Inside The Golden Age
A veces las charlas más espontáneas son las que más luz arrojan a determinados asuntos. Como la que surgió el pasado domingo 24 de abril en los aledaños de la sala The Venue, 229. Allí un técnico de sonido uruguayo me narraba en pocos trazos cómo se había ido a estudiar sonido en Barcelona y de allí a trabajar a Londres. A la obligada pregunta de por qué prefirió la capital británica a la ciudad del mediterráneo, no tuvo que pensárselo para explicarme que en Londres consigue trabajar cada día de la semana, a lo que apuntilló con una reflexión elocuente: “Aquí el rock es cultura”. “Allí tenéis algunas bandas, pero no hay este vivir por y para el rock”.
Quizás por eso, y sólo por eso, esa noche coincidíamos en la ciudad que ha visto nacer a tantas leyendas del rock un barcelonés, un uruguayo, españoles de todos los rincones de la península, alemanes, italianos, franceses, americanos, y por supuesto una marea de ingleses de todas las edades. Todos convocados por el festival Le Beat Bespoké 7 para celebrar la época dorada de la música. Un festival londinense que puede enorgullecerse de haber contado en su “line-up” con bandas de la talla de The Pretty Things, Love, The Chocolate Watchband, The Buzzcocks, y la reservada para esa última noche…, los Flamin Groovies.
Lo que para servidor debía ser una cita con la historia del rock, terminó convirtiéndose en una velada imborrable, intemporal e incluso de tono buñuelesco. Una noche de color, expresión, amor por la música. Un viaje a las raíces sixties que bañaron de oro todo el encuentro.
A las 21.00h DC Fontana se encargó de abrir el telón para los primeros asistentes que acudíamos previsores a nuestra cita inaludible con la historia del rock. Esta superbanda de 8 músicos calentó el ambiente con un soul musculoso, empaquetado con precisión por unos músicos que comparten pasión, y así lo saben transmitir a su público. Con su cantante Karla especialmente desenvuelta y efectiva, con un guitarra que aportaba algo de espectacularidad escénica pero conteniéndose en lo musical, y muy enriquecidos por la sección de viento, el piano y la batería que acompaña la música de esta banda con claro deje a soul sesentero mueve pies, sacude cabezas.
Sin casi apenas tiempo para descargar la vejiga en los servicios o de llenarla con otra cerveza, los Flamin Groovies irrumpieron a las 22h sobre el escenario con una formación que juntaba a los dos pesos pesados que fundaron la banda en el San Francisco del 1965: el cantante principal Roy Loney, y el guitarrista Cyril Jordan (el mismo que poco minutos el compañero uruguayo me había definido como un loco de cuidado, algo así como un maníaco del sonido perfecto). Finalmente, a modo de escuderos, contaron con la ayuda de los miembros de The A-Bones.
Desde el primer tema ya se vio que se iban a tomar el show con máxima seriedad y velando por su sonido. La expectación era grande antes del concierto, y la banda quiso corresponder a la altura de su culto. Loney y Jordan demostraron una vez más que el rock no entiende de años cuando éste sigue corriendo por tus venas. Ese garage clave para la escena punk-rock de finales de los 70’s demostró seguir siendo admirable de presenciar encima de un escenario. Dejando a un lado el factor nostalgia o apego que cada uno de los presentes pudiera tener con la banda americana, su directo sonó potente, compacto en la mayoría del repertorio, bien dosificado por cada uno de los instrumentos y sin demasiadas fisuras (quizás la voz de Loney se resintió en algunos momentos). Si Jordan hizo alardes de su manejo con la guitarra, Leary se encargó de aportar furia y energía, mientras que los The A-Bones jugaron a la perfección su papel de secundarios de lujo en la trama.
En el camino hubo espacio para el r&b rítmico, para el rock & roll incendioso, e incluso alguna versión de los Rolling Stones, dejando con muy buen cuerpo a los presentes. Fue tan convincente su triunfo entre el público, que hasta se perdonó que el legendario y tema insignia “Shake some action” contará con un invitado inesperado para interpretarla, Chris Wilson (sustituto de Loney a su marcha del grupo) y su elevada tasa de alcohol en sangre. Wilson siguió encima del escenario un par de temas más, o al menos lo intentaba, hasta que pasó lo que se estaba presagiando; una caída que certificño los Jack Daniels de más que habían caído en la espera del backstage. Pese a la infortunita caída, y sus alaridos, y descoordinadas intervenciones vocales, poco parecía ya importarle al público que lo arropó a su manera con aplausos tras cada tema. Finalmente, con un Wilson disculpándose con insistencia a sus compañeros, los Flamin Groovies dejaron el escenario, y tras de sí ya sólo quedaba un buen regadero de música infinita, de rock inmortal.
Tras recordarnos que habíamos sido testigos de un hecho musical histórico, mientras que nuestro cerebro iba diseminando que era meritorio de retener durante mayor tiempo, la fiesta lejos de terminar, empezaba a aflorar en todos los rincones del recinto con sesiones de soul, r&b, garage, psych, ska, boogalo de precio incalculable para los no nacidos en estas tierras donde la música brota a raudales.
Hay un matiz hipnótico en presenciar a los ingleses entregarse al baile, ya sea a ritmo de ska, Northern soul, garage o psicodelia. Dj’s licenciados en la materia (especialmente Rob Bailey, artífice de todo el festival) condujeron a los asistentes hacía la pista de baile con sus irrechazables llamadas musicales de una época lejana en un presente, que en ocasiones, parecía no serlo. Durante toda la noche ese componente fáustico, mágico, y de encontrarse desubicado en el espacio temporal actuó como una especie de cola blanca impidiendo que mis exhaustas piernas buscaran el descanso hogareño.
Los encuentros con las reencarnaciones de los fundadores de todo aquello por los que todos los presentes nos encontrábamos allí reunidos, los propios fundadores que en ocasiones lograbas reconocer una cara entre la multitud para luego no saber en que grupo o disco ubicarla, los enigmáticos mods con sus impecables atuendos manchados de sudor, o la buena camarería entre los presentes, y la gratitud con la que a un recién llegado se le disponía, creaban una estampa de la que, como en la película de Buñuel El Ángel Exterminador, era difícil sustraerse, incluso una vez alejado físicamente de allí. Como las grandes noches donde el rock cobra protagonismo, una noche imborrable.
En este vídeo se percibe con claridad el estado de Chris Wilson (caída incluida)
- Foto: Marc Muñoz
- Foto: Marc Muñoz
- Foto: Marc Muñoz
- Foto: Marc Muñoz
- Foto: Marc Muñoz
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- Foto: Marc Muñoz
- Foto: Marc Muñoz
- Foto: Marc Muñoz






















