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Diario de invierno – Paul Auster

posted by Jose Luis Muñoz 20 Marzo, 2012 1 Comment

Diario de invierno

Es un lugar común que todo autor acaba hablando de si mismo en sus novelas, consciente o inconscientemente. La mayoría de las veces lo hace impostando la voz a través de  heterónimos bajo los que se oculta; otras, sencillamente, se define  en sus contrarios, en los personajes más opuestos a él mismo.

Diario de invierno, la última novela de Paul Auster, es descaradamente biográfica y nace de una necesidad del autor de contarse a si mismo y, de paso, a sus lectores, en una etapa de su vida, los 64 años, en la que por primera vez experimenta la angustia de sentirse mayor y de que el tiempo fluye a mayor velocidad de lo deseado.

Entonces es cuando empiezas a aullar. Ahora eres de piedra, y mientras yaces en el suelo, rígido, la boca abierta, incapaz de moverte y pensar, gritas de terror mientras esperas que tu cuerpo se ahogue en las profundas y negras aguas de la muerte.

La muerte, el miedo y la enfermedad, la progresión del deterioro del cuerpo, centran esta novela del autor norteamericano. Con un punto de vista original y que crea en el lector una absoluta sensación de sinceridad, una segunda persona del singular, Auster se desnuda ante si mismo y se interroga contantemente a lo largo de 243 páginas de confesiones íntimas que expone a la curiosidad del lector con una desinhibición total.

Purgaciones. Te ocurrió una vez, a los veinte años, y una fue más que suficiente. Una baba viscosa y verduzca rezumándote por la punta de la picha, la sensación de que te habían metido un alfiler por la uretra.

Las relaciones con sus padres, sus escarceos inocentes con chicas, las peleas de patio, las primeras experiencias sexuales con  prostitutas (maravillosa su relación con Sandra, la prostituta que recita a Baudelaire y de quien se enamora que podría dar lugar a una maravillosa novela sentimental), sus enfermedades venéreas, sus sucesivas relaciones y matrimonios, su esposa a la que sigue adorando y para la que tiene siempre emotivas palabras de amor.

Esta mañana, te despiertas en la penumbra de otro amanecer de enero, con una luz difuminada, grisácea, penetrando en el dormitorio, y ahí está el rostro de tu mujer vuelto hacia ti, los ojos cerrados, aun profundamente dormida, las mantas subidas hasta el cuello, asomando únicamente la cabeza, y te maravilla lo preciosa que está, lo joven que parece, incluso ahora, treinta años después de la primera vez que te acostaste con ella, al cabo de treinta años de vivir bajo el mismo techo y compartir la misma cama.

Pero también su hija, sus perros, todas las casas por las que pasó (una relación exhaustiva de sus 21 hogares) y la impronta que dejaron en él, su encuentro con el actor francés Jean-Louis Trintignant, la angustia por el deterioro físico

Seis meses sitiado por la pierna de turista, pues, y una afección crónica de sequedad en los ojos, aparte del primer ataque de pánico de tu vida, que te sobrevino dos días después de la muerte de tu madre, seguido de otros más en los días inmediatamente posteriores, y durante un tiempo te viene pareciendo que te estás desintegrando.

Diario de invierno es una narración lúcida y auténtica en la que Auster es protagonista absoluto y se tumba en el diván para contarnos lo que le hace feliz, lo que le atormenta, lo que le marca, lo que le aterra. El hombre, antes que el escritor, sobre el que apenas habla. Una novela maravillosamente bien escrita, como todo lo que sale de la pluma del norteamericano, imprescindible para adentrarse en el interior del autor de La trilogía de Nueva York y conocer a la persona y al creador que hay en él.

No obstante, aunque no tengas deseo alguno de que vuelva esa época, hay cosas que echas de menos de los viejos tiempos. El timbre de los teléfonos antiguos, el repiqueteo de las máquinas de escribir, la leche en botellas de cristal, béisbol sin bateadores designados, discos de vinilo, chanclos de goma, medias y ligueros, películas en blanco y negro.

Nostalgia por el tiempo pasado, por el simple hecho de que ya no está, de que es irrecuperable y sólo vivirá mientras perdure en la memoria y luego se extinguirá.

Diario de invierno es una novela que se lee como un soplo y conecta emocionalmente con el lector en cada una de sus páginas. Auster la ha escrito como terapia ante una batalla que todos perderemos, la vida, y acerca de esa avanzadilla que nos va advirtiendo, en el espejo, de nuestro deterioro, de nuestra finitud: la vejez. Que la vida es una novela que siempre acaba mal todos lo sabemos. Auster lo convierte en literatura confesional e intimista.

Tus pies descalzos en el suelo frío cuando te levantas de la cama y vas a la ventana. Tienes sesenta y cuatro años. Afuera la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas: ¿Cuántas mañanas quedan?

Se ha cerrado una puerta. Otra se ha abierto.

Has entrado en el invierno de tu vida.

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