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En un lugar solitario – Enrique Vila-Matas

posted by Jose Luis Muñoz 28 Marzo, 2012 0 comments

En un lugar solitario

Oportuna la idea de recoger toda la obra narrativa de Enrique Vila-Matas escrita entre 1973 y 1984, cuando el autor barcelonés no tenía la consideración literaria de la que ahora disfruta. Interesante esta recopilación de novelas breves y relatos para comprobar su evolución desde sus constantes literarias. Encontramos, en ese conjunto variopinto, novelas vanguardistas, muy típicas de la época, sin puntos y aparte ni signos de puntuación, como En un lugar solitario, que sirve para titular este libro, en las que un Vila-Matas bisoño pelea por tener un estilo propio dentro del afán por adscribirse a la modernidad de esa época, sarampión por el que pasan casi todos los escritores antes de curtirse, en su afán de innovar a toda costa y, la mayor parte de las veces, con escasa fortuna, como le ocurre a esta novela corta, lo más flojo de todo lo recopilado.

-Quizá el triunfo del estilo sea no tenerlo-dije.

Las mejores páginas, las que nos permiten acercarnos al universo Vila-Matas, infestado, desde sus principios, por la literatura, la metaliteratura (el escritor barcelonés, a lo largo de su obra narrativa, vuelve una y otra vez sobre el hecho literario en sí, sobre el papel del escritor como impostor que cuenta medias verdades o medias mentiras) las encontramos en las novelas breves y relatos que siguen a ese relato inicial, algo árido, y a un prólogo brillante que escribió el autor para la ocasión. La literatura nace de la dificultad de escribir, no de la facilidad, dice en él. ¿Es, entonces, la literatura una especie de sacerdocio que excluye todo placer en aras de la dificultad?

Vila-Matas juega con su propia impostura. Cada vez que publico un libro escruto el horizonte con miedo de ver aparecer a aquel que dirá haber descubierto que no soy un escritor.

Fiel a la metaliteratura, a que ésta se incrusta irremediablemente en lo ficcionable, el autor de Dublinesca no tiene otra opción que bautizar a los personajes de Al sur de los párpados, puede que la mejor pieza de este conjunto, con los nombres de Joyce y Stein, dos referentes literarios del autor catalán.

De pronto, un tren directo irrumpió en la estación. Joyce, con paso suelto y sereno, se dirigió al borde del andén y saltó. Eva tenía los ojos en blanco y siguió teniéndolos durante largo rato, después de que la locomotora arrollara a Joyce, fragmentara su cuerpo, esparciera su pensamiento.

En Nunca voy al cine, título por el que recibió duras reprimendas porque hubo quien pensó que era una afirmación categórica del propio autor, crea dos personajes chocantes, Rita Malú y Pampanini, de resonancias cinéfilas.

Incansable y delicadamente, Wilhelm Wietz pasó y repasó sus labios sobre los míos, de arriba abajo, de derecha a izquierda, hacia dentro y hacia fuera, hacia la vida y hacia la muerte, y descubrió que no sólo amaba, sino que pensaba, reía y veía.

Hay una voluntad por parte de Vila-Matas de impactar al final de cada frase con un vuelco narrativo que crea un violento contraste. Es la suya una técnica que obliga al lector a detenerse en la frase, digerirla, antes de seguir leyendo. Un efecto que persigue y consigue, porque escribir es secuestrar al lector.

Parecía la clásica tentadora que arruina con sus ojos negros, profundamente negros. La vi colocar su bolsa, el sombrero y una sombrilla sobre uno de mis baúles. Me miró como desafiante. Y yo me dije: ¿entrarías aquí si supieras que acabo de violar y asesinar a una mozambiqueña?

En Todos conocemos Hong-Kong, uno de los relatos que se incluyen en Nunca voy al cine, retoma su desternillante experiencia militar en el hospital psiquiátrico, autobiográfica, de cuando se fingió loco, o se mostró como realmente era, para eludir la experiencia castrense.

Y, además, tiene otro problema a la hora de inventar: le aterra, como a ti te aterraba, comenzar a escribir una historia porque le da miedo ese comienzo en que la obra es toda ignorancia de sí misma, debilidad de lo que no tiene peso, ni realidad, ni verdad, y, sin embargo, comienzo necesario.

Encontramos en estos textos, como en toda la obra narrativa posterior, en todas sus novelas, que nunca acaban de serlo, porque uno acaba interesándose más por el narrador que por lo narrado, confesiones, miedos, fobias, que se entrecruzan siempre en el relato y obligan a hacer una pausa para reflexionar. Como el párrafo que antecede que habla de la no siempre idílica relación entre creador y creado.

En Impostura, que cierra el tomo, habla sobre su propio papel. Y también creyó descubrir que en todas las novelas el narrador siempre es un impostor, un indeseable que se hace pasar por el autor y que sólo es desenmascarado por los lectores más perspicaces, que suelen ser también los más amargados.

Una diatriba contra los lectores no inocentes, esos que analizan ad nauseam el significado de cada párrafo y se obligan, con ello, a nos disfrutar nunca de lo leído. Y habla un impostor consumado, alguien capaz de inventarse una entrevista con Marlon Brando, que publicó en la revista Fotogramas, sin que ésta ni el actor se apercibieran del fraude.

Puro Vila-Matas en estas 475 páginas, con textos más acertados y otros no tanto, pero que sin duda son necesarios para tener una visión global de este escritor y comprender toda su andadura, vital y literaria que, en su caso, se confunden, son lo mismo.  

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