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Dublinesca – Enrique Vila-Matas

posted by Jose Luis Muñoz 23 Abril, 2011 0 comments

Todas las novelas de Vila-Matas están infestadas por la literatura, en todas hallamos referentes literarios explícitos que nos remiten a otras obras y a otros autores, pero quizá sea Dublinesca en donde eso es más explícito y descarado, porque la última novela del autor de El mal de Montano, con la que termina, precisamente, su relación con Anagrama y se pasa al sello Seix-Barral, es un funeral apocaliptico de la literatura, tal como la entendemos, tal como la entiende el propio autor.

Un funeral en Dublín, le dice y le subraya. Un funeral no sólo por el mundo derruido de la edición literaria, sino también por el mundo de los escritores verdaderos y los lectores con talento, por todo lo que se echa en falta hoy en día.

Samuel Riba, un editor literario que vive en una perpetúa desazón desde que dejó su editorial, emprende un viaje a Dublín siguiendo el rastro de Joyce y su Ulises y lo hace rodeado de amigos y en el día del Bloomsday. En la capital de Irlanda, en sus pubs, paseos y encuentros, el editor pasa revista a sus fracasos, a su frustrado intento por descubrir a un autor genial al que salvar de toda la mediocridad que se vio obligado a publicar, y entona un mea culpa celebrando el funeral por la Galaxia Gutenberg, por el libro como objeto, ese que se toca a la vez que se lee, en aras de la digitalización ante la que autores y editores andan aterrados.           

Le llega al alma la desaparición de los autores literarios. No deja siempre de conmoverle esa realidad que la Red anuncia para el futuro, cada día con más claridad. “Pero veamos-dice el articulista-: si el previsto final del libro impreso ya provoca en el lector tradicional más que extrañeza, rechazo, ¿qué decir del escritor que ve en este vértigo una especie de atentado al objetivo y la naturaleza de su trabajo? Pero, al parecer, el rumbo está definido y la suerte de la tinta y el papel echada.           

Destila la novela de Vila-Matas, escrita con su proverbial maestría, humor, como toda su obra anterior, tristeza que se filtra entre tanta ironía. Riba, y no lo disimula el barcelonés en ningún instante, es un trasunto del propio Herralde, por lo que el libro que marca la ruptura literaria con su editorial durante tantos años se convierte en un homenaje al editor de raza que acaba de vender Anagrama a Feltrinelli, pero también tiene rasgos del propio autor.           

Qué viejo se ve, qué viejo está desde que se retiró. Y qué aburrimiento no beber. El mundo, en sí mismo, es muchas veces tedioso y carece de verdadera emoción. Sin alcohol uno está perdido.

En esta novela fantasmal, sumida en la niebla, que habla de mundos perdidos y futuros inciertos, transitan, además de Joyce, al que Vila-Matas rinde homenaje ya desde su título además de citar y comentar algunos de los párrafos de su Ulises, Samuel Becket, Paul Auster, Martin Amis y otros autores a los que el autor barcelonés conoce bien. Pero no sólo hay metaliteratura en Dublinesca, porque el escritor barcelonés, desde que estuvo a punto de perder la vida, reflexiona también, y lo hace amargamente, sobre la existencia, su transcurso y su miseria final: la enfermedad y la muerte. 

No hay que buscarles paliativos al drama de sus padres y al suyo propio, envejecer es un desastre. Lo lógico es que todos los que vieran declinar sus vidas gritaran de espanto, no se resignaran a un futuro de mandíbula colgando y babeo irremediable, y aún menos a ese brutal despedazamiento que es la muerte, porque morir es rasgarse en mil pedazos que empiezan a desperdigarse vertiginosamente para siempre, sin testigos.  

Encontramos en la novela sorprendentes y lúcidos preceptos, no por demoledores menos ciertos, que Vila-Matas va desgranando en esa travesía literaria y humana que es esta novela reflexiva y discursiva más próxima al ensayo que a la narrativa, desprovista de acción física pero no de acción intelectual y extraordinario interés.

Todo ser humano lleva dentro de sí una cierta cantidad de odio hacia sí mismo, y ese odio, ese no poder aguantarse a sí mismo, es algo que tiene que ser transferido a otra persona, y a quien puedes transferirlo mejor es a la persona que amas.

Dublinesca es un estupendo ensayo literario, una reflexión en voz alta sobre el hecho literario, vehiculado a través de una novela que se lee con pasión porque además de inteligente y endemoniadamente bien escrita es muy amena. Un libro que engancha por su carga intelectual como las novelas de Milan Kundera o Thomas Bernard

Samuel Riba, el editor errante sin editorial, es Herralde, es Vila-Matas, soy yo, somos nosotros, los nostálgicos de un mundo que desaparece y con el que nos vamos, los escépticos y aterrados por la llegada de otro extraño al que no sabemos si llegaremos a adaptarnos y si ni siquiera nos interesará hacerlo.

Imposible no volver a pensar que hay un tejido ajado que a veces permite a los vivos ver a los muertos y a los muertos ver a los vivos, a los supervivientes. Imposible también no ver a Riba ahora avanzar infestado de fantasmas, ahogado por su catálogo y cargado de señales del pasado.

Dublinesca es una obra literaria mayúscula del, seguramente, mejor escritor vivo que tenemos.

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