Domingo de serie: The Walking Dead (Temporada 1)

Caminante hay camino

Después de los calendarios Pirelli, y de un coulant con chocolate caliente en su interior, lo que más le mola al hombre son los zombies. Somos capaces de tragarnos tanto las películas de serie B más indescriptibles del maestro Lucio Fulci hasta las fundacionales de George A. Romero, nos caen simpáticos los zombies raquíticos que pierden partes de su piernas al disponerse atacar, y nos aterrorizan los cabrones espitados que corren más rápido que Ussain Bolt y que te contagian de rabia sin apenas darte cuenta, como un sábado noche viendo una tertulia de Deluxe.  No encanta encerrarnos en casa para pasar miedo con la saga Resident Evil, y nos emociona la adrenalina que quemamos cada vez que volcamos un cargador sobre las hordas de zombies en Left 4 Dead. Incluso no dudamos a la hora de devorar viñetas de Robert Kirkman como las de The Walking Dead.

Por todo esto a nadie debería sorprender que la adaptación a la pequeña pantalla del universo de Kirkman nos pillara ya con los pantalones bajados y dispuestos a celebrarlo mucho antes siquiera de su estreno.

Sin embargo la pequeña pantalla no ha sido nunca muy amiga de ellos. Ahora citando de mi castigada memoria, os podría hablar de esa recomendable serie del canal ingles E4 titulada Dead Set. Pero The Walking Dead es americana y tiene pocos focos de conexión con aquella, más allá del evidente universo zombie del que parten.

La serie que aquí nos ocupa fue originada como la gran propuesta del año del canal AMC, quien se ganó el respeto eterno por esto y por esto. Además para que la plebe se convirtiera al culto, agregaron un hombre con pedigrí, un pedigrí adquirido básicamente por haber dirigido Cadena Perpetua, hablamos del señorito Frank Darabont. Con todos estos ingredientes, y sabiendo que el zombie es el animal de compañía preferido para toda una generación, tenían todas las cartas ganadoras para sacar un producto digno.

Habiendo devorado sus seis capítulos sin pestañear me encuentro en posición de volcar mis impresiones más desprejuiciadas al respecto, porque yo ya me he convertido en un caminante, y si tu no lo eres mejor no sigas leyendo pasado este punto.

La premisa de la serie resulta de tan clásica, obvia. Rick Grimes (nuestro héroe, el suyo, el del pueblo americano) es un sheriff local que tras un tiroteo desafortunado despierta en la soledad de una fría habitación de hospital. Tras el desconcierto inicial descubre que no está solo, unos apestosos muertos vivientes lo acompañan. Tras conseguir hacerse con armas y munición su único objetivo consistirá en salvaguardar a su mujer y su hijo de la salvaje epidemia zombie. Tras unos días da con ellos en un campamento a las afueras de Seattle donde un grupo de supervivientes se refugia de los letales devoradores. Entre ellos, el compañero de Grimes, el típico italiano americano fornido que parece estar enamorado de la mujer de su amigo (bonito tanto se han anotado los guionistas con el triangulo amoroso). A partir de aquí estos personajes se dedican a sobrevivir en un entorno hostil plagado de zombis que los empujan a lo contario.

Con esta paleta de colores tan neutra y plana, costaría imaginar simpatizar con ellos. Pero la verdad es que tanto Andrew Lincon en el papel de Grimes y el de Sarah Wayne Callies en el de su mujer se han ganado un puesto en mi corazón. De hecho hasta el propio italianucho rudo merece nuestro cariño. Es en estas situaciones: en las que los personajes están al borde del abismo de la extinción de la especie, cuando nos sale el instinto maternal. Los acogemos a todos con dulzura, por mucho que sean arquetipos de las profundidades americanas.

A unos supervivientes a los que el espectador se va encariñando, (por mucho que haya perturbados, psicópatas, maltratadores y demás fauna entre sus filas), hay que sumarle una fotografía sobresaliente, una ambientación de cine, unos efectos especiales comedidos y en su sitio, y como no podía ser de otra manera, un trabajo de maquillaje excelente. La cadena de pago AMC nos ha malacostumbrado hasta el punto de que se da por hecho que todos sus productos mantendrán unos aspectos técnicos rayando un alto nivel. Esto no debería una condición, pero en The Walking Dead lo vuelven a demostrar con holgura. Viendo sus títulos de crédito, su introducción, y planos como el de Grimes entrando en Seatlle a lomos de su caballo por la autopista, cuando la salida se encuentra colapsada por los coches que fueron abandonado en los momentos de pánico, o aquel en que Grimes se ve rodeado de zombis y está a punto de poner fin a su vida, confirman el acabado excelente de la serie.

Y hablando de planos y secuencias, para reproducir en un marco digital y dejar colgada en las paredes del Reina Sofía es la secuencia en que Grimes y el chino de Indiana Jones deben meterse entre medio de los zombies para recuperar el armamento y no ser descubiertos. Ocasión servida en bandeja de plata para explotar las vísceras de un muerto, y recrearse en lo grotesco, gore y humorístico de la hazaña. Delirante, asqueroso y divertido.

Lo mejor y lo peor de la serie  es su corta duración. Una temporada de seis capítulos posibilita que cada capítulo funcione a toda máquina y que ninguno de ellos te deje sensación de perdida (AKA capítulos de relleno), por otra parte esto juega a la contra porque pese a completarse todo un bonito circulo narrativo con la primera temporada, tras concluir el intenso sexto capítulo el espectador queda con los ojos en trance y desamparado ante no poder consumir más carne hasta de aquí 10 meses.

Esta primera temporada la entendemos como un tentempié de algo muy grande que está por llegar (por ejemplo la próxima  temporada de 13 capítulos). Un tentempié, que por otra parte, nos ha agarrado de los huevos con su sabroso e intenso sabor. Así que cuidado, porque a The Walking Dead se le divisa un largo camino, y los caminantes convertidos ya andamos por él.

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