o anhelando tiempos de juventud, sino en un plano autoconsciente, el de la propia película, reproduciendo secuencias, volviendo a escenarios de la primera, o incluso recuperando material de la original, pero todo dispuesto con andares y miradas envejecidas. El problema es que la película se enquista en esa nostalgia aniquiladora, poco  constructiva, en lugar de intentar dar salida a una criatura nueva, a un artefacto con entidad propia consciente de su universo pero mirando hacia un lugar nuevo. Es como si Boyle fuera consciente de la inútil papeleta de tan siquiera acercarse al original, y optará por el álbum de fotos, por una reproducción de los elementos originales pero bajo una óptica caduca y más anecdótica que incisiva y/o explosiva, incluso, que autoreferencial.

Llegando incluso al forzamiento con esas secuencias oníricas/fantasiosas de la primera entrega aquí convertidas en un buen decorado para spots de Nike. O momentos de difícil aceptación dentro del plano psicológico en el que se mueven los personajes: esa nostalgia que les lleva incluso a consumir heroína por una vez, o las fiestas en clubs donde suena el “Radio Ga Ga” (realmente los tiempos han cambiado). Y es ahí donde la película enseña parte considerable de sus flaquezas: en lugar de inspeccionar los traumas, frustraciones y decadencias de esos personajes inmersos en la mediana edad – pudiendo poner el foco en familias, matrimonios o trabajos cadena – Boyle/Hodge parecen preferir a los young adults atrapados en quehaceres criminales como si (casi) nada hubiera cambiado. Ese deambular por los mismos lugares pero sin el mismo efecto a veces roza el ridículo, como el típico señor entrado en años paseando por la discoteca, forzando, algunas veces, el relato y los personajes para dar entrada a los ingredientes que definieron la primera. Aunque el efecto aturdidor y transgresor dista mucho de ser el mismo, las fuerzas (creativas) flaquean, y eso lo notan unos personajes que ya no representan ni son símbolo social de nada – por poco que intenten introducir un tímido e inofensivo apunte social con lo de la gentrificación.

El enfoque no es que sea nuevo, sino que es una mera puesta al día. Como un reencuentro de cuerpos y mentes que han perdido esa chispa explosiva de la juventud, algo que podría haber sido el germen sobre el que girara el relato, pero que aquí, no es más que una oportunidad perdida.

Pese a la propia sombra engullendo y ocupando nuevas parcelas creativas, Boyle logra levantar y mantener a flote su producto con una caligrafía que no pierde su punch, aunque a su vez, parece más cercana a la de sus imitadores que al propio estilo fundador. Manteniendo ese ritmo endiablado y sin altibajos, el filme logra entretener, divertir, y emocionar en un par de escenas – Renton haciendo amago de poner el “Lust for Life” de Iggy Pop en el tocadiscos de esa habitación en la que se encerró para pasar el mono de la heroína es una de ellas. Es de hecho la banda sonora, con Young Fathers de esqueleto, uno de los mejores aciertos – se echa en falta un “Born Slippy” del siglo XXI – así como el morbo y la curiosidad de comprobar qué ha sido de las vidas de esos cuatro personajes, lamentablemente, poco cambiadas.  

Así, la conclusión a la que Boyle parece llegar con tanto subrayado en clave  de (auto)homenaje y sentimiento nostálgico, es que cualquier tiempo pasado fue mejor, especialmente para dar rienda suelta a esa punzada creativa con la que 20 años atrás voló cabezas. Revivir esa experiencia en la clave actual tiene algo de decepcionante, también de excitante y de melancólico, pero a todas, resultará un recuerdo a corto plazo. 

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