
Mañana, 26 de abril, termina una de las exposiciones más concurridas que se recuerdan en los últimos años en el MoMA de Nueva York. No hablamos de ningún fotógrafo, pintor o escultor, hablamos de un cineasta, de uno con un mundo propio y personal, como es el de Tim Burton. La exposición que ha albergado el museo neoyorquino durante los últimos meses ha sido, sin lugar a dudas, la más popular de las expuestas, y finalmente mañana cerrará sus puertas. No obstante eso no debe preocupar al futuro visitante, porque este centro cultural de arte moderno da cobijo a exposiciones mucho más enriquecedoras, desde el punto de vista artístico, que se deben sumar a su espectacular patrimonio permanente, con obras de gran valor de los artistas más esenciales de los últimos tiempos: Picasso, Gauguin, Van Gogh, Modigliani, Cezanne, Pollock, De Kooning, Rothko, Manet, etc.
La exposición de Burton es un recorrido por el amplio especto creativo que cubre la vida de este director de cine capaz de aglutinar a miles de fieles seguidores con su personal y bizarro universo que ha ido desarrollando a lo largo de su ya curtida trayectoria. Así pues la expo se puebla de material del director de Batman, que abarca desde su infancia hasta su madurez artística. El visitante puede observar bocetos, storyboards, guiones, maquetas, figuras y recreaciones de los personajes y de los mundos de ficción que este artista ha plasmado en sus películas. También encontrará algunos vídeos con material poco reconocible de sus primeras etapas (cuando trabajaba para la Disney), y de otros trabajos fuera del cine (publicidad y videoclips).
Pero como ya dije en la introducción, más allá de la curiosidad fan que pueda tener la muestra de Tim Burton, el museo ofrece otras propuestas mucho más interesantes. Como por ejemplo, la ejemplar muestra de William Kentridge, del por mi desconocido autor sudafricano, cuyo nombre, a partir de su muestra, seré incapaz de olvidar.
Kentridge es un artista multidisciplinar que destaca por sus absorbentes filmes de animación basados en la técnica del stop-motion, donde el artista sudafricano los somete a constantes manipulaciones: cortes, borrados, sobreimpresiones, etc. Lo que define su obra es sobre todo este halo oscuro, pesadillesco, desgarrador y desesperanzador que parece vincular con la situación política que le tocó vivir en su país de origen. Su arte es un cruce entre la política y la poesía. La exposición, abierta hasta el 17 de mayo, combina sus cortos, con sus dibujos y pinturas, y con un excelente montaje que combina el teatro de puchinelas, con la música clásica, y las impresiones en vídeo.
Pero quien se acerque estos días por el inmenso museo neoyorquino, y hasta el 31 de mayo, también se topará con el transgresor arte de Marina Abramovic. Esta artista Yugoslava es conocida por sus atrevidas performances, donde siempre ella, ocupa el centro de la misma. El visitante puede verse fácilmente sorprendido ante las maratonianas sesiones que Abramovic practica sentada en una mesa, mirando fijamente, y de manera imperturbable, los invitados que se van sucediendo delante suyo.
Y por último terminamos, con la última en llegar, la genial retrospectiva de uno de los fotógrafos más importantes de esta disciplina artística. Henri Cartier Bresson ha sido testigo de los principales acontecimientos que marcaron el pasado siglo, y siempre ha estado allí para recogerlo con su cámara como figura clave del fotoperiodismo que fue, y uno de los fundadores de la prestigiosa Magnum.
Hasta el 28 de junio se podrán ver las instantáneas que han marcado la vida político-social del pasado siglo. Ver a Bresson, es ver la historia delante de nuestras retinas. Uno de los grandes narradores del siglo XX.
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