Reseña

Ostras para Dimitri – Juan Bas

posted by Jose Luis Muñoz 23 Abril, 2012 0 comments

Ostras para Dimitri

Con Ostras para Dimitri, novela que se mueve  entre el  Moscú más hortera, una megalópolis que bien conoce el autor, y su Bilbao de siempre, el territorio por el que callejea Juan Bas, culmina la trilogía que iniciara hace años el escritor bilbaíno con Alacranes en su tinta y siguiera con Voracidad, novelas delirantemente divertidas, y el cierre de la serie, siguiendo las andanzas del atribulado Pacho Murga, es tan políticamente incorrecto como lo fueran sus precedentes. Caníbales, coprófagos, putas, dipsómanos, mafiosos, sicarios, rusos, chechenos y vascos componen la fauna que pulula por las páginas de Ostras para Dimitri, una novela cuya deriva anárquica no pesa, en absoluto, al lector entregado.

Es Juan Bas nuestro Tom Sharpe nacional (al que, por cierto, invitó a la La Risa de Bilbao, el festival de literatura de humor que el bilbaíno lleva dirigiendo dos años consecutivos, en su primera edición), gran maestro de un humor negro, muy hispano, que adereza con dosis de erotismo salvaje, recetas culinarias (en el caso que nos ocupa, las ostras son las estrellas, y un apéndice final da consejos para cocinarlas), combinados de alta graduación, virtuosismo literario y enorme erudición. Porque bajo la brutalidad de algunos de sus párrafos, e incrustadas como píldoras de cianuro, Bas va repartiendo estopa en todas direcciones: El pasamontañas y la sotana siempre han hecho buena pareja en Euskadi.

No rehúye el novelista la violencia extrema inherente al género negro en la que Ostras para Dimitri se inscribe. Así narra Juan Bas, como pintando un lienzo con una brocha ensangrentada, los horrores de un atentado yihadista en el Guggenheim de Bilbao: El suelo reluciente se fue llenando de expansivas flores de sangre que parecían pintadas por chorros caídos del techo y cuyos pistilos fueran trozos de cuerpos despanzurrados.

Bebe Bas tanto del Siglo de Oro, con su cohorte de pillos y vividores que parecen salidos de El Buscón de Quevedo, como de Gargantúa y Pantagruel con sus excesos etílicos y sexuales y el tono hiperbólico de la narración; bárbaro y erudito, provocador e inteligente, a veces pergeña párrafos que son contundentes golpes directos al hígado del lector: Dejo tras de mí once cadáveres, sin contar el burro. Sólo quedan vivos a mi espalda las cuatro vacas, los cerdos y las gallinas.

Fiel a las normas del humor negro irreverente e iconoclasta, Bas lo hace brotar de hasta lo más dramático, y consigue que el lector le acompañe en su carcajada: Apoyé la palma de la manoobviamente la derechasobre un pegajoso charco de sangre y me hice daño en una rodilla pinchándome con algo duro que resultó ser un trozo de mandíbula con dos muelas. Encontré el brazo enseguida.

Y sólo de ese modo, con absoluto desenfado, es capaz el autor de La cuenta atrás de que el lector, cómplice de sus barbaridades, no pierda la sonrisa ni cuando Pacho Murga, su presunto alter ego, pierde su brazo en el atentado yihadista con este guiño de surrealismo extremo difícilmente superable: ¿Por qué no me reimplantaron el brazo si lo llevaba en la mano cuando me evacuaron? Pues porque me equivoqué de miembro. Cogí el de un turista japonés al que le pasó lo apuesto a mí. Yo perdí el brazo. De él sólo quedó ese brazo.

No es Ostras para Dimitri tan desternillante como las dos novelas que le precedieron en la trilogía porque, entre otras cosas, Juan Bas se decanta más por el género negro orillando, en ocasiones, el humor, como, por ejemplo, en la descripción de un ajuste de cuentas que resulta muy cinematográfico (el bilbaíno es un apasionado cinéfilo), y la novela oscila entre esos dos géneros, que muchas veces se imbrican a la perfección, y otras no tanto. Quizá por ello, para que el lector tome conciencia de a quien realmente está leyendo, y no tenga dudas, Bas culmina su novela con uno de los párrafos más brutalmente incorrectos que se puedan leer y es marca de la casa: Nunca tuve mucha mano izquierda, pero no es lo mismo que no tenerla en absoluto. En breve me van a poner una prótesis con una pinza tan sensible que podré pellizcar un clítoris sin producir una ablación. Voy a parecer el marinero de “Los mejores años de nuestra vida” o, mejor, “Terminator”.

Y excepcionalmente, el escritor se pone serio. Al menos, la madurez conlleva que uno ya no tiene que demostrar nada a los demás, tampoco a sí mismo. Te aceptas por fin como eres de verdad y sabes que ya sólo cambiarás a peor. Permita que lo dudemos: Bas tiene capacidad para hacernos reír para rato.

marco 75

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