Reseña

La soledad de Anquetil – Paul Fournel

posted by Cesc Guimerà 6 septiembre, 2017 0 comments
El héroe atípico
La soledad de Anquetil

Paul Fournel escribe a Jacques Anquetil desde la agitación adolescente y la admiración adulta. Pero no entrega una típica, tópica e insípida biografía rellena de pasajes vitales intrascendentes para los lectores deseosos de épica deportiva. Y aquí recae la grandeza de La Soledad de Anquetil, editado por Contra y escrito por un Fournel entregado a las letras cuando asimiló que nunca podría cumplir el sueño de llenar la cuenta bancaria con un salario de ciclista profesional. Momento de clarividencia agradecido que muchos en sus disciplinas, como Álvaro Arbeloa, nunca tuvieron.

Dos imágenes para la retina dejó el ciclismo clásico. Fausto Coppi y Gino Bartali, rivales (aunque no tanto) compartiendo bidón de agua y Anquetil y Poulidor cargándose con las espaldas en la ascensión al Puy de Dóme. El mito se escribe con antagonismos: Magic y Larry, Kasparov y Karpov, Prost y Senna, Alí y Frazier. Y aunque Anquetil fue el primer ganador del Tour en cinco ocasiones y sumó dos Giros y una Vuelta a un palmarés de locos, no gozó de la simpatía unánime de los aficionados.

Fournel perfora con el mismo estilo refinado con el que Anquetil pedaleaba en la compleja personalidad de un deportista adelantado a su tiempo. Él, para muchos, inventor del ciclismo moderno y toda una celebridad con una agitada vida privada –polígamo, tuvo una hija con su hijastra– además de un caramelo para la prensa. Sin complejos en sus declaraciones, sin pelos en la lengua, nunca escondió el uso de anfetaminas para favorecer el rendimiento.

Su estilo frío y calculador sobre la bicicleta no encajaba con los que se decantaban por el temperamento de Poulidor, el eterno aspirante, que en dieciséis años en la ronda francesa nunca pudo vestirse de amarillo. Francia veía en Poulidor al héroe del pueblo. Aunque ambos compartieran origen humilde, Anquetil se había convertido en una especie de príncipe a los ojos del público. En parte, con fundamento, como atesora la fiesta a base de brochetas de cordero y bañada en champagne (en algunas crónicas se habla de sangría que corrió como el agua) en la llegada del Tour a Andorra en 1964.

Fournel escribe a Anqueil como Pier Paolo Pasolini escribía a Eddy Merckx, cuando el balón le daba un respiro para otros deportes. Son relatos que agrandan la leyenda del deporte más épico, como las crónicas de Dino Buzzali en los tiempos de Bartali y Coppi o el diario de Mario Fossati en la victoria de Il Campionissimo en París en el 52. “Las victorias de Merckx son escándalos”, escribía Pasolini sobre Merckx. También lo eran gestas de Anquetil. Ser capaz de salvar en el puerto de Envalira la consiguiente pájara de sus excesos en Andorra, que casi le cuesta el quinto Tour agrandó la leyenda de un ciclista casi más grande que la propia carrera, que  se permitió el lujo de renunciar en 1965 en busca del doblete, la Dauphiné y la Burdeos-País, para ganarse al público esquivo.

Anquetil murió con 53 años, en 1987. Una muerte prematura más a un tiempo que descontó mitos que excesiva celeridad. Era más joven que Louison Bobet, que murió a los 58. Pero mayor que Laurent Fignon, Coppi, Hugo Klobet o el trágico Tom Simpson. Como trágicos fueron luego Luis Ocaña, o en nuestros tiempos Marco Pantani y Frank Vandenbrouck, quienes, recuerda Fournel, “buscaron el olvido en los frascos y los polvos”. El mismo camino que encontró el ‘Chava’ Jiménez que, como el ‘Pirata’, no encajaba en su tiempo. “Un escalador es un anarquista emboscado, un individualista feroz que no se resigna a aceptar los códigos colectivos”, escribía Santiago Segurola. Con todos ellos, con Anquetil, se fue una forma de hacer en el ciclismo.

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