Domingo de serie: Breaking Bad (Temporada 2)

Sustancias de altos vuelos

La química es algo que está presente tanto fuera como dentro de nuestro organismo. Las emociones que experimentamos son fruto de reacciones químicas en nuestro cerebro, y eso es algo que parecen controlar a la perfección los guionistas de este monumento televisivo que es Breaking Bad. Si en su primera temporada ya demostraron que mezclando un personaje carismático como Walter White con una historia rocambolesca, hilarante, sorprendente, divertida y con gotas de cine y humor negro producía un enorme placer cuando llegaba al tallo cerebral.  En su segunda temporada, como profesionales de la química, han tenido en cuenta nuevas sustancias para que la reacción química resultante, sea, simplemente, genial.

Los trece últimos capítulos emitidos de Breaking Bad es una de la mercancía de más alto voltaje que han pasado en los últimos años por una cadena de televisión. Esta segunda temporada sigue ofreciéndonos las disparatadas aventuras de esa extraña pareja que componen Walter White y Jesse Pinkman;  un dúo inolvidable, a la altura de  Simon & Garfunkel, o de Gene Wilder y Richard Pryor.

Además ha sido la temporada para apreciar el despunte definitivo de Aaron Paul en el papel de Jesse, alcanzando en ciertos momentos la gloria que parecía sólo reservada al personaje que interpreta Bryan Cranston.

Su segunda season ha significado vivir un intenso viaje de placer, locura y drama. Sus guionistas han hilvanado los guiones de forma admirable, buscando siempre el máximo impulso químico que ajustara con mano de cirujano las expectativas de sus espectadores. Han sabido jugar a la perfección con las expectativas y sus emociones, no sólo en la inteligente estructura, y los afilados y elocuentes diálogos, sino que también se han apoyado en una realización y unos montajes plenamente coherentes. Resulta imposible toparse con algún capítulo fallido o sin garra argumental.

Para la posteridad quedaran ciertas secuencias de esta segunda temporada: como el delirante momento en que un traficante que trabaja para el tándem protagonista tiene que hacer una falsa entrega de droga para despistar a la policía y a la DEA. Un momento espectacularmente planificado, y rebosante de humor desternillante. O la espeluznante secuencia con la que termina el penúltimo capítulo de la serie, simplemente acojonante (me extraña que no se haya hablado por foros y blog si Walter White podría haber hecho algo por evitar la desgraica o simplemente deja que ocurra).

La segunda temporada se ha erigido por méritos propios en un tour electrizante, eufórico y empapador, con momentos de humor negro descantillado, y con momentos dramáticos sobrecogedores. Si la primera temporada te introducía en los menesteres de dos amateurs de la producción de la metaemfetamina, ésta indaga en los pinitos como traficantes y en la mella que el consumo causa en Pinkman.

A la vez resulta ejemplar, para ver cómo llevar a cabo el arco evolutivo de un personaje. Si en la primera temporada éramos testigos de la pasmosa transformación de un profesor de química de clase media, y família ejemplar, que llega a convertirse en el mayor productor de cristal de su zona. En ésta observamos cómo White lleva sus actos a un paso más, y se convierte en un despiadado traficante de droga, empecinado en distribuir su propia merca con el mayor beneficio. Y en esa doble vida que representa White, el espectador se llega a preguntar en cuál de las dos está interpretando un papel: en la familiar, o en la del duro traficante de drogas. Por lo tanto, uno se llega a preguntar si el profesor de química ha perdido todo atisbo de humanidad. 

Los efectos secundarios de esta serie se perciben en el profundo monazo que se apodera en el intrépido espectador que se asoma a su original y extremo viaje. ¿Vale la pena elevarse a semejante altura para luego ahogarse en la sensación de desamparo?. Sinceramente, las alegrías son tan vastas, que por unas semanas sin Breaking bad, el cuerpo lo aguantará. El problema sucedería si Bryan Cranston (el brillante actor que interpreta al motor de la serie: Walter White) decide, como sería lo lógico, centrar su carrera en las películas. De momento protagonizará el primer proyecto de Pixar en carne y huesos. Si eso se produce, los teleadictos estaríamos bien jodidos sin nuestra saludable dosis de uno de los productos de ficción más apreciados  de la tele. Antes de que el cine lo acoja, Bryan, Vince Gilligan y sus guionistas deberían producir cantidades industriales de capítulos con esta sustancia tan estimulante que solo ellos pueden conseguir, y saciar así un síndrome de abstinencia que me recorrió toda la espina dorsal al minuto de terminar la segunda temporada.   

 

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