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El baile de los penitentes – Francisco Bescós

posted by Jose Luis Muñoz 11 febrero, 2015 0 comments

El baile de los penitentes

Salto cualitativo el que da Francisco Bescós (Oviedo, 1979), licenciado en Comunicación Audiovisual y Publicidad por la Universidad de Navarra y editor y colaborador de la revista Suburbano de Miami, desde el concurso de Relatos Policíacos de la Semana negra de Gijón, que ganó con Hombres de negocios en 2014, al premio de novela negra Ciudad de Carmona con El baile de los penitentes el mismo año, porque la novela galardonada con ese premio ya consolidado que lleva ocho ediciones y han ganado autores como Antonio Lozano, Guillermo Orsi o Amir Valle, entre otros, en nada parece una primera novela, que lo es, por su impecable arquitectura narrativa, compleja y aparentemente dispersa, en la que finalmente todas sus piezas encajan con precisión.

La acción transcurre en 72 horas, en Semana Santa y entre penitentes, quizá influenciada por las novelas de Juan Ramón Biedma, y en Calahorra, un lugar tan teóricamente alejado de la novela negra como sentimentalmente próximo al autor. La Banda de Cornetas y Tambores de la cofradía de la Santa Vera Cruz de Calahorra es una bola de demolición. A su paso por las estrechas callejuelas del casco viejo, va destruyendo sin piedad edificios antiguos. Cada redoble, cada golpe de los seis bombos, hace vibrar primero los cristales de las ventanas, luego los trozos de yeso desprendidos de las paredes, luego los tabiques de carga y finalmente los cimientos del barrio. Y en Calahorra nos introduce el autor en un extraño juego de apuestas local: los Borregos.

Hay un crimen que desencadena la trama policial de El baile de los penitentes: el asesinato de la niña gitana Nuria Isabel. Veamos, piensa. Hasta el momento tiene lo siguiente: una niña muerta de catorce años; una familia muy enfadada que ha reunido pistolas caseras; un clan entero, rival de la familia enfadada, desaparecido; un pequeño jefe mafioso que tiene que saber más de lo que cuenta, pero al que no se le puede molestar porque no hay nada que lo incrimine; un arma antigua que no está, cuyo dueño se desconoce.

Novela rural, además de negra, por lo que el autor no descuida el paisaje en el que transcurre la acción. Entre esos cerros intrusos y la carretera recta se distribuyen plantaciones de tomate, vid, melocotoneros, olivo, huertas de verdura. Parece mentira que puedan crecer sobra una tierra tan parecida al riego sanguíneo, bajo un cielo remoto pintado de oxígeno puro.

El baile de los penitentes es una novela coral que tiene algunos personajes que son todo un acierto literario como esa Lucía, La Grande, por sus dimensiones corporales, jefa del puesto de la Guardia Civil. No tiene por costumbre ser discreta, Lucía, cuando entra en casa. Empuja el corpachón a través de la puerta de la entrada. Zapatea impúdicamente con las suelas de su calzado masculino. Sin cohibirse, se arranca los zapatos con los cordones atados y los lanza a una esquina. Caen estrepitosos. Y su marido Bernard, su opuesto, un inglés que habla español con acento de Chelsea. Una pareja extraña esta, ella guardia civil, él limpia, cocina y plancha. Y un sinfín de personajes más secundarios que el escritor asturiano perfila con el difícil recurso del diálogo al que muchos autores, por incapacidad, hacen ascos.

Resuelve con eficacia Francisco Bescós las secuencias de acción, con ritmo muy cinematográfico, como la detención en la casa de la familia gitana Chamorro, un clan enfrentado a los Pajaritos, y la violencia viene nos llega empaquetada con un envoltorio muy literario. Y le da una última patada. Un mero puntapié que a su juicio se le queda más que blando. Antoñito nota de repente que el suelo arcilloso sin pavimentar de la cochera huele mucho a aceite de automóvil. Luego le viene un vómito. Inunda su cavidad bucal como si hubiera explotado una presa. Pero es extraño, no sabe ácido sino dulce y tibio. Lo expulsa. Regusto rojo oscuro. Pero su boca no se vacía. Algo se ha roto ahí abajo. Una violencia en la que resulta evidente la influencia de la imaginería cinematográfica que maneja el autor, a veces claramente tarantiniana. Resultó que la guardia personal no era tal, pura fachada; dos drogadictos que se desintegraron cuando vieron que la cabeza de su jefe se convertía en espray: soltó un fluido atomizado carmesí por el orificio de salida. Gente impresionable.

Apunta el escritor asturiano algunas historias colaterales, que tienen enorme fuerza en sí mismas, como la de Roberto, el nazareno que tiene un misterioso pasado en África. Llegaban apoyándose unos en otros, con los ojos inundados en lágrimas y gestos de dolor demasiado adultos como para observarlos en el rostro de un niño. A todos ellos les habían cortado el pie izquierdo por encima del tobillo.

Es habitual en la novela negra un estilo funcional, y por ello llama poderosamente la atención la calidad de la escritura de Francisco Bescós, su dominio de una prosa enlatada en frase corta que remite a imagen poderosa. La sábana, blanca como la ceguera, cobra fuerza ante la tensión de los ojos del médico. Por un momento pierde su blancura. Un relieve verde esmeralda comienza a arremolinarse en los pliegues, en sus luces y sombras. O: El bikini estaba teñido de humedad pegajosa. Los tirantes se escurrían por los hombros, los brazos colgaban como peces recién pescados.

Una buena novela negra y, por consiguiente, una buena obra literaria con ecos de Jim Thompson y de Quentin Tarantino, como con acierto se dice en la contraportada del libro editado por Almuzara en su colección Tapa Negra, pero digeridos de forma harto original en el estómago de Francisco Bescós, un autor del que esperamos nuevas historias.

Bienvenido al club.

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