Domingo de serie

Domingo de serie: Wild Wild Country (Netflix)

posted by Omar Little 25 marzo, 2018 0 comments
Alucine salvaje

Wild Wild Country

Sin rodeos… Wild Wild Country es la salvajada catódica del curso. EL WTF estratosférico de la temporada. Esa no ficción bigger than everything. Un mazazo en todo el cráneo que hace volar por los aires los sesos mientras deja el rostro descompuesto a lo Jim Carrey en La máscara. Netflix dispone del nuevo tesoro de las series documentales.

Y hablar de esta sin desvelar cada una de las voladuras detonadas en cada episodio es todo un reto, pero si se pretende ser arrastrado y sumergido por su relato, lo mejor es adentrarse sin conocimiento alguno, libre de spoilers. Porque Wild Wild Country se encarga de narrar una de las historias escondidas y ocultas (¿cómo cojones habíamos vivido sin venerar a Osho? de los 80. Una que arranca con el traslado de un culto con perfiles sectarios de la India a una llanura desértica de Oregón donde construyen una ciudad-comuna con el recelo de los pocos vecinos de la zona. Lo que empieza como un descarado conflicto vecinal entre los extraños y fornicadores recién llegados y los oriundos  muta hacia inhóspitos terrenos, revelaciones y giros que te dejan con la nuca y el culo torcido. Sectas, Bio terrorismo, FBI, municiones de armamento que harían las delicias de la NRA, confabulaciones enfermizas, prácticas estrambóticas, cultos de una rareza fascinante, utopía destartaladas, terrorismo de estado y todo lo más inesperado que uno nunca hubiera podido imaginar.

Bajo este marasmo demencial y alucinante prevalece una aguda reflexión sobre los límites y las aversiones intolerantes ante lo desconocido, lo extraño o lo foráneo, también sobre los mecanismo estatales para combatir el que discute el status quo y sobre la ambigüedad extrema entre el bien y el mal, entre lo convencional y lo raro, lo familiar y lo extraño, y las cargas explosivas cuando visiones antagónicas del mundo entran en conflicto.

Y también es una serie que nos descubre a dos personajes de calado irreparable, tanto Osho como Sheela (ay la maquiavélica de mirada dulce y sonrisa contagiosa) abducen el iris del espectador con sus apariciones, sus testimonios a cámara y sus acciones fuera y dentro de plano.

La hazaña redescubierta a generaciones que vivíamos en la inopia, propiciada por el trabajo de los hermanos Way, se favorece de los testimonios de sus protagonistas 30 años después, reviviendo ese período, mientras el montaje apoya sus discursos o los matiza mediante imágenes de archivo de las que no cabe apartar la mirada ni para escudriñar el molesto grupo de whatsapp.  Hay decisiones de montaje algo dañinas, hay alguna corrección de estructura en algún capítulo que le hubiera sentado bien, pero es que da absolutamente lo mismo, con ese material, un estudiante de imagen y sonido de primero de FP armaría el insane punch que causa este visionado.

Es difícil comentar más sin destripar ninguno de sus vuelcos y sacudidas (aunque cuando uno termina el trayecto le invaden las ganas de lanzarse a la búsqueda en google, de comprar todos los libros de Osho, también de adquirir una túnica rojo-turquesa y asistir de esa guisa a una reunión con otros devotos para debatir sobre lo visto) tan solo concluiré diciendo que estamos ante el “No True Crime” más arrollador y alucinógeno de la temporada. Uno de esos relatos que no caben en los esquemas racionales (por ende, no tendría sentido ser narrado en códigos de ficción), que de tan inverosímil uno llega a cuestionarse la validez y la verdad de sus imágenes, todo ello, mientras uno no termina de posicionarse entre ninguno de los bandos y sub bandos que van prefigurando en su avance – otro de los grandes logros de los documentalistas no posicionarse y mantener la ambivalencia moral en lo relatado. O, simplemente…la serie más increíble  de lo que llevamos de 2018.

8

Blog Widget by LinkWithin


Leave a Comment