Domingo de serie

Domingo de serie: Twin Peaks, el retorno

posted by Omar Little 10 septiembre, 2017 0 comments
Atrapados en el círculo del goce

Twin Peaks, el retorno

Apenas ha pasado una semana y no somos pocos los que seguimos levitando en un estado de dulce ensoñación. El desconcierto, la angustia, la desolación más abrupta, el cabreo para algunos, la indiferencia de otros, provocado por ese tremebundo final ha cobrado un nuevo matiz, un nuevo significado, ha mostrado una nueva dimensión con la correspondida digestión mental que permite el paso del tiempo. Un relámpago estremecedor y cegador, cuyo trueno ha seguido resonando (si cabe con mayor intensidad) en las jornadas posteriores, cuando los detalles afloran, las pistas volcadas cobran sentido y las sinapsis empiezan a ordenar y dar encaje a ese indescifrable puzzle que ha sido la tercera temporada de Twin Peaks.

No quiero extenderme en la explicación sobre ese final que volvió a incendiar la televisión moderna y esparcir sesos por comedores de todo el mundo. Desde entonces una riada de teorías, apuntes y explicaciones ha inundado la red. Algunas descantilladas (propias de una ingesta de ayahuasca), otras brillantes, algunas con cierta coherencia y rigor (aquí podéis encontrar algunas opciones simples pero plausible ). Sin embargo, tras cotejar mis pensamientos e impresiones con esta lava de reflexiones (creedme que mi astigmatismo se ha duplicado en los últimos días) sí que parece que hay que prestar atención a ciertas claves que suministren mayor consistencia a la teoría elegida, sea la que sea. Constantes en el universo de Lynch que ayudan a trazar una línea de lógica interna en su caótica narración:

  • La trinidad ha sido una constante en toda la temporada y parte importante del mundo Twin Peaks. Agente Cooper – Dougie – Cooper malo (Mr. C), Gordon Cole – agente Tammy – Albert, las tres conejitas de los Mitchum, los tres detectives (los three stooges), Nevada-South Dakota-Twin Peaks. En este ensayo, este anónimo (a quien se le debe el premio Nobel) lo explica de una manera ejemplar,  es lo más exhaustivo y riguroso que se ha escrito sobre la nueva temporada, simplemente alucinante. Y no son divagaciones de un pirado con un insomnio a prueba de dormidina, creedme. La prueba Trinity que configura una de las cimas de la ficción televisiva en el 3×08, los símbolos de Twin Peaks y de la logia, varios números que han tenido importancia a lo largo de la temporada, infinidad de símbolos y señales sujetas al número tres, a un triángulo o a una trinidad confirman la relevancia sobre este punto. Y que nos lleva a constatar lo ya apuntado en muchas teorías, y que queda en evidencia con ese viaje interdimensional  que llevan a cabo Diane y Cooper en el km 430: en Twin Peaks existen realidades paralelas, tres dimensiones habitadas por recreaciones o dobles de los personajes que conocemos, influenciados por los mismas entidades que representan el bien y el mal: Fireman y Judy. Y en definitiva, conectados pese a diferencias notables entre sus realidades (algunas propias del mundo de los sueños y otras cercanas a nuestra cotidianeidad). Tres universos interrelacionados en los que la serie ha ido saltando sin que fuéramos demasiado conscientes en ese momento …(al meno hasta el salvaje giro del final):  ¿cual de ellos era una proyección?, ¿la realidad (he llegado a oír que la última que pisamos en la serie sería el mundo real (el nuestro), fuera de la serie, lo que añade gotas de terror y malrollo a unos niveles insoportables)?, ¿cuál de estos es una ensoñación?, dónde habitan cada uno de los personajes icónicos y sus desdoblamientos, y cuál de las realidades ocurre en el plano real (entendido este como el mundo como nosotros lo conocemos) es materia de análisis y debate infinito, y a mi entender, abocados al lugar de las preguntas irresolubles.
  • Otra idea interesante de la obra de Lynch que sobrevuela ese final, y que a su vez manifiesta una dinámica interna en su obra, en Carretera perdida por ejemplo, es la idea de un avance en círculo. El pasado dicta el futuro, pues vale, porque en realidad el futuro está atrapado en un bucle, en una repetición desalentadora, los personajes de Twin Peaks quedan atrapados en uno de sus vórtices, todo fluye en un perverso avance circular, sin principio ni fin. Esa es la idea que manifiesta su final, y que al darle vueltas, daña aún más la emoción ligada a esa pareja protagonista condenada a una búsqueda sin fin ni solución; Cooper volcado a ser una ángel de la guarda sin poder serlo, y Laura salvada la noche de 1989 pero condenada a no poder escapar del mal en ninguna de sus formas, sea cual sea, la realidad o dimensión donde haya ido a parar y bajo la identidad que sea. Lo que lleva a plantearse otra pregunta: si Laura Palmera no fue asesinada por Leland/BOB en Twin Peaks, los acontecimientos de la serie original nunca existieron – por suerte nuestro cofre con DVD dicta lo contrario. O… ¿y si la serie original representaba en realidad esa búsqueda infructuosa y en bucle del agente Cooper?,  sellada bajo el círculo en repetición comentado (la primera y segunda temporada necesitan una revisión urgente ante la nueva puerta abierta). Lo más constatable es que Twin Peaks, la de 1990, se inicia con un enigma que precipita toda la trama, el claim seriéfilo más universal y reproducido de la historia, el “¿quién mató a Laura Palmer?” Mientras que la tercera temporada concluye dejando abierta otra puerta hacia varios enigmas. El círculo se cierra pero sigue bombeando incógnitas de naturaleza inasible
  • En Lynch no prevalece el fondo, sino la búsqueda (en círculo) de este bajo una forma abrumadora, magnética e hipnótica. Un laberinto donde lo importante no es tanto llegar al centro, como explorar los fascinantes espacios y recovecos. Lynch siempre se ha mostrado hermético en sus respuestas sobre el significado de su trabajo. Él prefiere explicarse a través de un lienzo que el espectador interpretará y  completará con sus conclusiones y reflexiones. Un diálogo constante entre espectador (co-creador) y obra. Una interpretación que llene de significado lo que parece, a priori, inexplicable.  Y que gracias a Internet, ahora es susceptible de ser materia compartida.

Quizá lo único demostrable que ha dejado El retorno es el gran tema que capitaliza toda la temporada: la lucha infinita entre el bien y el mal. Siendo la última una de las obsesiones más persistentes en la carrera de David Lynch: un temor avivado por la escasa distancia que nos separa de las conductas malvadas. Ese bien VS mal que otorgaría sentido a la lucha de fuerzas en las diferentes trinidades (cada personaje relevante brindaría una batalla interna entre su YO y los polos opuestos del bien y el mal), y especialmente la inclusión de ese fastuoso y magistral reverso de El árbol de la vida meets 2001: Una odisea en el espacio desplegado en el 3×08, donde se asiste al nacimiento del mal, su punto de partida. Que para Lynch/Frost no es otro que el día en que se hizo el primer test de la bomba atómica. Esa prueba que exterminó el sueño de la inocente América y que daría paso a un período de imperialismo y de la infamia norteamericana. Es también un capítulo en el que se describe la gestación del espíritu del mal (recordad esa chica que le penetra una cucaracha fruto de la radiación por la boca). Una nueva manifestación del mal que ha marcado y ha estado al acecho de todos los personajes de Twin peaks, con BOB poseyendo varios personajes, y que en esta temporada se ha desplegado como una entidad más relevante e imbatible, la madre de la cosa, una Judy que ha centrado la búsqueda final y ha sido el centro de preocupación de los héroes de la serie (Gordon Cole y Dale Cooper o Phillip Jeffries antes de quedar atrapado en otra realidad paralela. Los Blue Rose Task Force a fin de cuentas).

Volviendo al primer punto de las constantes y claves de Lynch, el del apego de la serie por las trinidades, también esta sería aplicable a la hora de diseccionar las diferentes capas de significado. Si la primera, la puramente argumental – la que indicaba una lucha hercúlea entre Dale Cooper y su doppelganger malote concluida a la mitad de la parte 17 y antes de dar un mamporro final y tergiversarlo todo -, quedaba sujeta, y más o menos clara, para luego, tras el giro final, quedar abierta a las interpretaciones de cada explorador, existe también un subtexto, una capa más oculta alrededor de la lucha infinita entre el bien y el mal. Un mal que siempre ha centrado la obra de Lynch, ese temor latente a poca distancia de la persona decente. Esa lucha extenuante ha quedado expuesta de forma evidente con el enfrentamiento entre Dale Cooper y su doppelganger malote, pero es un hilo musical que navega bajo todo el fondo de Twin Peaks, también la original. La propia Laura Palmer lucha contra sus demonios internos, flirteando con ese lado oscuro tran estimulante para Lynch y su genio creativo, presentándolo bajo una forma tan atractiva y magnética como inquieta y turbadora. ¿Por qué no era Bob más que la personificación de un instinto de destrucción latente en todas estas comunidades recluidas de la América rural? Y luego existiría una última capa, la que establece un diálogo entre la nueva temporada y Twin Peaks (la obra original y el fenómeno que traspasó las pantallas). Bajo ese esquema se entiende la decisión del dúo responsable de desligar de entrada la nueva temporada del revival, del simple reboot con el que enmascarar la nostalgia como supuesta novedad, de resucitar los personajes 25 años después. Lejos de esa opción, optan por sorprender con una nueva criatura irreconocible. Dejando con ello un recado discursivo sobre la incapacidad de retomar la serie donde se dejó, de recuperar o reescribir ese camino, de revivir el espíritu y fenómeno original. De manera muy inteligente la desvinculan – Dougie es la señal más significativa de esa intención, representando un Cooper  incapacitado, desvalido y fallido. Ante esa incapacidad de retomar el mito, la iconografía popular moldeada antaño, Lynch/Frost optan por un camino completamente distinto, que a la postre, ha abierto una puerta hacia otra dimensión de significante alucinante. Una interferencia que rehuye de la nostalgia, de ese refugio de contentar a los Peaks Freaks con nuevas dosis alteradas por el paso del tiempo. El escenario es radicalmente distinto, los personajes y los actores han cambiado, y mucho, el propio Lynch ha abrazado con más ímpetu el surrealismo, lo abstracto, la anti-narración y la vanguardia. Un escenario que precipita un enfoque inesperado, desconcertante, pero dialogante con el anterior, trufado de metalenguaje y autorreferencialidad, no solo del universo twinpekaero, sino del propio universo lynchiano.

Una solución creativa sublime, liberada, reflejo de un Lynch asumiendo el control total, acercándose más a su Yo de Inland Empire y el de su etapa industrial (Cabeza borradora y sus primeros cortos) que al de Blue Velvet. Y el resultado se manifiesta en una serie esquizoide, donde las tramas secundarias y los personajes secundarios parecían obedecer a esa imposibilidad de recuperar el espíritu original pero también como respuesta obligada a esa deuda contraída, aunque sin contrato, con el universo embrionario. Si la parte que ha transcurrido en Twin Peaks mantenía ligeramente el espíritu de la original, con incursiones hacia un mal corrompiendo a los habitantes de una idílica población, la historia de Gordon Cole y sus agentes en búsqueda de la cabeza del Comandante Briggs ha supuesto el acercamiento al fantástico de Expediente X, mientras que las partes de Dougie en Nevada han supuesto las tímidas pero palpables notas de noir – mediante las tramas con los Mitchum y los sicarios – con ciertos guiños a Breaking Bad, pero especialmente las del humor slapstick  a través de un personaje cuyo vaivén de aprecio ha ido oscilando entre la gracia, la ternura, el delirio hilarante, la exasperación, el odio, hasta finalizar como un personaje carismático, aglutinando una abundante dosis de cariño. Lynch jugando con las emociones mediante la versión adulterada y fallida del agente Cooper, como un aviso sobre lo fallido de recuperar el original, conduciendo a una copia tan veces presenciada en la televisión de los últimos 25 años…. chapeau de nuevo.

Y pese a que estos días nos hemos volcado en la búsqueda de respuestas que dieran sentido a la experiencia, deberíamos desvincular la certeza incierta, o la fiabilidad de las respuesta, de lo vivido. Twin Peaks ha supuesto una experiencia televisiva sin parangón, habilitando semanalmente una explosión sensorial y mental alucinante. Coincidiremos en apreciar el cosquilleo dominical de sentarse delante del televisor con esa sensación agudizada de no tener ni la más remota idea de saber qué íbamos a presenciar. Un placer ante lo imprevisto e inesperado al alcance de muy pocos, un lujo para el telespectador inquieto e exigente.

Y eso pese a que hubo partes de este alucinante y alucinado viaje, especialmente algunos capítulos después del punto de inflexión que supuso al 3×08, que parecían marcar la pérdida de orientación de la serie, el personaje de Dougie empezaba a lastrar la serie. el fan de Twin Peaks perdía la paciencia ante un mundo tan alejado del original, hubo un momento que este servidor reconoce haber perdido algo de fe. Fueron dos o tres capítulos, recompensados por un último tramo en ascenso sin techo. Y desde la perspectiva actual, solo se puede constatar lo fallido de ese juicio prematuro. Lynch preparaba el terreno con minuciosidad y detalle. En cierto sentido, y pese que en ese momento resultara farragoso e incluso tedioso, todo tenía una razón de ser como se ha comprobado después. Hablo por ejemplo de las largas secuencias sin corte estilo Kaurismaki o Angelopoulos, como la del chico barriendo en el Roadhouse, o la de Sarah Palmer encerrada en un bucle en su morada mirando un combate de boxeo, o incluso, las primeras conversaciones incomprensibles de Audrey con el enano. ¿Acaso no nos adelantaba que en ese universo se producían varios cortocircuitos, como un glitch que insinuaba el artificio de este, o, como mínimo, la interrelación de este con otro universo paralelo comunicándose con el que estaba en pantalla? Y en el caso de Audrey ya se nos anticipaba la singularidad y la situación de un personaje atrapado en interdimensiones, o atrapado en su propia locura en una institución psiquiátrica, ambas teorías me parecen razonables.

Puede que la única pega posible haya que encontrarla en la pérdida de esa atmósfera envolvente, malsana y perturbadora que caracterizó el aturdimiento en 1990. Con la original uno se trasladaba a la inocencia quebrada de una localización prototípica de la América rural. Uno conectaba con unos personajes más tallados por el patrón de la realidad, estableciendo un vínculo empático que a día de hoy es difícil de superar. Esa galería de personaje se adhirieron al subconsciente y a su vez se respiraba una atmósfera tan terrorífica como inquietante y perversa, de la que resultaba imposible desprenderse. Era la llave para entrar a un mundo único e irrepetible. En la nueva, la inocencia en descomposición de la original aquí llega ya podrida – solo hace falta analizar los retratos de todos los nuevos personajes jóvenes-, y la mirada de Lynch se centra en la vejez (alguien insinuó que el relato de Dougie es una alegoría de la vejez). Y pese a que los nuevos personajes van calando, uno ya sabía de antemano, que los personajes y la atmósfera de la original iban a resultar imbatibles, Lynch jugaba a la contra con su propia obra, trabajó bajo el peso del recuerdo colectivo ligado a ese primer relato, de ahí, insisto, en la idoneidad de la fórmula elegida para la nueva temporada. Incluso, algo tan esencial en la original para sumergirse en ese ambiente singular e irrepetible como resultó la banda sonora de Angelo Badalamenti (capaz de transportarnos a esos parajes montañosos del noroeste norteamericano y a las luces y sombras de ese pueblo de apariencia idílica), en la nueva se ha reducido su uso, utilizándola solo para subrayar un significado ligado a un personaje en concreto o algún detalle revelador sujeto al propio universo twinpeakero. En su lugar ha preferido dar cancha a una serie de músicos, de herencia lynchiana, irrumpiendo en el escenario del Roadhouse y a la mano de Johnny Jewel de Chromatics como director de orquesta. Así como el propio Lynch, y su cada vez más amplio espectro sonoro para aportar todos los matices de sonido (los efectos de sonido) que amplían la profundidad de campo sobre el espacio de este maravilloso universo.

Mark Frost, y especialmente, David Lynch volvieron a crear una criatura capaz de incendiar los moldes narrativos actuales de la televisión tal y como hiciera su primera obra televisiva en 1990. Una voladura de puentes con cualquier terreno de convencionalidad reflejado en 18 horas de un estupor acelerándose hacia ese demoledor latigazo final de efecto progresivo . Un estruendo tan ensordecedor, que con el último plano se destapó una nueva configuración del universo pisado durante toda la temporada. Es uno de los finales más arrebatadores de la historia del medio, porque a la misma vez que te dejaba boquiabierto, tiritando de terror y angustia, emplaza tu visión de la serie hacia un nuevo estadio, mientras a su vez, te abocaba a un vacío desalentador sobre la suerte de sus personajes y, para más inri, te conectaba esos sucesos con la obra original. Todo ello era imposible de apreciar con la luz cegadora de ese rayo que te lanzaba hacia un fundido a negro demoledor. Solo jornadas más tarde, ha sido cuando hemos podido calibrar el impacto y encajar algunas piezas. Y aún a día de hoy nos obstinamos a descartar esa sensación inicial de que acabamos de vivir la despedida de la mejor serie de la televisión, y puede – recemos para que no sea así – el adiós a uno de los genios más incontestables de nuestro tiempo. ¿Mató Lynch dos pájaros con una piedra?  Solo el tiempo lo dirá, de momento, no queda otra que guardar respeto y admiración por la deuda contraída con su serie, una ficción que seguirá creciendo y alimentándose a cada nuevo círculo, como una obra eterna desplazándose por el intelecto y el subconsiente, sin encontrar barreras, creciendo y mutando según el encaje sináptico resultante de las interpretaciones de un universo saturado de estímulos. Gracias por el placer infinito.

marco 9,5

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