Shangri-la británico

La importancia de The Kinks se podría medir por sí sola mirando la cantidad de obras mayúsculas que acumularon en su dilatada trayectoria. Las desavenencias entre los hermanos Davies no hicieron estragos en la fructífera y recuperable obra de esta banda, que siguió produciendo discos hasta 1996 (año de su disolución). Una de las joyas que sobresalen de su dorado período, en el que fueron eclipsados injustamente, por bandas más mediáticas como The Rolling Stones, The Beatles, o incluso los The Who, es este Arthur or the decline and fall of the British Empire.
Un sobresaliente disco conceptual, que aguarda en su interior toda la grandeza que era capaz de desplegar esta banda británica: envidiables riffs de guitarras, adornos asombrosos, pianos eléctricos, voces y coros celestiales, y sobre todo esa afinidad por las armonías doradas de factura impecable, regusto orgásmico, y estructura compleja, que sirve para destapar el virtuosismo de cada uno de sus componentes, pero también para bañar de felicidad al oyente con cada nueva escucha, cada nuevo arreglo, y cada nuevo cambio de ritmo y tono que se producen en los interiores de los propios temas.
Algo que ya se aprecia con la apertura del disco. El luminosos “Victoria” es un potente y brillante halo de luz con cualidades de sobras para quedar revoloteándose por nuestra cabeza durante varios lustros.
No se queda atrás la siguiente “Yes Sir, No Sir”, con esa estructura en tres actos tan propia de grupos británicos de la época, y que deja al oyente descolocado, casi siempre, con la boca predispuesta a recibir cantidades industriales de moscas curiosas.
Con “Drivin`” elaboran uno de esos temas cadenciosos, con ritmo marcado, y un deje con olor a “fish & chips”. Podrían conducir los Beatles, Manfredd Mann, pero el motor aquí lo hacen rugir los hermanos Davies.
“Brainwashed” se distancia de los otros cortes con esa primera parte entre el British Skiffle y el primerizo R&B inglés de medianos de los 60’s, para luego fantasear con el crujido potente de unos The Who.
En el corte 6 nos vuelven a dispensar esa receta de pop radiante. “Australia” es un aparentemente sencillo tema armonioso, que va acelerándose hasta convertirse en una compacta canción de rock contundente, cercano al progresivo.
A ésta la sigue el cenit del álbum, y quizás de su carrera. porque “Shangri-la” sigue siendo una de las canciones más bellas que ha escuchado nunca el que escribe estas líneas. Su preciosista producción, esa estructura tan cuadrada, ese solapamiento de instrumentos que nos acercan a ese Shangri-la musical, o ese sobrecogedor estribillo que estalla como el corcho de una botella, con una potencia de la que es difícil desquitarse, para poder volver a bajar al plano terrenal. ¿Puede parecer suficiente?, para ellos no, Ray Davies y los suyos nos sorprenden con un twist que marca la segunda estrofa completamente rompedora y desequilibrante, rock contundente, de clara reminiscencia sesentera, de finales más bien, para volver a la tranquilidad y el reposo eterno de la estrofa monárquica, celestial y grandilocuente.
A continuación, para los que hayan podido bajar de las alturas donde te eleva el anterior tema, llega “Mr. Churchill says” un tema más sencillo, calmo, pero con otro viraje subido de decibelios y potencia, en la mejor tradición de la british invasión bluesera del estilo The Animals y The Rolling Stones.
“She bought a hat like Princess Marina” se meten de lleno en la sátira ácida que caracteriza parte del humor inglés, con esa voz de Ray tan impostada, y con ese acompañamiento musical tan propiamente “british”, de la hora del té con galletas. Luego el asunto se acentúa con un cabaret galáctico que haría estremecer de gusto al propio Pau Riba.
“Nothing to say” es otro viaje con estructura cambiante, que pasa de un blues británico, a tramos de desolación lisérgica hasta un viaje final de coros de optimismo.
Finiquitan el gustoso viaje con la canción que da nombre al álbum, un sorpresivo tema que coquetea con el country y los banjos, y te transporta a territorio norteamericano de la mano de los primeros pobladores. Todo se junta en un coro con el que de The Kinks coronan finalmente la conquista de América.
Tiempos lejanos, tiempos mejores, tiempos dorados. The Kinks nos transportaron al Shangri-la sonoro de la música británica de los 60′s. Con discos como Arthur, a día de hoy podemos recuperar y disfrutar de estas joyas, y ansiar ver parte del talento que desbordaba este grupo a través de Ray Davies y sus directos, como el que ofrecerá esta noche en el FIB.


completísima entrada, este disco es mágico …como todo lo que firmaron en los sesenta, TODO. Kinks Forever.
Un abrazo!
Muchas Gracias Joserra. Y gracias por descubrirnos tantas joyas con tu estupendo blog
En “Shangri La” hay un momento, un instante, en el que el grupo hace una pausa (teatral, tanto que se oye a Ray tomar aliento antes de seguir), justo antes del primer “Put on your slippers and sit…”. Ese silencio es el centro del disco: esa pausa, ese resignado tomar el aliento antes de ponerse las pantuflas y sentarse junto al fuego, es el resumen de la historia de Arthur: alguien como nosotros, con grandes sueños… y que termina conformándose con una casita como las demás, un coche, y una mujer con un sombrero como el de la princesa.
¿Dónde están los “Me gusta” de Facebook cuando realmente uno los necesita?