El ciclo de la calle

Hay despedidas que te secan la garganta tras previamente haberte vaciado las cavidades orbitarias. Todos desearíamos que no llegasen nunca esos momentos, pero es una vez alcanzados, cuando valoramos con toda su plenitud los momentos compartidos y la grandeza de lo vivido. Esa sensación, de un corazón agonizando pero con una herida que supura bellos recuerdos por esos momentos en que bombeaba al 120%, es la que invadió mi cuerpo tras finiquitar la quinta temporada de The Wire.
En la actualidad hay dos maneras de entender cómo funcionan las cosas. Una opción es leerse los más de 100.000 documentos descalificados por Julian Assagne y su organización, la otra es zamparse las cinco temporadas, que el sello de oro HBO ha editado de The Wire. El principal artífice de que me haya desecho en elogios en lo que llevamos de texto, y lo siga haciendo para el resto que sigue, es David Simon; escritor, guionista, periodista y co-creador de obras tan mayúsculas como la de aquí. Su trabajo de campo desarrollado mientras trabajaba cubriendo los crímenes para el diario local de Baltimore, queda recogido en la lúcida radiografía de la ciudad de Baltimore que impregna cada uno de los poros de los fotogramas de esta serie. Habiendo trabajado doce años en la redacción del Baltimore Sun, Simon no podía contenerse de contar desde dentro los entresijos de las rotativas de un periódico, y es precisamente uno de los objetivos en los que centra su mira la quinta temporada, pero no el único.
La quinta temporada de The Wire abarca tantas temáticas, argumentos, personajes, hilos pendientes de la trama que nos ha ido arrastrando hasta llegar a este punto, que resulta inimaginable resumirlo en un párrafo o incluso diez, como inimaginable resulta que esta serie fuera concebida para la televisión (pero para algo nació la HBO, y esa es otra historia). Pero a grandes rasgos resaltamos que Carcetti sigue empeñado en su ascenso como político, mientras el departamento de policía debe seguir con los mínimos recursos afrontando la épica guerra contra la droga y el crimen que sacude Baltimore. Por su parte, los ya entrañables policías y detectives tras las escuchas de Marlo, siguen empeñados, pase lo que pase, a terminar con su imperio. Además seguimos a los chicos protagonistas de la cuarta temporada. Y por último entra en juego un escenario inédito, y del que Simon es buen conocedor, los medios de comunicación representados a través de los reporteros que viven el día a día del Baltimore Sun.
Simon cierra así su personal círculo de la tragedia americana, la constatación de las grietas del sueño americano en su propio suelo, y lo hace cerrando una vieja herida personal y apuntando sus dardos hacia el cuarto poder. Una esfera del que Simon es buen conocedor tras pasar 11 años en el Baltimore Sun, cuyo microcosmo se convierte en esta quinta temporada, en un personaje más.
El código ético, la noticia como producto para la venta, las conexiones económicas y políticas que escapan al redactor de pie, el trabajo concienzudo contra marea y honrado de ciertos periodistas, la ambición cegadora del periodista que aspira a entrar en un diario de tirada nacional, y la alucinante trama que se crea para lograrlo son algunas de las huellas que perforan el cerebelo para perpetuarse durante lo ancho de esta quinta season.
Si en su día las cuchillas afiladas aterrizaron sobre los cuerpos de sindicatos, policías, políticos, responsables del sistema educativo, ahora la red se precipita sobre los periodistas, última pieza de este mapa devastador de la ciudad de Baltimore, y el personal cierre del verbo feroz de Simon sobre el narcotráfico y los tejemanejes ocultos.
Pero lejos de centrar su atención en una sola línea, en un solo campo, en destapar la mierda de un solo sector, la mirada sin miramientos de Simon sigue abarcando toda la complejidad de esta red de Baltimore que se disecciona en The Wire. Para ello, los guionistas se sacan un fabuloso, y al principio delirante, as de la manga argumental: la invención de un falso asesino de homeless que capte la atención de medios y políticos con la única intención de poder seguir trabajando en el caso de las escuchas de Marlo y su gang, después de que los cortes presupostarios terminaran con el equipo de escuchas. Una idea tan desfasada de entrada, pero tan bien implantada y estructurada, tan sólo podría concebirse en las oficinas de guionistas de este tótem televisivo. Y tan solo podía ser ejecutada en el mundo ficticio por los dos agentes de policía más inmortales de la serie; los detectives McNulty y Freaman.
Lo más venerable, es ver cómo a raíz de una idea disparatada logran articular todo el entramado narrativo, contraponiendo por un lado la persecución policial de los detectives hacía el entorno de Marlo y sus sanguinarios secuaces, y las artimañas por hace creíble la farsa del serial killer, que además es cubierta por el Sun sin respetar ningún código deontológico, hasta convertirlo entre todos en un caso de notoriedad desbordante que se planta hasta la mesa del propio Carcetti. Esta situación disparatada da paso a momentos geniales, imborrables e incluso angustiosos. Y también humorísticos en cuanto observamos a McNulty dirigiendo los recursos del departamento debido a la cantidad de recursos acaparados, y que estará dispuesto a compartir de manera encubierta con sus compañeros para que trabajen con lo necesario en otros casos ( estos reales). Resulta todo un empache de genialidad ver cómo la bola se va haciendo grande y descontrolada, y ver que sus dos máximos responsables (McNulty y Freaman) están cogidos por las pelotas más que nunca en el propio barrizal que ellos mismos han creado por un propósito justo.
En esta temporada una vez más los dardos más envenenados se dirigen a los políticos, y a los máximos responsables del departamento de policía, que mueven los hilos del poder en consonancia a sus intereses por perpetuarse en él.
Como ocurre con cada temporada de esta serie, el regazo de momentos que nos llevaremos hasta que lo senil invada nuestras vidas es de largo recorrido. Por la parte que me toca, nunca podré sacarme de la cabeza la caída del icono televisivo que me llevo a honrarle con mi apodo. La muerte de Omar Little podría entrar en los hitos televisivos, porque se puso fin al menos arquetipo de un conjunto de personajes alienados con la realidad de la manera más inesperada. Un personaje que se alejaba de cualquier cliché para construir el villano amigo. Ese temible asesino que se regia bajo un código ético, que dentro de la gravedad de su condición, era decente. Un villano, que para más inri, era homosexual, pero que a pese todo, era la sombra negra más temida de las calles hundidas de Baltimore.
No muy lejos le andaría la muerte de “Snoop”, otro personaje que nos aterrorizaba por su edad, por ser una fémina, por su voz rota, y por la falta de humanidad que se respiraba en cada uno de sus actos.
Pero si hay escenas que grabaremos a fuego, son las últimas que suceden en el último capítulo, esas que ya se alejan de la propia trama de toda la quinta temporada, las que nos explican los nuevos destinos, el que será de ellos. Y lo hacen a través de un montaje musical (con la canción indisoluble a la serie) que lejos de concluir con una mirada limpia y esperanzadora lo hace con un mensaje críptico, cínico y desesperanzador. En ese montaje dinámico y breve, somos testigos de que nada parece que vaya a cambiar: que el testigo del justiciero con corazón que ocupaba Omar será cubierto por Michael, que el papel del personaje de “Bubbles” de marginado, atizado, víctima social y que busca en las drogas su única vía de escape recae ahora en “Duke” (quizás en una de las imágenes más tristes y dolorosas de las cinco temporadas), que el cargo de comisionario lo ocupará otra persona, que Carcetti será elegido gobernador, que la calle tendrá un nuevo rey, que en la prisión habrá otro asesino, pero que al fin y al cabo nada va a cambiar. La corrupción que agrieta las calles seguirá haciéndolo. El ciclo de la calle se reproduce en otros nombres, pero la situación se seguirá cerniéndose sobre ellos con la misma fuerza devastadora con que lo hacía.
Quizás sea uno de los epitafios más tristes y emotivos que ha dado el arte de la televisión. Esa despedida de McNulty mirando fijamente la ciudad a los lejos desde el bullicio constante e imparable de una autopista. Él, al igual que el espectador, es consciente que pese al trabajo de algunos la mierda seguirá allí. Se podrá limpiar alguna parte, pero siempre habrá alguien que vierta más mierda en la cloaca para beneficio propio y perjuicio de otros. Su mirada de Baltimore se cierra sin una nota de optimismo. Sin embargo, ese cierre al espectador sí que le supone un atisbo de alegría, el de haber sido testigo excepcional de una de las obras maestras de nuestros tiempos, y porque no, de la mejor serie que nunca se haya visto en televisión.
Como ya dije en la introducción, a veces un epitafio puede ser amargo y bello a la vez. Y este, es uno de los más bellos y amargos.



The Wire ya ha quedado como hito televisivo, estará para siempre en el podio de las series. En todas las series me pasa que me gusta más una temporada que otra, o que se nota el paso del tiempo y el desgaste en la serie, pero con The Wire, no, con The Wire no sé decir cuál es mi temporada preferida o mi personaje preferido. David Simon es nuestro Dios.
Estoy al 100% contigo Jesus. También me cuesta horrores decidirme por una de las temporadas. Pero si Snoop me encañonara para decidirme, creo que tiraria por su segunda temporada. Sobre el mejor personaje no caben dudas al respecto.
Si esto no merece un 10,0, no se a qué se lo vas a poner xD
Yo estuve en tu situación (terminar The Wire) hace 3 años y todavía hoy, recuerdo esa amargura, y la tristeza/alegría de haber encontrado la obra cinematográfica/televisiva insuperable. Veo Breaking Bad, The Shield, Mad Men… y todas son joyas imperecederas, pero mi corazoncito sigue echando de menos a “Snoop”, McNulty y compañia.
Tocado, tocado jacksbrain. De hecho yo empecé con The Wire hace mucho. Pero había intentado alargar ese momento en que te enfrentas con el final, con la muerte misma. Y tras terminar la quinta temporada en Navidades, he tenido que expulsar mi particular catarsis con el texto de arriba. Para mi el 10 dejó de formar parte de mi lenguaje en el momento en que vi que Claudia Cardinale se había hecho mayor. Por lo tanto un 9,5 para mi es casi la perfección. Por suerte vivimos una época en que abundan las series, y en ese mar de series, hay mucho tesoro para intentar hacernos olvidar obras maestras como The Wire, como las que tu has citado.